Mundo ficciónIniciar sesión"Vine a Rusia a salvar vidas, pero terminé perteneciendo al hombre que más vidas ha arrebatado". Scarlett es una estudiante de medicina que comete un error fatal: presenciar un crimen de la Bratva. El castigo debería ser la muerte, pero para Klaus Vetrovski, el despiadado "Zar" de la mafia rusa, ella es algo mucho mejor. Con una sola mirada, Klaus decide que no la matará. En su lugar, la reclama frente a todos: "A partir de hoy, eres mía". Ahora, Scarlett está atrapada en una jaula de oro y nieve. Es la obsesión de un monstruo que no acepta un "no" por respuesta. Ella quiere huir, pero él tiene un secreto: su llegada a Moscú no fue casualidad... ella ya estaba marcada por el Zar mucho antes de conocerlo. ¿Será su salvación o su perdición?
Leer másPOV SCARLETT
El frío de Moscú no es como el de Londres. El de mi hogar es una caricia húmeda y gris; el de Rusia es un cuchillo de cristal que busca las grietas de tus huesos para quebrarlos.
Ajusté mi abrigo de lana blanca, sintiéndome fuera de lugar frente a la imponente fachada del Palacio de Invierno de los Vetrovski. No debería estar aquí. Mi lugar estaba en las bibliotecas de la facultad de medicina o en las salas de emergencias del hospital donde hacía mis prácticas. Pero el programa de voluntariado de la universidad me había asignado esta gala benéfica. Mi tarea era sencilla: conducir una de las unidades de primeros auxilios de lujo para los invitados VIP y mostrar la cara amable de la Cruz Roja Internacional. —Solo son unas horas, Gwendolyn —me dije a mí misma, soltando un vaho blanquecino—. Sonríe, recolecta donaciones y vuelve a tu dormitorio a estudiar anatomía. Qué ingenua era. En ese momento, no sabía que mi propia anatomía estaba a punto de convertirse en el único mapa que un monstruo querría recorrer. La gala era un despliegue de opulencia obscena. Diamantes que valían más que mi carrera universitaria entera brillaban bajo lámparas de araña que parecían cascadas de hielo. Yo me mantenía en los márgenes, con mi uniforme de voluntaria impecable, sintiendo las miradas de los hombres poderosos que me escaneaban como si fuera una mercancía más. —Scarlett, necesito que lleves estos suministros a la unidad móvil en el jardín trasero —me ordenó mi supervisor, un hombre ruso de rostro severo—. Han solicitado un kit de sutura avanzado. Al parecer, un invitado se cortó con una copa rota. Asentí, agradecida por tener algo que hacer. Tomé el maletín y salí por las puertas laterales hacia los jardines. La nieve caía con suavidad, cubriéndolo todo de un silencio sepulcral. Caminé por el sendero iluminado por farolas de hierro forjado, pero el frío me hizo perder el sentido de la orientación. Las estatuas de mármol parecían fantasmas observándome. De pronto, un sonido rompió la paz de la noche. ¡Crack! No fue el sonido de una rama rompiéndose. Fue el sonido seco y metálico de un percutor golpeando una bala. Mi corazón dio un vuelco. Me detuve en seco tras un seto de pinos altos, con los pulmones ardiéndome por el aire gélido. —Por favor... Klaus... por favor —suplicó una voz masculina, rota por el terror. Me asomé apenas unos milímetros. Mis dedos, enguantados, temblaron sobre el maletín médico. En un claro del jardín, rodeado de hombres corpulentos vestidos de negro, se alzaba una figura que parecía esculpida por el mismo demonio. Era joven, quizá un par de años mayor que yo, pero su presencia llenaba el espacio de una oscuridad asfixiante. Su abrigo negro de piel estaba abierto, revelando un traje hecho a medida que gritaba poder. Tenía el cabello oscuro, peinado con una precisión letal, y una mandíbula tan afilada que podría haber cortado la propia noche. Ese debía ser él. Klaus Vetrovski. El heredero de la Bratva. El Zar. Klaus sostenía una pistola con una elegancia aterradora. Sus ojos no tenían rastro de duda, de odio o de ira. Estaban vacíos. Eran de un azul tan claro que parecían hielo puro. —Me traicionaste por dinero, Sergei —la voz de Klaus era un barítono profundo, suave como la seda y peligroso como una navaja—. El dinero no sirve de nada si no tienes cabeza para gastarlo. —¡Tengo familia! ¡Klaus, te lo ruego! —Yo también tenía una ruta de suministros. Ahora tú no tienes vida —sentenció él. Todo sucedió en un parpadeo. El disparo fue amortiguado por un silenciador, pero el impacto de la sangre sobre la nieve blanca fue como un grito visual que me desgarró el alma. El hombre cayó sin vida, su sangre caliente humeando sobre el suelo congelado. Ahogué un grito, retrocediendo por instinto. Pero mis pies me traicionaron. Mi bota resbaló en una placa de hielo y el maletín médico cayó de mis manos, golpeando una base de piedra con un estruendo que me sonó como una explosión. El silencio que siguió fue peor que el disparo. —Hay un ratón en mis jardines —dijo la voz de Klaus. No era una pregunta. Era una cacería. No pude moverme. El miedo me dejó clavada al suelo mientras las pisadas crujían sobre la nieve, acercándose. En segundos, dos guardias me rodearon, pero no me tocaron. Se hicieron a un lado cuando Klaus Vetrovski apareció entre las sombras. Al verlo de cerca, el aire abandonó mis pulmones. Era hermoso de una forma prohibida. Sus rasgos eran perfectos, casi aristocráticos, pero había una ferocidad salvaje latente en su postura. Sus ojos azules se clavaron en los míos y, por un instante, el mundo dejó de existir. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi cabello castaño rojizo y en mi uniforme. —Una doctora —murmuró, dando un paso hacia mí. El olor de su perfume, una mezcla de madera de sándalo y pólvora, me envolvió—. ¿Has venido a salvarlo, pajarito? —Yo... yo me perdí —logré articular, aunque mi voz era un hilo tembloroso—. Soy voluntaria. No vi nada. Lo juro. Klaus soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que me erizó la piel. Se acercó tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo a pesar del frío. Extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó mi mejilla con sus nudillos fríos. —Mientes. Tus pupilas están dilatadas. Tu pulso está acelerado aquí... —deslizó sus dedos hasta mi cuello, justo sobre mi carótida. Su tacto quemaba—. Tu corazón está intentando escapar de tu pecho. ¿Sabes lo que les pasa a los testigos de mis negocios, Gwendolyn? Me estremecí al oír mi nombre en sus labios. ¿Cómo lo sabía? —Mateo —llamó él, sin apartar la vista de mis ojos. —¿Sí, Vory? —respondió uno de sus guardias, sacando su propia arma. Cerré los ojos con fuerza, esperando el final. Mis sueños de medicina, mi vida en Londres, mis padres... todo se esfumaría en este jardín olvidado de Dios. Recé una oración rápida, sintiendo las lágrimas congelarse en mis pestañas. —Limpia el desastre de Sergei —ordenó Klaus. Luego, su mano se cerró con firmeza, pero sin violencia, alrededor de mi muñeca—. A ella me la llevo yo. Abrí los ojos, confundida y aterrada. —¿Qué? No... por favor, tengo que volver a la gala —supliqué, intentando zafarme de su agarre de acero. Klaus me tiró hacia él, pegando mi espalda contra su pecho firme. Su otra mano se posó en mi cintura, reclamando territorio de una forma que me hizo jadear. Me inclinó la cabeza hacia atrás para que lo mirara. Su mirada ya no era vacía; ahora ardía con una intensidad posesiva que me hizo temblar por razones que no quería admitir. —Ya no hay gala para ti, Scarlett —susurró contra mi oído, usando el nombre que él había decidido darme—. No mato a los ángeles, los capturo. —¡No puedes hacerme esto! ¡Soy ciudadana británica! ¡La policía te buscará! Klaus sonrió, y fue la imagen más aterradora y fascinante que había visto en mi vida. —En este país, yo soy la ley. Yo soy el juez. Y a partir de este segundo... yo soy tu dueño. Me arrastró hacia la mansión, lejos de la seguridad y de mi vida anterior. Miré hacia atrás, viendo las manchas rojas en la nieve desaparecer a medida que nos alejábamos. Mi destino estaba sellado. Había entrado en el jardín del Zar para salvar una vida, pero era la mía la que acababa de perderse para siempre. —Cúrame —me dijo de repente, mientras me subía a la fuerza a un coche blindado de cristales tintados. —¿Qué? —pregunté, con la respiración entrecortada. Él se sentó a mi lado, llenando todo el espacio del vehículo con su presencia abrumadora. Se desabotonó el puño de la camisa, revelando una herida profunda y sangrante en su antebrazo que no había notado antes. —Has venido a ser médico, ¿no? Pues empieza conmigo. Tienes el trayecto hasta mi propiedad para detener la hemorragia. Si lo haces bien, quizá te deje dormir en una cama esta noche. —¿Y si no lo hago? —pregunté con un desafío nacido de la desesperación. Klaus se inclinó sobre mí, atrapándome entre su cuerpo y el asiento de cuero. Sus ojos brillaron con una promesa oscura. —Si no lo haces, Scarlett, encontraré otras formas de que uses esas manos en mí. Y te aseguro que no te gustarán... o te gustarán demasiado. El coche arrancó, perdiéndose en la noche rusa. Yo no lo sabía aún, pero en ese momento, Gwendolyn Dawson había muerto en la nieve. Y Scarlett, la mujer del Zar, estaba naciendo entre las sombras de la Bratva.POV SCARLETTCinco años después.El invierno en el Altai siempre había sido mi estación favorita, a pesar de que fue aquí donde casi perdemos la vida. Ahora, la antigua Fortaleza de los Susurros ya no era un búnker de guerra, sino una maravilla de la arquitectura moderna y la naturaleza, integrada en la montaña con ventanales de cristal reforzado que daban a un valle que nosotros mismos habíamos reforestado. Aquí, donde el aire es tan puro que parece cristal, el mundo exterior es solo un rumor lejano.Me encontraba en la biblioteca, rodeada de miles de volúmenes de ciencia, historia y literatura. El silencio era absoluto, una paz que hace cinco años habría parecido un sueño febril.Sentí una presencia antes de escucharla. Un calor familiar, una vibración en el aire que solo una persona podía provocar. No necesité girarme para saber que Klaus estaba en la puerta. Su firma energética, suavizada por los años de paz pero tan poderosa como siempre, era la melodía de mi existencia.—Aleksei
POV SCARLETTEl lugar elegido para el fin de la guerra diplomática no fue Ginebra ni Washington. Fue el Vanguard, un superyate blindado fondeado en aguas internacionales, un territorio de cristal y acero donde ninguna bandera ondeaba más alto que la nuestra. El aire estaba saturado con el zumbido de los inhibidores de frecuencia y el aroma del café más caro del mundo, una cortesía irónica para los hombres que habían intentado borrarnos del mapa.Klaus caminaba a mi lado, su presencia llenando el pasillo con una gravedad que hacía que los agentes del Servicio Secreto se pegaran a las paredes. Llevaba un traje gris carbón a medida, sin armas a la vista, pero sus ojos—ese azul eléctrico cargado de oro—eran una amenaza constante. Yo caminaba con la cabeza alta, llevando en mi maletín de seguridad el "Tratado de la Nueva Era", el documento que dictaría cómo se repartiría el futuro biológico de la humanidad.—Recuerda, Scarlett —me susurró Klaus antes de entrar en el salón principal—. No ha
POV SCARLETTEl amanecer en la isla privada se tiñó de un carmesí profundo, como si el cielo mismo supiera que hoy la sangre y el destino se sellarían en un pacto eterno. El aire vibraba con el zumbido de los drones de vigilancia y el rugido lejano de las fragatas de la Guardia de Ébano que patrullaban el perímetro del archipiélago. Dentro de los muros de la villa, el silencio era absoluto, una calma tensa que precedía a la llegada de los reyes de las sombras.Me miré al espejo una última vez. Llevaba un vestido de seda blanca que caía como agua hasta mis pies, con detalles en oro que imitaban las dobles hélices del ADN, un tributo silencioso a la ciencia que nos había dado la vida. Sobre mis hombros, una capa de encaje negro representaba mi papel como la Zarina que había caminado a través del fuego.Klaus entró en la habitación. Si en el Altai parecía un guerrero y en Singapur un depredador, hoy parecía un emperador. Su traje de gala militar, de un negro tan profundo que absorbía la
POV SCARLETTEl mundo exterior estaba en llamas. Las noticias hablaban del colapso de gobiernos y del juicio global contra los remanentes de la Orden del Cisne, pero dentro de nuestra isla privada en el archipiélago de las Seychelles, el tiempo se había detenido. El aire olía a mar, a orquídeas salvajes y al aroma metálico de los equipos médicos de última generación que Klaus había hecho instalar en nuestra villa-fortaleza.Estábamos en el punto de no retorno.—Respira, Scarlett. Solo respira —la voz de Klaus era un trueno bajo, cargado de una angustia que ninguna batalla le había provocado jamás.Estaba sentada en la cama de partos, mis manos aferradas a las suyas con tal fuerza que cualquier hombre normal habría sentido sus huesos romperse. Pero Klaus no era un hombre normal. Estaba allí, sólido como una roca de granito, con el brillo dorado de sus ojos parpadeando al ritmo de mis contracciones. El Eclipse, usualmente una fiera destructiva, se había transformado en un aura de protec
Último capítulo