6 | El hospital de cristal

POV SCARLETT

El aire dentro del coche blindado era pesado, cargado con el aroma del café negro y el perfume amaderado de Klaus. Yo mantenía la vista fija en la ventana, observando cómo los rascacielos de cristal de la zona moderna de Moscú se alzaban como dagas plateadas contra el cielo gris. En mi cuello, el peso de los rubíes era un recordatorio constante de mi realidad: era una prisionera de lujo.

Klaus no había dicho una palabra desde que salimos de la mansión, pero sentía su mirada sobre mí, analizando cada uno de mis gestos.

—¿Te gusta lo que ves, Scarlett? —preguntó de repente, rompiendo el silencio con su voz profunda.

—Veo una ciudad hermosa gobernada por un monstruo —respondí sin mirarlo—. Es una lástima.

Klaus soltó una risa corta, casi imperceptible.

—Este monstruo ha construido el hospital al que vas. Deberías mostrar un poco de gratitud. El Centro Médico Vetrovski es el más avanzado de Europa del Este. Ni siquiera en Londres verías la tecnología que he puesto a tu disposición.

—No lo hiciste por filantropía, Klaus. Lo hiciste para tenerme controlada. Un hospital es solo otra habitación de tu mansión, solo que esta tiene quirófanos.

El coche se detuvo frente a un edificio imponente de acero y vidrio azulado. Parecía una fortaleza de salud. Guardias armados, vestidos con uniformes discretos pero con la mirada de depredadores, custodiaban la entrada principal.

—Bájate —ordenó Klaus, abriendo la puerta.

Al salir, el frío me golpeó, pero fue la magnitud del edificio lo que me dejó sin aliento. Klaus me tomó del brazo, guiándome hacia la entrada. El personal del hospital se detuvo en seco al verlo pasar. Médicos con batas blancas impecables se inclinaban ligeramente; las enfermeras bajaban la vista. Era el dueño del lugar, y todos sabían que un error frente a él no terminaba en un despido, sino en una desaparición.

—Doctor Ivanov —llamó Klaus a un hombre mayor, de cabello canoso y expresión severa que nos esperaba en el vestíbulo.

—Señor Vetrovski —saludó el hombre con un deje de nerviosismo—. Todo está listo. La señorita Dawson tiene su oficina privada y su equipo asignado.

—No es la "señorita Dawson" para usted, Ivanov —corrigió Klaus, apretando su agarre en mi cintura—. Es la doctora Scarlett. Y su palabra aquí tiene el mismo peso que la mía. Si ella pide algo, se le entrega. Si ella decide que un protocolo debe cambiar, se cambia. ¿Ha quedado claro?

—Perfectamente, señor.

Klaus me giró para que lo mirara. Sus ojos azules brillaban con una advertencia clara.

—Te daré tus juguetes, Scarlett. Te daré tus bisturíes y tus pacientes. Pero no olvides quién paga por cada gota de anestesia que uses. Estás aquí para salvar a mis hombres y para que yo pueda verte trabajar. No intentes contactar a nadie. Cada computadora, cada teléfono y cada enfermera en este edificio me reporta a mí.

—Eres un maníaco del control —le siseé, intentando zafarme de su toque.

—Soy un hombre que cuida su inversión —respondió él, dándome un beso rápido y posesivo en la sien frente a todo el personal—. Te recogeré a las seis. Si intentas salir antes, el hospital entrará en cierre de emergencia y nadie, absolutamente nadie, saldrá con vida.

Se dio la vuelta y se marchó con su escolta, dejándome sola en medio del vestíbulo. Suspiré, sintiendo que por fin podía respirar un poco de aire que no fuera el suyo. El doctor Ivanov me miró con una mezcla de lástima y respeto.

—Acompáñeme, doctora —dijo Ivanov—. Tenemos un caso urgente en urgencias. El señor Vetrovski dijo que quería que usted tomara el mando de inmediato.

Caminamos por pasillos relucientes. El equipo era, efectivamente, de última generación. Pero lo que vi al entrar en la sala de urgencias me revolvió el estómago. Tres hombres jóvenes, no mayores que yo, estaban tendidos en camillas. Tenían heridas de bala y quemaduras. Eran los soldados de la noche anterior.

—¿Por qué no han sido intervenidos? —pregunté, acercándome al que parecía más grave.

—Esperábamos su llegada —respondió una enfermera—. El Zar dio órdenes de que nadie los tocara hasta que usted estuviera aquí.

—¡Eso es una locura! ¡Podrían haber muerto por una infección o un shock hipovolémico! —grité, lavándome las manos con furia y poniéndome una bata estéril.

Me acerqué al primer paciente. Era el mismo guardia que había intentado salvar en la mansión. Sus ojos se abrieron al verme.

—Gracias... —susurró con dificultad.

—Ahorra energía —le dije, revisando sus constantes—. Vas a entrar a quirófano ahora mismo.

Durante las siguientes cinco horas, me olvidé de Klaus. Me olvidé de los rubíes en mi cuello y del contrato que me ataba a la mafia. En el quirófano, yo era la que mandaba. Mis manos se movían con la precisión que años de estudio me habían otorgado. Extraje balas, suturé arterias y detuve hemorragias que habrían matado a hombres más débiles.

El personal me observaba con asombro. Pasé de ser "la mujer del jefe" a ser una cirujana brillante ante sus ojos.

Cuando terminé la última cirugía, salí al pasillo frotándome el cuello. Estaba agotada, pero por primera vez en días, me sentía yo misma. Sin embargo, la realidad me esperaba sentada en un banco frente al quirófano.

Klaus estaba allí, con las mangas de su camisa remangadas, observándome a través del cristal con una expresión que no pude descifrar.

—Has salvado a los tres —dijo, levantándose.

—Es mi trabajo, Klaus. Aunque sean asesinos que trabajan para ti, siguen siendo seres humanos.

—Para mí son activos. Para ti son vidas. Es una diferencia interesante —se acercó a mí, y esta vez no me aparté; estaba demasiado cansada para pelear—. Estás cubierta de sudor y tienes ojeras, Scarlett. Y aun así, nunca te habías visto tan hermosa.

—No empieces con tus cumplidos vacíos —le corté—. Llévame a la mansión. Necesito dormir.

—Todavía no —dijo él, tomando mi mano y llevándola a sus labios. Sus ojos se oscurecieron—. Antes de irnos, hay alguien que quiere verte. Alguien que no es uno de mis soldados.

Me llevó a la planta de pediatría. Me detuve frente a una habitación decorada con dibujos de nubes. Dentro, una niña pequeña, de no más de cinco años, dormía plácidamente conectada a un monitor cardíaco.

—¿Quién es ella? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Es la hija de Sergei, el hombre que maté en el jardín —respondió Klaus con una frialdad que me heló la sangre—. Tiene una malformación cardíaca congénita. Su padre me traicionó para conseguir el dinero para su operación.

Me quedé helada. La crueldad de Klaus no tenía límites. Mató al padre y ahora mantenía a la hija en su hospital.

—¿Por qué me muestras esto? ¿Para demostrarme que eres un monstruo caritativo?

—Te lo muestro porque tú vas a operarla la semana que viene, Scarlett —dijo él, girándome para que lo mirara—. Si sale bien, le daré una vida de lujo y una educación en el extranjero. Si sale mal... bueno, ella se reunirá con su padre.

—¡No puedes ponerme esa presión! —le grité, sintiendo las lágrimas de rabia—. ¡Es una niña!

Klaus me tomó de la nuca, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozaron.

—Te lo dije, Scarlett. Viniste aquí a curarme el alma o a arder conmigo. Esta niña es tu primera prueba real. Si puedes salvarla, quizá haya esperanza para nosotros. Si no... entenderás por qué me llaman el Zar.

Me soltó y caminó hacia la salida del hospital, dejándome allí, mirando a la pequeña inocente cuya vida ahora dependía de mis manos y de la misericordia de un hombre que no conocía la palabra.

En ese momento comprendí que el hospital no era mi refugio. Era el campo de batalla más cruel que Klaus había diseñado para mí.

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