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Nuevo amanecer en las Bahamas.

Entro al baño para sacarme el cansancio pero no funciona, al salir media hora después del baño empapada de agua, me pongo mi pijama acostumbrada cuando noto un sandwich con un vaso de jugo en la mesita. Lo como todo y me recuesto en la cama. Sin darme cuenta me quedo dormida como por una hora, al despertar miro por la ventana y ya es de noche.

No bajo a la cena esa noche. Estoy demasiado cansada, tengo la cabeza dando vueltas, y la mansión parece demasiado grande y silenciosa para mi estado de dejadez. Me quedo en mi habitación, apoyada contra la cabecera de la cama y las piernas recogidas bajo mí edredón.

Mis dedos juegan inconscientemente con mi propio cuerpo, recorriéndome de manera tímida y curiosa. No puedo sacarme de la cabeza la imagen de mi tío todo encuerado: su porte, su mirada intensa, la manera en que su presencia llena todo el espacio, su cuerpo perfecto. Es tan diferente a cualquier cosa que haya visto antes, y por eso mi mente se resiste a volver a dormir tan rápido.

Me muerdo el labio mientras cierro los ojos y me dejo llevar por pensamientos que sé que son prohibidos. La sensación de poder y control que emana de él me atrae de manera inexplicable, y no puedo evitar imaginar cómo sería acercarme un poco más, tocarlo, sentir su fuerza…que me toque en lugares que solo yo puedo ver.

Entre suspiros, me acuesto de lado, abrazando mi almohada, mientras mi corazón late rápido y mis mejillas se enrojecen. Esta noche no será fácil. Cada pensamiento sobre él es un pequeño tormento delicioso, un juego de emociones que me descoloca y me hace sentir viva como nunca.

Sé que debería dormir, que mañana será otro día lleno de reglas, miradas y expectativas. Pero por ahora, me dejo llevar, explorando en silencio lo que significa sentirme atraída por alguien tan prohibido, tan imponente… mi propio tío. Deslizo mis dedos en mi ropa interior sintiendo mi propia humedad y en menos de lo que canta un gallo ya estaba autocomplaciendome, jadeando de placer son solo rozar mis dedos en mi flor virgen. Me lo imagine sobre mi cuerpo, haciendome lo mismo que hacian los personajes de mis mangas en la cama.

Al terminar me limpio la mano con la misma sabana, mientras caigo en un sueño profundo.

Me despierto temprano, mientras el sol de las Bahamas me da la bienvenida.

Suspiro, me estiro, y finalmente decido bajar a buscar algo de desayuno. No me molesto en ponerme ropa formal: me quedo con los pantalones cortos de pijama y una blusa que apenas cuelga de mis hombros marcando mis pezones. Después de todo, estoy sola… o eso creia.

Abro la puerta de la cocina y me detengo en seco. Allí está él, Oswald, mi tío, con su taza de café en la mano. Casi se atraganta cuando me ve. Sus ojos se abren como platos y su mandíbula se tensa. No puedo evitar sonreír ante su reacción; siempre me han gustado los efectos que puedo provocar en los demás sin siquiera intentarlo.

—Buenos días, tio —digo, caminando hacia la mesa y sentándome con naturalidad sobre la misma casi justo en frente—. Espero que tu café no se haya escapado.

Él carraspea, tratando de recuperar la compostura, y me dice con voz firme:

—Ten modales, Gwendoly. La mesa es para poner los platos no el trasero.

Le sonrío con inocencia fingida.

—Cuando mis padres estaban vivos, abrazaba a mi papá cada mañana y le decía buenos días. ¿hacer lo mismo contigo? anoche tuve una pesadilla muy fea.

Su mirada se queda atrapada en la mía, y por un momento no sabe qué responder. Antes de que pueda decir algo, me inclino y me acomodo en su regazo, apoyando la cabeza contra su pecho, mientras lo abrazo. Siento cómo su respiración se acelera un poco y, por un instante, me doy cuenta de que algo en mí trasero a despertado muy animado.

—Gwendoly… —tartamudea, incómodo—. Tengo que… ir a trabajar. Después te pondré las reglas para nuestra convivencia. Ya me voy... bajate. No debes hacer eso tan descuidadamente. Eres una jovencita...sabes a lo que me refiero. Y no bajes en pijama.

Pero ni siquiera me toca, mantiene los brazos abiertos en el aire.

Me río suavemente, recostándome un poco más, pero él me sujeta con cuidado por debajo de los brazos para ponerse de pie echando la silla hacia atras, asegurándose de que no cruce límites que no deben cruzarse… al menos todavía.

—Bien.

—Ya me voy, trataré de regresar temprano. No te alejes mucho de la mansión si decides salir a caminar.

Me dice sin siquiera mirarme. Me siento como una maldita muñeca de trapo toda mugrosa. Me echa a un lado y se va.

En ese momento, llega el resto del personal, y de repente la cocina se llena de movimiento y voces.

—Buenos días, señorita Gwendoly —dice con una sonrisa maternal mientras coloca platos, cuberteria y vasos sobre la mesa—. En unos minutos le preparo lo que usted ordene, solo para usted.

Todos se presentan, me dicen sus nombres edades y profesiones y yo respiro aliviada, porque el dia anterior pensaba que minimo eran mudos. Doña Carmen, es la ama de llaves, aparece con su andar pausado pero firme. A sus 68 años, se mueve con la precisión y el cariño que solo décadas de experiencia pueden dar: el cabello gris recogido en un moño impecable, sus ojos marrón cálido observando todo con calma y autoridad.

Héctor, el chofer de 42 años, se acerca detrás de ella. Con su porte serio y protector que  lo hace parecer un guardián silencioso.

—Señorita, espero que haya descansado bien —dice con voz grave, pero sus ojos marrón oscuro revelan que realmente le importo si desea conocer la ciudad solo aviseme y salimos a gastar gasolina.

—Bien pero llamame Gwendoly...va para todos. Me sentiré más a gusto.

Lucía, la joven empleada encargada de la limpieza, se mueve tímida, con su cabello castaño claro cayendo sobre los hombros mientras organiza los platos. A sus 22 años, todavía conserva esa timidez que hace que su trabajo parezca delicado y cuidado.

—De acuerdo jovencita Gwendoly… aquí tiene su té —dice, y yo le devuelvo una sonrisa amable.

Jorge, el jardinero, entra con la frescura de alguien que ha pasado la mañana temprano entre plantas y flores. Sus ojos verde oliva brillan mientras me saluda con un gesto amistoso.

—Espero que haya dormido bien. Si desea conocer el jardin o el lago me avisa. Todo está listo afuera si quiere salir a tomar aire.

Me siento fascinada al observarlos. No son robots aqui en las bahamas como pensaba; tienen personalidad, calidez y sus propios modos de hacer las cosas. Héctor cruza los brazos y me lanza una mirada que dice “no hagas travesuras”, pero hay un brillo en sus ojos que muestra que le cae bien. Lucía parece nerviosa pero sonríe cuando me acerco a tomar un poco de jugo, y Jorge incluso me guiña un ojo, divertido. Pase toda la mañana charlando en la cocina. No me preguntaron nada sobre la muerte de mis padres lo que agradezco a mis adentros.

Doña Carmen me observa como si pudiera leer mis pensamientos, y creo que en parte lo hace. Ella sabe que soy una niña con un poco de rebeldía y bastante curiosidad, y lo acepta.

—Recuerda, Gwendoly, aunque la mansión parezca solitaria, no estás sola. Estamos aquí para ti. Asi que pide lo que quieras y si esta a nuestro alcance te ayudamos.

Mientras todos comienzan sus rutinas, sigo recordando lo duro que rozaba mi trasero en el regazo de mi tio. Si lo se soy una maldita pervertida todo por culpa de mis mangas.

La mañana transcurre con risas suaves mientras veo a la ama de llaves hacer la lista de los platillos del almuerzo y la cena. Es cuando me entero de algo interesante. Mi tio tiene problemas alimenticios graves. Lo encuentro fascinante habiendo visto su cuerpo enorme semi encuerado.

Y mientras tomo un sorbo de jugo, sonrío para mí misma. Este lugar, esta familia de empleados leales y protectores, y él… mi tío complicado, imponente, con mala alimentacion y confuso… todo se mezcla en un cóctel que me tiene intrigada, nerviosa y curiosamente divertida.

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