Mundo ficciónIniciar sesiónPOV SCARLETT
Klaus me arrojó sobre la inmensa cama de su habitación con una brusquedad que me dejó sin aliento, pero no me dio tiempo a recuperarme. Antes de que pudiera incorporarme, su cuerpo estaba sobre el mío, inmovilizándome las muñecas contra las almohadas de seda negra. Su peso era abrumador, una presencia física que reclamaba cada centímetro de mi espacio. —¡Suéltame, animal! —le grité, forcejeando. El diario médico que había ocultado bajo mi bata se deslizó, cayendo sobre las sábanas entre nosotros. Klaus fijó la vista en el cuaderno viejo. La furia en sus ojos se transformó en algo más denso, más oscuro: resignación. Soltó mis muñecas y tomó el diario, hojeándolo con una mano mientras con la otra mantenía su cuerpo pegado al mío. —Así que ya lo sabes —dijo, su voz era un susurro gélido que me erizó el vello de la nuca—. Sabes que no eres solo una cara bonita en mi colección. Sabes que eres mi última oportunidad. —¿Una cura? —le espeté, con las lágrimas de rabia quemándome los ojos—. ¡Me trajiste aquí para usarme como un laboratorio andante! ¡Todo ese discurso de la obsesión y el destino era una mentira para ocultar que necesitas mi sangre! Klaus cerró el diario de golpe y lo lanzó al otro lado de la habitación. Se inclinó sobre mí, con el rostro a milímetros del mío. Sus ojos azules, usualmente brillantes como el hielo, parecían ahora nublados por un dolor que no quería admitir. —El linaje Vetrovski tiene una maldición genética, Scarlett. Una mutación que nos da una fuerza y una resistencia inhumanas, pero que consume nuestro sistema nervioso antes de los treinta años. Mi padre murió gritando de dolor. Mi abuelo perdió la cabeza antes de poder nombrar a su heredero. —Su mano subió a mi cuello, pero esta vez no apretó; acarició la piel alrededor de la garganta de rubíes con una suavidad que me dio más miedo que su violencia—. Tu padre fue el único que encontró una anomalía en una línea de sangre británica que podía neutralizar la nuestra. Tu sangre, Scarlett. Tu composición genética es el único antídoto. —Soy un objeto para ti —susurré, sintiendo que el corazón se me rompía—. Solo soy un frasco de medicina con piernas. —¡No! —rugió él, golpeando el colchón a un lado de mi cabeza—. Al principio, tal vez lo eras. Una inversión. Una propiedad que debía ser asegurada. Pero desde el momento en que te vi en ese jardín, desde que me insultaste mientras me cosías la piel... —Se detuvo, su respiración agitada chocando contra mis labios—. Ya no te quiero por lo que tienes en las venas, Scarlett. Te quiero por el fuego que tienes en el alma. Pero el destino es un hijo de puta, y ahora mi vida depende de la mujer que más me odia en este mundo. Me quedé helada. El Zar de la mafia rusa, el hombre que hacía temblar a Moscú, estaba admitiendo que su vida estaba en mis manos. Era la paradoja definitiva: el cazador dependía de su presa. —¿Y qué vas a hacer? —le pregunté, desafiante—. ¿Vas a obligarme a operarte? ¿Vas a extraerme la sangre a la fuerza? Klaus se apartó de mí y se puso en pie, dándome la espalda. Se quitó la camisa con un movimiento brusco, revelando una red de cicatrices de balas y cuchillos, pero también algo más. En su espalda, unas venas oscuras, casi negras, se ramificaban desde su columna hacia sus hombros, como raíces venenosas bajo la piel. —El proceso ya ha empezado —dijo, su voz ahora era cansada—. Los temblores empezarán en una semana. Si no recibo el tratamiento que tu padre diseñó... mis órganos empezarán a fallar. Me senté en la cama, cubriéndome con la bata. Como médico, mi instinto me gritaba que ayudara. Como mujer secuestrada, mi instinto me gritaba que lo dejara morir y corriera hacia la libertad. —Si mueres, yo soy libre —dije, probando las palabras en mi boca. Sabían a ceniza. Klaus se giró. Una sonrisa triste y letal bailó en sus labios. —Si yo muero, Mateo y el resto del consejo de la Bratva te despedazarán antes de que mi cuerpo se enfríe. No eres libre, Scarlett. Eres la mitad de mi alma, y en este mundo, eso significa que compartimos el mismo infierno. Si yo caigo, tú ardes conmigo. Se acercó a la mesa de noche y sacó un revólver plateado. Lo puso en mi mano, cerrando mis dedos sobre la culata fría. Luego, guió el cañón hasta su propio pecho, justo sobre su corazón. —Tienes dos opciones, doctora —susurró, pegando su frente a la mía—. Puedes apretar el gatillo ahora. Acaba con el monstruo. Libérate de la carga. No me defenderé. Prefiero morir por tu mano que por esta enfermedad que me pudre por dentro. El peso del arma en mi mano era real. El dedo me temblaba en el gatillo. Solo tenía que presionar un poco. Un segundo de presión y el Zar se habría ido. Klaus cerró los ojos, esperando. Su pecho subía y bajaba con una calma absoluta. Estaba entregándome su vida. —Hazlo, Scarlett —me instó—. Sé el ángel que mata al demonio. Mis dedos se apretaron. Podía sentir el calor de su piel a través del metal del arma. Pero entonces, recordé a la pequeña Masha. Recordé cómo él la cuidaba en secreto. Recordé el beso en el hospital. Y recordé mi juramento hipocrático. No podía matar. No podía dejar morir a nadie, ni siquiera al hombre que me había robado la vida. Con un sollozo de frustración, bajé el arma y la arrojé al suelo. El sonido del metal contra el mármol resonó en toda la habitación. —No voy a matarte, Klaus —dije, mirándolo con un odio que empezaba a mezclarse con algo mucho más peligroso—. Pero no te equivoques. No te salvo porque te quiera. Te salvo porque soy médico. Y porque quiero que vivas lo suficiente para ver cómo te destruyo por lo que me has hecho. Klaus abrió los ojos. La chispa de la vida, de la obsesión pura, volvió a ellos con más fuerza que nunca. Me tomó de la nuca con una violencia necesitada y me besó. Fue un beso que sabía a desesperación, a pacto de sangre y a una victoria amarga. —Entonces cúrame, Scarlett —murmuró contra mis labios—. Cúrame y luego intenta destruirme. Estaré encantado de ver cómo lo intentas desde mi cama. Me empujó suavemente contra las almohadas, y esta vez no luché. No porque me hubiera rendido, sino porque sabía que el juego había cambiado. Ya no era una prisionera intentando escapar; era la dueña del destino del Zar. —A partir de mañana, yo pongo las reglas en el hospital —le dije, mientras sus manos recorrían mi cintura bajo la seda—. Si quieres mi sangre, me darás acceso total a los registros de mi familia. Y dejarás de vigilarme cada vez que voy al baño. —Trato hecho, doctora —respondió él, enterrando su rostro en mi cuello—. Pero a cambio... dormirás aquí cada noche. Sin ropa, sin secretos y sin esa mirada de odio. —El odio no se puede borrar con un contrato, Klaus. —Lo sé —dijo él, subiendo su mano hasta mi garganta de rubíes—. Pero el deseo sí. Y voy a encargarme de que olvides hasta tu propio nombre antes del amanecer. Esa noche, bajo la sombra de la Bratva y el peso de una maldición familiar, Scarlett Dawson entendió que su libertad no estaba en Londres, sino en el corazón del hombre que la mantenía cautiva. Y Klaus Vetrovski entendió que había encontrado a la única mujer capaz de salvarlo... o de darle el golpe de gracia.






