10 | La reina del caos

POV SCARLETT

El estruendo de una granada de conmoción sacudió los cimientos del búnker. El polvo de yeso cayó del techo como nieve sucia, cubriendo el equipo médico que acababa de salvar la vida de Klaus. Fuera, los gritos de los soldados de mi tío Arthur se mezclaban con el fuego de respuesta de la Bratva.

Miré la mano tendida de Klaus. Sus dedos eran largos, fuertes, manchados con el sudor de la transfusión. Miré la tablet donde mi tío Arthur me ponía un precio de mercado como si fuera una pieza de ganado.

En ese momento, algo en mi interior se rompió. La niña que creía en la justicia de Londres y en la protección de su familia murió bajo el estruendo de las balas rusas.

—No voy a elegir entre dos carceleros —dije, mi voz sonando extrañamente tranquila en medio del caos.

Klaus frunció el ceño, su mano aún en el aire.

—Scarlett, no hay tiempo. Si ellos entran aquí...

—Si ellos entran aquí, me llevarán como un trofeo. Y si me quedo contigo de la forma en que quieres, seré solo tu medicina privada —lo interrumpí, dando un paso hacia él, ignorando el temblor de mis rodillas—. Si quieres que me quede, Klaus, las condiciones cambian. No seré tu propiedad. No seré tu pajarito.

Klaus soltó una risa ronca, una chispa de orgullo salvaje iluminando sus ojos a pesar del peligro.

—¿Estás negociando conmigo mientras el mundo arde, doctora?

—Estoy dictando los términos de mi cautiverio —le corregí. Tomé una de las pistolas que había sobre la mesa de acero—. Tú me necesitas para vivir. Mi familia me necesita para hacerse rica. Yo soy el poder aquí. A partir de hoy, yo manejo el hospital, yo manejo el laboratorio, y tú... tú me tratarás como a tu igual ante la Bratva.

Una explosión más fuerte voló las puertas blindadas del laboratorio. El humo inundó la estancia. Klaus no esperó respuesta; me rodeó la cintura con un brazo y me arrastró tras una consola de servidores justo cuando una ráfaga de balas destrozaba los frascos de suero donde habíamos hecho la transfusión.

—¡Scarlett! ¡Sal de ahí! ¡Sabemos que estás con él! —La voz que resonó por los altavoces era la de Thompson, el jefe de seguridad de mi tío. Era una voz que yo conocía desde los diez años; una voz que solía darme caramelos y que ahora venía a cazarme.

Klaus sacó su radio, su rostro volviéndose una máscara de muerte.

—Mateo, sector subterráneo comprometido. Ejecuta el protocolo "Tierra Quemada". Nadie sale con vida de este búnker excepto nosotros.

—¡No! —le arrebaté la radio—. ¡Mateo, espera!

Klaus me miró, furioso.

—¿Qué haces? Van a matarnos.

—Dime que me das lo que pido, Klaus —le desafié, mientras Thompson y sus hombres avanzaban entre el humo—. Dime que soy tu reina, no tu prisionera, o saldré ahí ahora mismo y dejaré que me lleven. Si lo hacen, morirás en una semana cuando tu sistema nervioso colapse sin la segunda dosis de mi sangre.

El Zar de la mafia me observó. Por primera vez, vi una sombra de duda en él. Estaba acostumbrado a ganar por la fuerza, pero yo le estaba ganando por la lógica del dolor.

—Está bien —gruñó, sus ojos ardiendo de una forma que no era solo lujuria, sino respeto—. Eres la Zarina. Pero si morimos en los próximos cinco minutos, tu corona va a ser de plomo. ¡Mateo, fuego a discreción! ¡Protejan a la mujer del Zar a toda costa!

Klaus se levantó, disparando con una precisión quirúrgica. Yo me mantuve agachada, con el arma en la mano. Thompson apareció entre el humo, su uniforme táctico británico fuera de lugar en este sótano ruso. Al verme, bajó el arma un centímetro.

—Scarlett, ven con nosotros. Tu tío tiene el tratamiento listo en Londres. No tienes que estar con este animal.

—Mi tío quiere mi sangre para venderla, Thompson —respondí, saliendo de mi escondite, apuntándole con el arma. Mis manos no temblaban—. Dile a Arthur que Gwendolyn Wright ya no existe. Dile que la mujer que está aquí es la que va a hundir sus acciones en el mercado farmacéutico mundial.

Thompson pareció sorprendido. Nunca había visto a la dulce sobrina del cirujano Wright sostener un arma de 9 milímetros.

—Te han lavado el cerebro...

—Me han abierto los ojos —disparé. No a él, sino al tanque de nitrógeno líquido que estaba justo detrás de su equipo.

La explosión de frío comprimido creó una cortina blanca cegadora. Klaus aprovechó el segundo de distracción para avanzar como una sombra. En un parpadeo, estaba sobre Thompson. No usó su arma; usó sus manos. El sonido de los huesos rompiéndose fue seco y final.

Klaus se giró hacia mí, con el rostro salpicado de sangre y una sonrisa demoníaca.

—Ese fue un buen tiro, moya koroleva.

—Cállate y sácame de aquí —le dije, sintiendo el peso de lo que acababa de hacer. Había cruzado una línea de la que no había retorno.

Subimos por los niveles inferiores mientras la mansión se convertía en un campo de batalla. Los hombres de la Bratva, al vernos, se abrían paso con una ferocidad renovada. Klaus no me soltaba, pero ya no me arrastraba; caminábamos juntos.

Llegamos al gran salón. El sol de la mañana empezaba a filtrarse por los ventanales rotos, iluminando los cuerpos de los mercenarios británicos y los guardias rusos. El ataque había sido repelido, pero el mensaje estaba claro: la guerra ahora era global.

Mateo se acercó a nosotros, herido en el brazo, pero firme. Se inclinó ante Klaus y luego, tras una mirada del Zar, se inclinó profundamente ante mí.

—El perímetro es seguro, señora —dijo Mateo, con un tono de respeto que no estaba ahí ayer.

Klaus me miró, limpiándose la sangre de los nudillos con un pañuelo de seda.

—Has salvado mi vida dos veces en una noche, Scarlett. Una con la ciencia y otra con el fuego. El contrato que firmaste... —lo sacó de su bolsillo y, frente a sus hombres, lo prendió fuego con un encendedor de oro—. Ese papel ya no significa nada. Estás aquí porque quieres. O porque el infierno nos prefiere juntos.

Vi cómo el papel se convertía en ceniza y volaba con el viento gélido que entraba por las ventanas.

—No te equivoques, Klaus —le dije, acercándome a él hasta que nuestras frentes se tocaron—. Me quedo porque voy a usar tus recursos para destruir a los que me traicionaron en Londres. Y porque todavía tengo que terminar de curarte. Pero no vuelvas a llamarme tuya.

Klaus me tomó de la nuca, uniendo nuestros labios en un beso que sabía a ceniza, sangre y una promesa de una guerra eterna. No fue un beso de amor; fue un pacto de dos monstruos que acababan de encontrarse en el centro del mundo.

—Como desees, Zarina —susurró él contra mis labios—. Pero recuerda que en este juego, el rey siempre protege a su reina. Y pobre del que intente cruzarse en nuestro camino.

Miré hacia el horizonte de Moscú. En Londres me daban por muerta o por mercancía. En Rusia, era la mujer que sostenía el corazón del Zar en sus manos.

Había venido a curar almas, pero me di cuenta, mientras sentía la mano posesiva de Klaus en mi cintura, de que algunas almas no quieren ser curadas... solo quieren a alguien que arda a su misma temperatura.

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