Mundo ficciónIniciar sesiónLa quinta y ultima entrega de la saga ALFA KING La historia se retoma 6 años después de los últimos sucesos del quinto libro. El escuadrón del príncipe heredero se sigue preparando para tomar sus responsabilidades y ser los próximos gobernantes del Reino de los hombres lobos.
Leer más—¿Qué es este lugar de mierda? —gruñó Haniel levantándose con esfuerzo, sacudiéndose el polvo del abrigo como si el simple contacto con el suelo lo ofendiera—. ¡Cállate, maldito perro!Peter, que hasta entonces no había dejado de ladrar, mostró los dientes. El pelaje erizado, el gruñido bajo y constante vibrándole en el pecho, como un aviso que no estaba dispuesto a repetir dos veces.—¿Quieres morderme, pulgoso? —bufó Haniel con una mueca de indignación—. ¿No recuerdas quién te rescató, saco de huesos ingrato?—No lo volveré a hacer nunca más… —gimió George, aún desparramado en el suelo, con la túnica torcida y el cabello cubriéndole media cara—. Eso fue horrible, la magia demoníaca es espantosa. No volveré a tocarla nunca más. Oficialmente soy un hechicero blanco.—¡Levántate, hechicero de cuarta! —gruñó Haniel, pateándole apenas el pie—. ¿Dónde carajos nos trajiste?—Cambio de parecer… —murmuró George, girándose boca arriba con dramatismo—. Usaré la magia demoníaca una vez más para
—Tenemos que darnos prisa —Haniel miraba a todos lados con inquietud, el viento del acantilado moviéndole el cabello—, ya amaneció y por lo que sé, ya seguro el escuadrón y Liam deben estar preparándose para empezar el desfile. Cuando esté muy avanzado explotarán los fuegos artificiales especiales y después, cuando arreglen todo esto, sabrán que fui yo y empezarán a buscarnos. Tendremos que haber llegado a Gunnar para eso.El mar rugía abajo, golpeando las rocas con violencia rítmica. El cielo empezaba a teñirse de naranja y dorado, pero la belleza del amanecer no lograba suavizar la tensión que flotaba entre los tres.—¿Se han puesto a pensar que tal vez nos estemos metiendo en muchos problemas? —George dejó de mirar la copia impresa que sacó del libro de hechicería que necesitaría. El papel temblaba apenas entre sus dedos sudorosos—. Ya les dije que no soy tan bueno, solo sé hacer trucos. No podría con un grupo más experimentado de hechiceros.El pentagrama dibujado sobre la piedra
—No.El hechicero miró a todos los lados de ese callejón sin salida, con el cuerpo rígido y los hombros tensos, intentando detectar algún oyente indiscreto entre las sombras húmedas y mal iluminadas. El eco lejano de la ciudad nocturna hacía que cada ruido pareciera sospechoso.—Vamos George, no pensé que eras una gallina —Haniel se burló, cruzándose de brazos con una sonrisa ladeada que no alcanzaba a ocultar la urgencia en sus ojos.—Una cosa es que te ayude a hacer bromas por mucho dinero —replicó George, intentando no alzar la voz mientras se pasaba una mano por el rostro—, otra muy diferente es que ayude a dos principitos a escapar del Reino. Me encontrarán y me colgarán si tengo suerte. La familia real no son conocidos por su benevolencia, los últimos hechiceros que fueron en contra de ellos fueron erradicados.George los empujó con brusquedad y trató de alejarse de ellos, como si el simple hecho de estar cerca ya lo estuviera condenando.—Te daré mucho dinero —rogó Dantalian, a
—Necesito que te calmes…—¿Calmarme? —Odette estaba histérica—. ¡¿Calmarme?! ¡He estado calmada demasiado tiempo!Una onda de poder brotó de Odette sin que pudiera contenerla, expandiéndose por toda la casa de Seraniel como una ráfaga de viento cargada de luz. Las paredes vibraron, los objetos tintinearon y el aire se volvió denso. Su poder de serafín era inmenso, antiguo, y Odette apenas lo había usado en toda su existencia.—Tenemos que llevar esto ante la diosa luna —Seraniel la miró con seriedad, firme, sin perturbarse ante la descarga de energía—. Ella nos escuchará.—¡¿Por qué tuvieron que hacerle esto a Noel?! —gritó Odette, con la voz quebrada por la furia—. Al fin iba a tener sus alas después de tanto sufrimiento. Los dos nos hemos sacrificado tanto… ¿por qué parece que jamás seremos felices?Seraniel dio un paso adelante y sujetó con cuidado las manos de Odette, obligándola a mirarlo, intentando anclarla a la realidad.—Si te derrumbas, esos ángeles pretenciosos habrán ganad
—Creo que te estás excediendo —dijo Dantalian, ayudando a cargar a Haniel para que pudiera ver mejor desde su escondite.—No, yo creo que no —Haniel se asomó con cuidado para observar cómo descargaban grandes cajas de los camiones—. Bael arruinó mi cumpleaños y me golpeó frente a todos mis invitados. Todos en la escuela me perdieron el respeto. Tuve que gastar todo mi repertorio de bromas para atormentar a nuestros compañeros otra vez.Dantalian negó con la cabeza, pasándose una mano por el rostro, intentando procesar todo aquello.—¿Por qué no tengo una familia normal? ¿Por qué tengo que estar rodeado de gente que evidentemente está muy mal de la cabeza? —se quejó—. ¿Te escuchas siquiera?—Ya cállate, que pronto dejarán esos pirotécnicos en su lugar y debemos intercambiarlos por los nuestros —gruñó Haniel sin despegar la vista de los trabajadores.—¿Y cómo siquiera lograste encantar estos pirotécnicos? —preguntó Dantalian, resignándose a colaborar.—Conocí a un hechicero que contraba
Avanzaba por las calles empedradas de Sighișoara con la seguridad de alguien que había caminado por esos pasillos durante muchos años. La niebla subía desde los cimientos de la ciudadela y se enroscaba en sus botas, mientras las casas de colores apagados parecían observarlo, con ventanas cerradas a propósito. No corría. Nunca corría. En Transilvania, solo los no mágicos se apresuraban.—¿Ves? —murmuró Gerard desde una azotea baja, ajustándose el abrigo con toda la calma del mundo—. Te dije que vendría aquí. Brujo con complejo de alquimista antiguo, ciudad medieval, niebla gratis… es casi regalado.Taylor no le devolvió la sonrisa. Caminaba a nivel de calle, siguiendo el rastro invisible de magia con una precisión quirúrgica, los dedos ya manchados de ceniza y sangre seca.—Si dices una palabra más, cumpliré mi promesa de tantos años de cortarte la lengua —respondió sin mirarlo—. Está dejando migas mágicas. Quiere que lo sigamos.—Oh, claro que quiere el muy idiota —replicó Gerard, sal
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