Mundo ficciónIniciar sesiónPOV SCARLETT
La noche no trajo el descanso, sino una vigilia plagada de sombras. Dormir en la mansión Vetrovski era como intentar cerrar los ojos en la guarida de un león; podías estar rodeada de sábanas de mil hilos, pero el olor a peligro seguía impregnado en el aire. Me despertó un sonido que no pertenecía al silencio sepulcral de la propiedad. No fue el viento, ni el crujido de la madera. Fue una explosión sorda, seguida por el repiqueteo rítmico y aterrador de las ráfagas de ametralladora. —¡Maldita sea! —exclamé, saltando de la cama. Mi instinto de médico tomó el control antes que el miedo. Me puse una bata de seda sobre el camisón y corrí hacia el pasillo. Las luces de emergencia rojas parpadeaban, bañando las paredes de mármol en un tono sangriento. Gritos en ruso resonaban por todas partes. —¡Al sector cuatro! ¡Protejan el ala norte! —bramaba una voz que reconocí como la de Mateo, el jefe de seguridad de Klaus. Llegué al gran salón del segundo piso y me asomé por la barandilla. El caos era total. Un grupo de hombres con uniformes tácticos oscuros había reventado los ventanales reforzados. No eran ladrones; eran soldados. El cristal esparcido por el suelo brillaba como diamantes bajo la luz de los disparos. Vi a uno de los guardias de Klaus, un chico joven que apenas debía tener veinte años, caer pesadamente contra una columna. Se presionaba el costado y la sangre manaba a borbotones entre sus dedos, empapando su traje negro. El miedo me atenazó la garganta por un segundo, pero luego vi la mirada de terror puro en los ojos del chico. Gwendolyn, la estudiante de medicina, se impuso a Scarlett, la cautiva. Bajé las escaleras corriendo, ignorando el silbido de las balas que impactaban contra las obras de arte. —¡Eh! ¡Tú! ¡Ayúdame a moverlo! —le grité a otro guardia que pasaba por allí. El hombre me miró como si estuviera loca. —¡Señorita, vuelva a su habitación! ¡El Vory la matará si le pasa algo! —¡El Vory no es médico y este chico se va a morir si no intervengo ahora! —le rugí con una autoridad que ni yo sabía que tenía—. ¡Muévelo detrás de esa maldita mesa de mármol! ¡Ahora! Mi voz lo sacudió. Entre los dos arrastramos al guardia herido tras la pesada mesa del comedor que, horas antes, había sido el escenario de mi humillación. Me arrodillé en el suelo, rompiendo el bajo de mi bata de seda para improvisar un vendaje de compresión. —Cúbreme —le ordené al guardia sano—. No dejes que se acerquen. El estruendo era ensordecedor. Humo, olor a pólvora y gritos. Pero yo estaba en mi zona. Mis manos, que antes temblaban ante Klaus, ahora eran firmes. Rasgué la camisa del chico herido. La bala había entrado por el abdomen, probablemente perforando el bazo. —Mírame, no cierres los ojos —le dije en un ruso básico pero firme—. Vas a estar bien. Me llamo Scarlett y voy a salvarte, ¿me oyes? Él asintió débilmente, gimiendo de dolor. Empecé a presionar la herida. La sangre caliente empapó mis manos, subió por mis antebrazos y salpicó mi rostro cuando el chico tosió. Estaba cubierta de rojo, sumergida en el fluido vital de un extraño mientras la muerte silbaba sobre mi cabeza. De repente, el ritmo de los disparos cambió. Ya no era un intercambio; era una ejecución. Pasos pesados y rítmicos se acercaron. Una figura emergió de entre el humo como un dios de la guerra antiguo. Klaus. Llevaba una escopeta táctica en una mano y una pistola en la otra. Su rostro no mostraba miedo, solo una furia fría e inhumana. Había sangre en su frente, pero no era suya. Se detuvo en seco al verme. Sus ojos recorrieron la escena: yo, de rodillas en el suelo, cubierta de sangre desde la frente hasta el pecho, con las manos hundidas en el abdomen de su guardia moribundo. Por un microsegundo, vi algo que se pareció al pánico en sus ojos azules, una grieta en su armadura de hielo. —¡Scarlett! —rugió, lanzándose hacia mí. Me cubrió con su propio cuerpo, usándose como escudo humano mientras disparaba tres veces hacia un atacante que intentaba flanquearnos. El estruendo cerca de mi oído me dejó sorda por un momento. —¡Estoy bien! —grité, intentando apartarlo—. ¡No es mi sangre! ¡Déjame terminar, Klaus! ¡Se está desangrando! Él me miró, procesando mis palabras. Vio mis manos ensangrentadas y luego mis ojos, que no tenían rastro de lágrimas, solo determinación médica. —Mateo, llévate a este hombre a la enfermería subterránea. ¡Ya! —ordenó Klaus sin dejar de mirarme. Dos hombres aparecieron y se llevaron al herido en una camilla improvisada. Yo intenté levantarme para seguirlos, pero Klaus me atrapó por la cintura, levantándome del suelo con una fuerza bruta. —¡Suéltame! ¡Todavía no he terminado! —le grité, golpeando su pecho con mis puños manchados de rojo. —Ya terminaste —siseó él. Su voz era un trueno bajo—. Estás cubierta de sangre, Scarlett. En ese momento, un hombre herido, uno de los atacantes que aún respiraba, intentó levantarse del suelo con un cuchillo en la mano. Era Igor Volkov, el hijo de un clan rival que buscaba venganza. Klaus se giró con una lentitud aterradora. Sus dedos se cerraron sobre mi brazo con una presión que me dejó marcas, manteniéndome a su lado, obligándome a mirar. —Igor —dijo Klaus, y su voz era el sonido de una tumba cerrándose—. Cometiste dos errores esta noche. El primero fue entrar en mi casa. El segundo... fue salpicar tu asquerosa sangre de traidor sobre mi mujer. —Ella... ella es solo una zorra británica... —escupió Igor, tosiendo sangre. Klaus no respondió con palabras. Caminó hacia él, arrastrándome consigo, sin soltarme ni un segundo. Quería que yo viera. Quería que yo entendiera quién era el hombre que me poseía. Apoyó el cañón de su arma directamente en la frente de Igor. —Nadie mancha lo que es mío —susurró Klaus. ¡PAM! Cerré los ojos, pero el sonido del cuerpo cayendo al suelo fue inevitable. El silencio que siguió al disparo fue más pesado que el tiroteo. La batalla había terminado. Los Vetrovski habían ganado. Klaus me giró hacia él. Sus manos, todavía calientes por el arma, se posaron en mis mejillas. Me obligó a mirarlo. Yo estaba temblando, no por el muerto, sino por la intensidad de la mirada de Klaus. Había algo salvaje en él, una posesividad extrema que bordeaba la locura. —Mírame, Scarlett —ordenó. Tomó un pañuelo de seda de su bolsillo. Con una ternura que resultaba más aterradora que su violencia anterior, empezó a limpiar las manchas de sangre de mi frente. Sus movimientos eran lentos, casi eróticos, mientras eliminaba el rastro de la batalla de mi piel. —Eres un monstruo —susurré, con las lágrimas finalmente asomando a mis ojos. —Soy tu monstruo —corrigió él, limpiando una gota de sangre de mi labio inferior con su pulgar—. Me has desafiado, me has insultado y has intentado huir... pero hoy te he visto salvar a uno de mis hombres en medio del fuego. Tienes el valor de una reina de la Bratva y las manos de un ángel. Se inclinó, presionando su frente contra la mía. Podía oler la pólvora y el hierro de la sangre. Sus ojos azules estaban dilatados, fijos en los míos con una devoción oscura. —Escúchame bien, pajarito —dijo, y su voz vibró en mi pecho—. Esta sangre que llevas encima no te pertenece. A partir de hoy, no permitiré que ni una gota más de este mundo podrido te toque. Nadie te mira, nadie te habla y, sobre todo, nadie te pone la mano encima si no soy yo. ¿Te queda claro? —No soy tuya, Klaus —dije, aunque mi voz falló. Él soltó una risa seca y me besó. No fue un beso dulce; fue un beso con sabor a muerte y a victoria, un reclamo que me dejó marcada frente a sus hombres y frente a mi propio destino. Me separó un centímetro, manteniendo sus labios rozando los míos. —Eres mía hasta que el corazón se te detenga. Y si se detiene, te obligaré a volver a la vida solo para que sigas siéndolo. Ahora, vete a lavarte. Quiero que huelas a jabón y a flores, no a muerte. Porque esta noche, Scarlett... esta noche vas a dormir en mi cama. No para tocarte, sino para que este mundo entienda que eres el tesoro más protegido de Rusia. Me soltó, dejándome sola en medio del salón lleno de cadáveres. Me miré las manos. Estaban limpias de sangre gracias a él, pero sentía que mi alma estaba empezando a mancharse de un color que no podía lavar: el color de la obsesión de Klaus Vetrovski.






