Mundo ficciónIniciar sesiónPOV SCARLETT
El olor a antiséptico y café frío se había convertido en mi nueva fragancia personal. Durante tres días, el Hospital Vetrovski fue mi santuario y mi prisión. Klaus cumplió su palabra: me dejó trabajar, pero su sombra estaba en cada rincón. Cada enfermera que me sonreía era un par de ojos informando al Zar; cada guardia que custodiaba mi oficina era un recordatorio de que mi libertad era un espejismo de cristal. Estaba sentada en mi despacho, con el historial clínico de la pequeña Masha —la hija de Sergei— frente a mí. Su corazón era un rompecabezas roto que yo debía armar. Pero mi mente no dejaba de dar vueltas a las palabras de Klaus: “Viniste a curarme el alma o a arder conmigo”. —Maldito narcisista —mascullé, frotándome las sienes. Un golpe suave en la puerta me sacó de mis pensamientos. Era una de las pasantes, una chica rusa de mirada asustadiza llamada Elena. —Doctora Scarlett… ha llegado esto para usted —dijo, dejando un sobre grueso de papel manila sobre mi escritorio—. Venía en el suministro de suministros médicos de la Cruz Roja de Londres. Tiene su nombre personal. Mi corazón dio un vuelco. ¿Londres? Nadie debería saber que estaba trabajando en este hospital privado. Esperé a que Elena saliera y cerrara la puerta para abrir el sobre con manos temblorosas. Dentro no había instrumentos médicos. Había un teléfono satelital antiguo, una llave pequeña y una fotografía desgarrada. Mis pulmones se vaciaron de aire al ver la imagen. Eran mis padres, jóvenes, sonriendo frente al Big Ben, pero al lado de ellos, un hombre joven con el rostro quemado por el cigarrillo los observaba desde las sombras. Detrás de la foto, una letra que reconocí al instante —la de mi tío Arthur— decía: "No confíes en el Zar. Él no te salvó de la deuda, él causó el accidente que nos arruinó. Encuentra la caja 402". —No puede ser… —susurré, sintiendo un sudor frío empapar mi bata. Si Klaus había provocado el accidente de mis padres para forzar la deuda y traerme a Rusia, entonces toda mi vida era una farsa orquestada por él. La gratitud que empezaba a sentir por el hospital se transformó en una bilis amarga. De repente, la puerta se abrió de golpe. No hubo aviso. No hubo cortesía. Klaus entró con la elegancia de un huracán. Su abrigo negro goteaba agua de nieve y su rostro estaba más pálido de lo habitual, con las facciones tensas como cuerdas de violín. —¿Qué tienes ahí, Scarlett? —Su voz fue un látigo. Por puro instinto, deslicé la foto bajo el historial de Masha y cerré el sobre de la Cruz Roja, pero el teléfono satelital quedó a la vista sobre la mesa. Klaus lo vio de inmediato. Sus ojos azules se oscurecieron hasta volverse casi negros. Se acercó al escritorio en dos zancadas, volcando una silla en su camino. Tomó el teléfono y lo aplastó en su mano con una fuerza bruta, rompiendo la pantalla con un crujido seco. —¡Es propiedad privada! —le grité, levantándome para enfrentarlo—. ¡No tienes derecho a entrar así! —Tengo derecho a todo en este edificio, especialmente a lo que entra de contrabando desde el país que te vendió —rugió él, rodeando el escritorio. Me tomó del brazo y me pegó contra la pared trasera, atrapándome entre sus brazos—. ¿Quién te envió esto? ¿Con quién intentas comunicarte a mis espaldas? —¡Nadie! Era solo un regalo de mis compañeros de Londres —mentí, aunque el corazón me golpeaba las costillas de tal forma que estaba segura de que él podía sentirlo—. ¿O es que tienes miedo, Klaus? ¿Tienes miedo de que alguien me cuente la verdad sobre ti? Klaus se detuvo. Su respiración agitada rozaba mi rostro. Sus ojos recorrieron mi cara, buscando la grieta en mi mentira. Su mano subió a mi cuello, rozando la garganta de rubíes que me había impuesto. —La verdad sobre mí está escrita en los periódicos de este país, pajarito. Soy un asesino, un criminal, el dueño de la Bratva. Nunca te he ocultado lo que soy. —¿Ah, sí? ¿Y me has contado que causaste el accidente de mis padres? —La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera frenarla. El silencio que siguió fue asfixiante. Klaus no se apartó, pero algo en su expresión cambió. No fue culpa; fue una frialdad absoluta, una distancia glacial. —¿Eso es lo que te han dicho tus contactos en Londres? —susurró, su voz bajando a un tono peligrosamente suave—. Que yo, un hombre que ni siquiera conocía tu nombre hace diez años, planeé un accidente de tráfico en el Reino Unido solo para traerte aquí ahora. —¡Me confesaste que me rastreaste desde los dieciocho! —le recordé, con la voz rota—. ¡Dijiste que moviste los hilos del destino! Klaus se rió, pero fue un sonido sin alma. Se inclinó hacia mi oído, apretando su cuerpo contra el mío hasta que sentí el frío de sus botones de metal contra mi pecho. —Si yo quisiera destruirte, Scarlett, no necesitaría un accidente de coche. Solo tendría que dejar de protegerte. Si yo quisiera que vinieras a mí, no usaría deudas; usaría el deseo. Y tú y yo sabemos que, a pesar de todo ese odio que escupes, tu cuerpo me reconoce como su dueño cada vez que entro en la habitación. —Eres un monstruo arrogante —le siseé, aunque mis rodillas flaqueaban por la proximidad. —Soy el monstruo que te mantiene viva mientras tu "querida familia" intenta usarte como moneda de cambio para infiltrarse en mis negocios —soltó mi brazo y tomó el sobre de la mesa, guardándoselo en el abrigo—. Este sobre se queda conmigo. Y tú... tú vas a terminar el plan quirúrgico de Masha. —No voy a operar hasta que me digas la verdad. Klaus se detuvo en la puerta y se giró. Su mirada era una mezcla de desprecio y una extraña tristeza que me descolocó. —La verdad es que tu padre era un adicto al juego, Scarlett. Yo no provoqué su accidente; yo compré su deuda para que los prestamistas de Londres no le cortaran la cabeza a tu madre frente a ti. Te traje aquí porque eras la única parte de esa familia que no estaba podrida. Pero si quieres creer que soy el villano de tu cuento de hadas, adelante. El odio es un motor excelente para una cirujana. Salió de la oficina, cerrando la puerta con un estruendo que hizo vibrar los cristales. Me quedé temblando, sola en el despacho. Miré la llave pequeña que había logrado ocultar en el bolsillo de mi bata. La "Caja 402". Sabía que había una sección de depósitos de seguridad en el sótano del hospital, donde los pacientes VIP guardaban sus pertenencias. Esa noche, cuando los pasillos quedaron en penumbra y el cambio de turno de guardia me dio un respiro de cinco minutos, bajé al sótano. El frío allí abajo era distinto; era el frío de los secretos enterrados. Encontré la habitación de las cajas de seguridad. Mi llave encajó perfectamente en la 402. Al abrirla, no encontré dinero. Encontré un diario médico viejo y un frasco de un medicamento experimental sin etiqueta. Hojeé el diario. La caligrafía era la de mi padre, pero las fechas coincidían con su tiempo en Rusia hace veinte años. La última página decía: "El Zar no quiere una esposa. Quiere una cura. El linaje de los Vetrovski está maldito y Gwendolyn es la única que posee la compatibilidad genética para detenerlo. No es amor, es supervivencia". Un ruido a mis espaldas me hizo saltar. Oculté el diario bajo mi bata justo cuando la luz de una linterna me golpeó directamente en los ojos. —La curiosidad mató al gato, doctora —dijo una voz que no era la de Klaus. Era Mateo, el jefe de seguridad, pero su arma no estaba en la funda. La tenía en la mano, apuntando directamente a mi corazón. —El Vory dio órdenes de que no se le molestara, pero no dijo nada sobre lo que pasa si usted intenta robarle secretos al imperio. —Mateo, baja eso —dije, intentando que mi voz no temblara—. Solo estaba buscando suministros. —Miente mejor, Scarlett. El Zar podrá estar cegado por su obsesión, pero yo no. Entrégame lo que has sacado de esa caja o esta noche el hospital tendrá una cama vacía y un cadáver sin nombre. En ese momento, el ascensor del sótano se abrió. Klaus apareció, bañado por la luz fluorescente parpadeante. Vio a Mateo apuntándome y su rostro se transformó en algo que solo podría describir como la muerte misma. —Mateo —dijo Klaus, y su voz hizo que el guardia se estremeciera—. Si esa bala sale de ese cañón, antes de que toque a Scarlett, yo habré arrancado tu corazón con mis propias manos. —Señor, ella está robando... ella sabe lo del proyecto —balbuceó Mateo. Klaus caminó hacia nosotros, ignorando el arma que seguía en el aire. Se detuvo frente a mí, pero sus ojos estaban fijos en su hombre de confianza. —Dije... que ella es mía. Sus pecados son míos. Sus secretos son míos. Y si ella quiere destruir mi imperio desde dentro, yo mismo le daré las cerillas. Klaus desarmó a Mateo con un movimiento rápido y violento, lanzando el arma al suelo. Luego, me tomó de la cintura y me arrastró hacia él, clavando sus ojos en los míos. —¿Ya encontraste lo que buscabas, Scarlett? —me susurró, su voz cargada de una mezcla de rabia y desesperación—. ¿Ya sabes por qué te necesito tanto? No pude responder. El diario pesaba contra mi piel. La revelación de que yo era parte de un experimento genético o una cura para su linaje me hacía sentir más como un objeto que nunca. —Llévame a casa, Klaus —dije, con la voz quebrada. —No vas a ir a casa —respondió él, cargándome al hombro como si fuera un saco de patatas—. Vas a ir a mi habitación. Porque a partir de hoy, no te dejaré sola ni para respirar. Si quieres guerra, la tendrás. Pero la librarás en mi cama.






