Oswald salió de la casa como si lo persiguiera un enjambre de abejas, tropezando con el borde de la alfombra, el maletín a medio cerrar y la corbata torcida.
—¡Adiós, tío! —le grité desde la escalera, fingiendo dulzura.
Él solo levantó una mano sin mirarme. Parecía un toro enloquecido intentando mantener su compostura antes de embestir.
En cuanto la puerta principal se cerró, respiré hondo y me estiré como una gata satisfecha.
—Ay, Oswald… tú y tus reglas —murmuré con una sonrisa torcida—.