5 | La marca del Zar

POV SCARLETT

El agua caliente golpeaba mi espalda, pero no lograba quitarme el frío que se había instalado en mis pulmones después del tiroteo. Me froté la piel con saña, intentando borrar el recuerdo de la sangre de aquel guardia y, sobre todo, la sensación de los labios de Klaus reclamándome en medio de la carnicería.

Cuando salí del baño, envuelta en una bata de seda negra demasiado grande para mí, lo encontré allí. Klaus estaba sentado en un sillón de terciopelo junto al ventanal, observando la nieve que volvía a cubrir los cadáveres del jardín. Ya no llevaba el traje; vestía una camisa de seda negra desabrochada y sostenía un fajo de documentos antiguos, amarillentos por el tiempo.

—Siéntate, Scarlett —dijo, sin mirarme. No era una invitación; era una orden—. Tenemos que hablar sobre el origen de tu libertad. O mejor dicho, de por qué nunca la tuviste.

Me senté frente a él, manteniendo la distancia. Mi pulso se aceleró cuando puso los documentos sobre la mesa de centro. Eran registros bancarios, cartas con el sello de cera de mi familia y un contrato fechado hace veinte años.

—¿Qué es esto? —pregunté, con la voz temblorosa.

—La razón por la que tu padre, el ilustre cirujano de Londres, nunca te habló de sus negocios en el extranjero —Klaus se inclinó hacia delante, y su mirada era pura malicia—. Tu familia no solo tiene una deuda monetaria conmigo, Scarlett. Tu abuelo fue el médico personal de mi padre. Cuando él cometió un error en una cirugía que casi le cuesta la vida al anterior Zar, se firmó un pacto de sangre para evitar su ejecución.

Mis ojos recorrieron las líneas. Mi nombre estaba allí. Gwendolyn Scarlett Dawson Wright. Estaba escrito en una nota al pie, añadida hace cinco años.

—Me has estado rastreando —susurré, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies—. Mi beca en Moscú... el voluntariado en la gala... nada fue un accidente.

—He observado cada uno de tus pasos desde que cumpliste los dieciocho, malyshka —confesó él con una calma aterradora—. Sé a qué hora entras a la facultad, sé que prefieres el café negro cuando estudias anatomía y sé que tienes un lunar justo debajo de la clavícula izquierda que solo yo debería ver. No viniste a Rusia por casualidad; yo moví los hilos para que el destino te empujara a mis brazos.

—¡Eres un enfermo! —grité, levantándome de un salto—. ¡Me has cazado como a un animal!

Klaus se levantó también, pero no lo hizo con rabia. Se acercó a mí con una lentitud que me paralizó. De su bolsillo sacó una caja de terciopelo rojo. Al abrirla, el brillo de las piedras me cegó por un momento. Era una gargantilla de oro blanco incrustada con rubíes del color de la sangre arterial, coronada por un diamante negro en el centro.

—Un animal se escapa, Scarlett. Una reina se queda a gobernar —dijo él.

Antes de que pudiera protestar, me tomó por la nuca y me obligó a girarme hacia el espejo. Sentí el metal helado contra mi garganta. Sus dedos expertos cerraron el broche con un clic definitivo que sonó como una celda cerrándose.

Me miré en el espejo. La gargantilla era hermosa, pero pesaba como una cadena de plomo. Los rubíes parecían gotas de sangre frescas sobre mi piel pálida.

—Es preciosa, ¿verdad? —susurró Klaus tras de mí, apoyando sus manos en mis hombros—. Pero no es solo joyería. El diamante negro contiene un micro-rastreador GPS de grado militar. No importa si corres a Londres, si te escondes en el Ártico o si intentas saltar por otra ventana... siempre sabré dónde late tu corazón. Estás marcada, Scarlett. Llevas la marca del Zar.

Llevé mis manos al cuello, intentando arrancar el collar, pero el cierre era complejo, diseñado para no ser quitado por quien lo portaba.

—¡Quítamelo! ¡No soy un perro con collar!

Klaus me giró bruscamente, pegando mi espalda contra su pecho. Su mano bajó hasta mi cintura, apretándome contra él para que sintiera el arma que todavía llevaba en el cinturón y la dureza de su cuerpo.

—A partir de ahora, este collar es tu salvoconducto —siseó—. En este mundo de lobos, esto les dice a todos que si te tocan un solo pelo, yo quemaré sus ciudades hasta que solo queden cenizas. Me has llamado monstruo, y tienes razón. Soy el monstruo que te va a proteger de todos los demás, incluso de ti misma.

Me obligó a mirarlo a los ojos. En el azul de su mirada ya no había solo frialdad; había una posesividad tan absoluta que me cortaba el aliento. Me sentí pequeña, atrapada entre su historia, su poder y esta nueva marca en mi cuello.

—¿Por qué me haces esto? —pregunté en un sollozo ahogado—. Si me has rastreado por años, si sabes quién soy... ¿por qué no me dejaste ser feliz en mi ignorancia?

Klaus suavizó su expresión, pero sus palabras fueron el golpe de gracia. Deslizó sus labios por mi cuello, justo por encima de los rubíes, y su aliento caliente me hizo estremecer de una forma que odié.

—Porque la luz siempre busca la oscuridad, Scarlett. Y yo estaba harto de estar solo en las sombras.

Me tomó de la barbilla, elevando mi rostro para que nuestras respiraciones se mezclaran. La tensión sexual en la habitación era tan alta que el aire parecía cargado de electricidad estática. Podía sentir el latido de su corazón contra el mío, un ritmo salvaje y dominante.

—Mañana irás al hospital —continuó él, su voz bajando a un tono íntimo y oscuro—. Salvarás vidas bajo mi nombre. Usarás mi dinero. Y por las noches, volverás a esta cama para recordarte quién es el hombre que te permite respirar.

Me soltó un poco, pero solo para mirarme a los ojos con una intensidad que me hizo arder por dentro.

—No viniste a estudiar medicina, Scarlett —susurró, dándome el primer gran golpe de realidad de mi nueva vida—. Viniste aquí por un propósito mucho más oscuro. Viniste a curarme el alma o a arder conmigo.

Hizo una pausa, y una sonrisa depredadora, cargada de una promesa de placer y dolor, iluminó su rostro.

—Y yo prefiero el fuego. Así que prepárate, pajarito... porque vamos a arder juntos hasta que no quede nada de la chica que creías ser.

Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome sola con el brillo sangriento de los rubíes en el espejo y la certeza aterradora de que mi vida, mi voluntad y mi futuro ya no me pertenecían. El Zar me había reclamado, y el juego apenas estaba empezando.

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