Mundo ficciónIniciar sesiónPOV SCARLETT
La habitación a la que me habían escoltado no era un dormitorio; era una celda de seda y oro. Las paredes estaban tapizadas en un damasco color crema y una cama con dosel dominaba el espacio como un altar de sacrificios. Sobre la colcha de satén, descansaba una caja de terciopelo negro con el emblema de una corona y una espada: la marca de los Vetrovski.
Dentro, encontré el "uniforme" de mi cautiverio. —No voy a ponerme esto —le dije a la criada que esperaba junto a la puerta, una mujer de mediana edad que no se atrevía a mirarme a los ojos—. Díselo a tu jefe. Díselo al Zar. Prefiero cenar desnuda antes que usar sus trofeos. Diez minutos después, la puerta se abrió de golpe. No fue la criada. Fue él. Klaus ya se había cambiado. Llevaba un traje de tres piezas negro carbón, sin corbata, con los primeros botones de la camisa blanca desabrochados. Parecía un ángel caído listo para presidir un funeral. Se detuvo en el umbral, recorriendo con la mirada el vestido que seguía sobre la cama. —El coche espera en quince minutos, Scarlett —su voz era una advertencia envuelta en terciopelo. —No voy a ir —respondí, cruzándome de brazos—. Y no voy a usar ese trozo de tela. Parece que cuesta más que toda mi carrera de medicina y, sinceramente, me hace sentir como una puta cara de la Bratva. Klaus entró en la habitación, cerrando la puerta tras de él. El sonido del pestillo encajando me hizo dar un paso atrás. Se acercó con esa lentitud depredadora que me ponía los pelos de punta. Tomó el vestido (una seda roja tan oscura que parecía sangre seca, con un escote de vértigo y una abertura en la pierna que llegaba hasta la cadera) y lo sostuvo frente a mí. —Pareces mi mujer, Scarlett. Es diferente —dijo, sus ojos azules brillando con una intensidad peligrosa—. Una puta tiene un precio. Tú, en cambio, eres invaluable. Eres mi propiedad, y mi propiedad solo viste lo mejor. —¡No soy un objeto que puedas decorar! —le grité, dándole un manotazo al vestido—. ¡Soy Gwendolyn Dawson! ¡Soy una estudiante de medicina! ¡Soy una persona! —Gwendolyn murió en la nieve —sentenció él, acortando la distancia hasta que su pecho rozó mis manos—. Ahora solo existe Scarlett. Y Scarlett se va a poner este vestido, o se lo pondré yo mismo, fibra por fibra. ¿Quieres probar mi paciencia, pajarito? Porque te aseguro que tengo toda la noche para disfrutar del proceso. Le sostuve la mirada, con la respiración entrecortada por la rabia. Sus dedos rozaron mi mandíbula y sentí una descarga eléctrica que odié con cada fibra de mi ser. Sabía que no bromeaba. Había algo en su mirada, una mezcla de deseo oscuro y control absoluto, que me decía que estaba deseando que le dijera que no. —Fuera —mascullé entre dientes—. Sal de aquí si quieres que me lo ponga. Klaus sonrió, una curva lenta y triunfante en sus labios. —Cinco minutos. Si no bajas, subiré a buscarte. Y no seré tan amable la segunda vez. En cuanto la puerta se cerró, el pánico real se apoderó de mí. Miré hacia la ventana. Estábamos en un segundo piso, pero había una cornisa de piedra que conectaba con el ala de invitados. Si saltaba al jardín trasero, quizá podría alcanzar el bosque. Prefería morir congelada en la estepa rusa que sentarme a la mesa con ese monstruo. Abrí el ventanal. El aire gélido me golpeó la cara, devolviéndome la lucidez. Con el corazón martilleando contra mis costillas, me subí al alféizar. El frío entumeció mis dedos de inmediato, pero la adrenalina era más fuerte. Me deslicé por la cornisa, apoyando la espalda contra la pared de piedra helada. Un paso más. Solo un paso más y llegaré a la tubería de desagüe. —Es una vista preciosa, ¿verdad? —La voz de Klaus surgió de la oscuridad, justo debajo de mí. Me quedé paralizada. Klaus estaba apoyado contra una columna de mármol en el jardín, con un cigarrillo encendido en la mano. El humo subía perezosamente hacia mí. Ni siquiera se veía sorprendido; se veía... divertido. —¿Qué pasa, Scarlett? ¿Ya extrañas la nieve? —preguntó, dándole una calada al cigarrillo. Su rostro, iluminado por la brasa naranja, parecía el de un demonio burlón—. Te sugiero que vuelvas adentro. Esa cornisa está cubierta de escarcha. Si te caes y te rompes el cuello, me veré obligado a resucitarte solo para castigarte por ensuciar mi jardín. —¡Déjame en paz! —le grité, aunque el viento se llevó mis palabras—. ¡Prefiero saltar! —Entonces salta —dijo él, tirando el cigarrillo y cruzando los brazos sobre su pecho musculoso—. Pero recuerda que tu madre todavía espera que la llames mañana por la mañana. Sería una pena que recibiera una notificación de defunción desde Moscú. Ese fue el golpe bajo que me detuvo. Mis pies resbalaron un par de centímetros y solté un grito ahogado, aferrándome a la piedra con las uñas. El miedo a la altura y la mención de mi madre me quebraron. —¡Maldito seas! —sollocé, volviendo a entrar a la habitación por el ventanal, derrotada. Cinco minutos después, bajé las escaleras. El vestido de seda roja se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. Cada paso que daba hacía que la tela se deslizara por mis muslos, recordándome mi humillación. Klaus me esperaba al pie de la escalera, con una copa de cristal en la mano. Se quedó mudo al verme. Sus ojos recorrieron cada curva, cada centímetro de piel expuesta, con una voracidad que me hizo sentir que me estaba quemando viva. —Te odio —le dije al llegar frente a él. —Lo sé —respondió él, su voz ahora era un susurro ronco—. Pero te ves letal. Me tomó de la mano y me llevó hacia el comedor principal. No era una cena con invitados; la mesa estaba servida solo para nosotros dos. El ambiente estaba cargado de una tensión tan espesa que casi podía cortarse con los cuchillos de plata sobre la mesa. Me senté rígida como una tabla mientras los criados servían platos que ni siquiera miré. Klaus, en cambio, comía con una parsimonia irritante, sin apartar los ojos de mí. —¿Por qué yo? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio—. Tienes a miles de mujeres a tus pies. Modelos, aristócratas, hijas de otros mafiosos. ¿Por qué obsesionarte con una estudiante de medicina de Londres? Klaus dejó los cubiertos y se levantó. Se acercó a mi silla y, antes de que pudiera reaccionar, la giró para que quedara frente a él. Se inclinó, apoyando sus manos a cada lado de mis muslos en la mesa, acorralándome por completo. —Porque eres la única que no bajó la mirada cuando le apunté con un arma —dijo, su rostro a milímetros del mío—. Porque tienes ese aire de pureza que quiero corromper, y esa inteligencia que quiero someter. —No vas a someterme nunca —le desafié, aunque mi respiración era errática. —Ya lo hice, pajarito. Firmaste el contrato. Estás usando mi ropa. Estás en mi casa —con una mano, tomó un mechón de mi pelo y lo olió con una lentitud desesperante—. Tu nombre, Gwendolyn... es demasiado dulce. Demasiado suave para lo que te espera a mi lado. Gwendolyn es la chica que leía libros y soñaba con hospitales. Ella se quedó en Londres. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de fuego azul. —Aquí solo eres Scarlett. El color de la sangre que derramo. El color del deseo que me provocas. El color del infierno que te voy a dar. Y créeme, Scarlett... vas a terminar amando el fuego. —Nunca —susurré, aunque mi cuerpo traicionero se inclinaba hacia el suyo. Klaus bajó la mirada hacia mis labios. Por un segundo eterno, pensé que me besaría, que me reclamaría allí mismo sobre la mesa de comedor de los Vetrovski. La tensión era insoportable, una mezcla de odio puro y una atracción magnética que me aterraba más que sus guardaespaldas. Pero no lo hizo. En lugar de eso, me soltó bruscamente y regresó a su sitio, dejándome temblando de rabia y de una frustración que no me atrevía a nombrar. —Cena, Scarlett. Necesitas fuerzas. Mañana empieza tu primer día en el hospital que compré para ti. Pero recuerda: cada vida que salves allí, me pertenece a mí. Eres mi pequeña doctora, y no hay rincón en este mundo donde puedas esconderte de mi sombra. Miré el vino tinto en mi copa, del mismo color que mi vestido. Él tenía razón en algo: Gwendolyn Dawson ya no existía. Pero Scarlett... Scarlett iba a encontrar la forma de usar ese mismo fuego para quemar su imperio hasta los cimientos.






