Mundo ficciónIniciar sesiónPOV SCARLETT
El laboratorio privado de la mansión Vetrovski no se parecía en nada al hospital. Era un búnker de acero inoxidable y luces blancas frías, oculto tres niveles por debajo de los jardines nevados. El silencio aquí abajo era tan denso que podía oír el zumbido de las máquinas de filtrado de sangre y, sobre todo, el latido errático del corazón de Klaus. Klaus estaba sentado en una silla de cuero ergonómica, con el torso desnudo. Las luces del techo acentuaban la red de venas oscurecidas que trepaban por su cuello. Se veía más pálido, más humano, y eso lo hacía mil veces más peligroso. —¿Estás lista, doctora? —preguntó él, observando cómo yo preparaba las agujas y las bolsas de solución salina. Su voz tenía un ligero temblor que intentaba ocultar con arrogancia. —No se trata de si estoy lista, sino de si tu cuerpo lo está —respondí, ajustándome los guantes de látex con un chasquido seco—. Lo que voy a hacer es una transfusión directa procesada. Mi sangre pasará por este filtro que contiene el reactivo experimental de mi padre y entrará en tu sistema. Si el diario tiene razón, tus células empezarán a regenerarse. Si se equivoca... entrarás en un choque anafiláctico y tu corazón se detendrá en menos de sesenta segundos. Klaus estiró el brazo sobre el reposacabezas, revelando sus venas marcadas. —He jugado a la ruleta rusa desde que tengo diez años, Scarlett. Sesenta segundos es una eternidad para mí. Hazlo. Me acerqué a él. La tensión entre nosotros era casi física, una corriente eléctrica que me erizaba el vello de los brazos. Inserté la aguja en su brazo con una precisión que no sentía en mis manos temblorosas. Luego, conecté la vía a mi propio brazo. Sentí el pinchazo frío. Vi cómo mi sangre, de un rojo brillante y lleno de vida, empezaba a viajar por el tubo transparente. Era una imagen surrealista: mi vida fluyendo hacia el hombre que me había robado la libertad. —¿Por qué me miras así? —susurró él. Sus ojos azules estaban fijos en el tubo donde nuestras sangres estaban a punto de encontrarse en el filtro. —Estoy pensando en la ironía —dije, sentándome en un taburete frente a él, unida por ese cordón umbilical de plástico—. Te pasaste años rastreándome para poseerme, y ahora te doy lo más íntimo que una persona puede dar a otra. No es un beso, Klaus. No es sexo. Es mi código genético entrando en tu alma. Klaus cerró los ojos y un gemido de dolor ahogado escapó de sus labios cuando el primer flujo de la mezcla alcanzó su sistema. Su cuerpo se tensó violentamente; los músculos de su pecho y hombros se marcaron como cuerdas de acero. —¡Klaus! —me puse en pie, alarmada, revisando el monitor cardíaco. —No... te detengas —gruñó él, con los dientes apretados—. Siento... fuego. Siento que me están quemando por dentro. —Es la reacción inicial. Tu sistema está luchando contra el antídoto. ¡Respira conmigo, Klaus! —le tomé el rostro con las manos, obligándolo a mirarme. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el azul de sus ojos era solo un anillo delgado alrededor de un abismo negro. Él me agarró de la cintura, atrayéndome hacia el espacio entre sus piernas mientras el proceso continuaba. Su frente se apoyó en mi pecho y pude sentir el sudor frío empapando su piel. Por un momento, el Zar de la mafia desapareció. Ya no era el hombre que mataba sin parpadear; era un niño asustado luchando contra una maldición que no eligió. —Gwendolyn... —susurró mi nombre real, el que él mismo había intentado borrar—. Duele. Fue la primera vez que escuché vulnerabilidad en su voz. Me rompió algo por dentro. Sin pensarlo, empecé a acariciar su cabello oscuro, alejando los mechones húmedos de su frente mientras los monitores pitaban frenéticamente. —Ya pasa, Klaus. Solo un poco más. Estoy aquí. No voy a dejar que te vayas. Poco a poco, su respiración se estabilizó. Las venas oscuras de su cuello empezaron a palidecer, recuperando un tono normal. El monitor cardíaco recuperó un ritmo constante. El experimento de mi padre funcionaba. Klaus se relajó contra mí, rodeando mi cintura con sus brazos con una fuerza necesitada. Se quedó así durante varios minutos, escuchando mi corazón mientras yo vigilaba el flujo de sangre. El silencio del búnker se volvió íntimo, casi sagrado. —¿Por qué me salvaste el otro día en el sótano? —pregunté en voz baja, aprovechando su debilidad—. Mateo tenía razón. Yo estaba robando tus secretos. Deberías haberme castigado. Klaus levantó la cabeza. Sus ojos empezaban a recuperar su brillo habitual, pero la mirada que me dirigió era distinta. Ya no era solo posesión; era algo que me asustaba mucho más. —Porque prefiero que me traiciones a que me dejes —confesó con una honestidad brutal—. Prefiero tenerte conspirando contra mí en mi propia casa que no tenerte en absoluto. Eres la única verdad en una vida llena de mentiras, Scarlett. —Tu vida es una mentira porque tú la construiste así —le recordé, aunque no me aparté de su abrazo. —La heredé —corrigió él—. Pero tú... tú eres lo único que he elegido por mí mismo. Mi padre quería que me casara con la hija de un oligarca para asegurar el gas ruso. Yo te elegí a ti porque sabía que serías la única capaz de mirarme a los ojos mientras me muero. O mientras me salvas. Terminé la transfusión y desconecté las vías. Mis piernas se sentían ligeras por la pérdida de sangre, pero mi mente estaba más clara que nunca. Klaus se puso en pie, recuperando su estatura imponente. Se sentía renovado, más fuerte, más vivo. Se acercó a mí y me tomó de la barbilla, obligándome a mirar el diamante negro en mi garganta. —Has cumplido tu parte, doctora. Has detenido la maldición por ahora. Pero esto nos ha unido más de lo que cualquier contrato podría. Ahora tienes mi sangre corriendo por tus manos, y yo tengo la tuya fluyendo por mi corazón. Me arrinconó contra la mesa de acero, sus manos subiendo por mis muslos bajo la bata de laboratorio. —Klaus, aquí no... —protesté, pero mi voz carecía de convicción. La adrenalina de haberlo salvado se estaba transformando en un deseo oscuro y prohibido. —Aquí y en cualquier lugar —siseó él, besando el lóbulo de mi oreja—. Eres mi vida, Scarlett. Literalmente. Y voy a celebrar cada segundo de este tiempo que me has dado poseyendo cada centímetro de lo que me pertenece. Justo cuando sus labios buscaban los míos en un beso que prometía fuego, un sonido agudo de alarma resonó en el laboratorio. Las pantallas del búnker se encendieron, mostrando las cámaras de seguridad de la entrada principal del hospital. Un convoy de vehículos negros, pero con banderas diplomáticas británicas, estaba forzando la entrada. —Es la Interpol —dije, sintiendo una mezcla de esperanza y terror. Klaus se separó de mí, su rostro volviéndose piedra en un segundo. Tomó su arma de la mesa y se puso la camisa con una velocidad asombrosa. —No —dijo él, revisando el monitor táctico—. Es el equipo de extracción de tu tío Arthur. Han venido a buscar su "mercancía". —¡Han venido a salvarme! —exclamé, intentando correr hacia la salida. Klaus me atrapó por el brazo, tirándome hacia él con una fuerza que me recordó que el Zar había vuelto. —No han venido a salvarte, Scarlett. Han venido a buscar el frasco de medicina. Tu tío no quiere una sobrina; quiere la patente de tu sangre para venderla al mejor postor. Si sales de aquí con ellos, terminarás en un laboratorio de verdad, encadenada a una cama en algún lugar oscuro de Londres. —¡Mientes! ¡Solo quieres que me quede! Klaus me entregó una tablet que mostraba comunicaciones interceptadas. Eran órdenes directas de Arthur Dawson: "Objetivo: Gwendolyn Wright. Extraer con vida. Valor del suero: 500 millones. Si la mafia rusa resiste, eliminen al Zar". Me quedé sin palabras. Estaba atrapada entre dos monstruos. Uno me amaba de una forma enferma y me mantenía en una jaula de oro; el otro me veía como un cheque de quinientos millones de libras. —Tienes diez segundos para decidir, Scarlett —dijo Klaus, mientras los disparos empezaban a oírse en los niveles superiores—. O te vas con ellos y te conviertes en un experimento de laboratorio... o te quedas conmigo y te conviertes en la mujer que gobernará este imperio a mi lado. Los gritos y el estruendo de granadas aturdidoras se acercaban. Klaus me tendió la mano, su mirada fija en la mía, dándome la primera elección real de mi vida. —¿Qué vas a elegir, pajarito? ¿La libertad que es una mentira, o el infierno que es real?






