Mundo de ficçãoIniciar sessãoÉl arrastra oscuridad. Ella es una chispa que no sabe que puede incendiar el mundo. Aurora siempre ha vivido bajo sus propias reglas: invisibilidad, control y cero drama. Pero su vida cambia drásticamente cuando se ve obligada a mudarse a otra ciudad por un secreto familiar que la carcome. En su nuevo instituto, lo último que busca es atención... hasta que lo conoce a él. Gael es el chico al que todos temen y desean. Misterioso, temperamental, y con una cicatriz en el alma que no deja de sangrar. Nunca ha amado. Nunca ha confiado. Nunca ha permitido que alguien cruce sus límites. Hasta que ella aparece como un huracán en su mundo caótico. Lo que comienza como un juego de resistencia y choque de personalidades se convierte en una atracción peligrosa. Pero ninguno de los dos imagina que el pasado que los persigue está a punto de explotar… y que amarse podría ser la decisión más peligrosa de sus vidas.
Ler maisGaelLa sostengo entre mis brazos como si fuera lo único real en este mundo. Quizás lo es. Su cuerpo, liviano y frágil, parece desvanecerse con cada respiración entrecortada. La sangre mancha su ropa, mi ropa, nuestras manos entrelazadas. No sé cuánta es suya y cuánta es mía. Ya no importa. Somos uno solo en este caos que por fin termina.—Aurora —susurro contra su cabello, ese cabello que huele a fuego y a vida—. No te atrevas a dejarme ahora.A nuestro alrededor, las sirenas aúllan en la distancia. Los hombres de Vidal están siendo esposados. Algunos cuerpos yacen cubiertos con mantas. Hemos ganado, pero el precio ha sido demasiado alto. Y ahora, mientras la sostengo, temo que el precio incluya lo único que jamás estuve dispuesto a sacrificar.—Quédate conmigo —le ruego, y no reconozco mi propia voz. Yo, Gael Montero, el que nunca suplicó por nada, ahora lo haría de rodillas si eso la mantuviera respirando—. Los médicos vienen en camino. Solo aguanta un poco más.Sus párpados tiembl
AuroraEl dolor es curioso. Cuando alcanza cierto umbral, se transforma en algo casi etéreo. Ya no sientes cada puñalada, cada golpe. Todo se funde en una sinfonía distante de agonía.Así me siento ahora, flotando entre la consciencia y la nada. Mi cuerpo yace sobre el frío suelo, pero mi mente viaja. Veo fragmentos de mi vida como fotogramas de una película mal editada.Veo a mamá sonriendo mientras me enseña a hornear galletas. Veo a papá levantándome sobre sus hombros para que pudiera tocar las estrellas. Veo el rostro de mi hermana antes de que todo cambiara.Y luego, la oscuridad. El día que el odio entró en mi vida.—¡Aurora!La voz de Gael me llega distante, como si atravesara kilómetros de agua. Quiero responderle, pero mis labios no se mueven. El sabor metálico de la sangre inunda mi boca mientras intento enfocar la vista.El líder de la banda está sobre mí, su silueta recortada contra las luces del almacén abandonado. Su sonrisa es lo único que distingo con claridad. Una son
GaelEl silencio antes de la tormenta tiene un sabor particular. Es metálico, como sangre en la boca; es denso, como el aire antes de que caiga un rayo. Conozco bien ese silencio. Lo he respirado tantas veces que forma parte de mí.Pero esta vez es diferente. Esta vez no estoy solo.Desde la azotea del edificio abandonado, observo las luces de la ciudad mientras el viento frío me golpea la cara. Abajo, en las calles, la gente sigue con sus vidas normales, ignorantes de la guerra que está a punto de estallar en sus narices. Ignorantes de que esta noche podría ser la última para algunos de nosotros.Para mí.El teléfono vibra en mi bolsillo. Es Marcos.—Están movilizándose —dice sin saludar—. Hemos confirmado que Santoro ha reunido a todos sus hombres en el almacén del puerto. Son más de los que pensábamos, Gael.—¿Cuántos?—Al menos treinta. Y están armados hasta los dientes.Cierro los ojos un momento. Treinta contra doce. Las matemáticas son una mierda.—¿Has hablado con Damián?—Sí.
AuroraEl cielo nocturno se desvanecía en un amanecer grisáceo mientras Gael y yo nos arrastrábamos por el bosque. Cada paso era una agonía. La sangre se había secado en mi costado, formando una costra que se quebraba con cada movimiento. Gael no estaba mejor; cojeaba visiblemente, su brazo izquierdo colgaba inerte y su respiración era un silbido entrecortado.—Un poco más —murmuró, señalando hacia adelante con la barbilla—. Hay un refugio.Apenas podía mantener los ojos abiertos. Las últimas horas habían sido un infierno de explosiones, gritos y disparos. El ataque al complejo había sido un caos absoluto. Habíamos logrado extraer parte de los datos que buscábamos, pero a un precio demasiado alto. Todavía veía los rostros de quienes no lograron escapar.La cabaña apareció entre los árboles como una visión, pequeña y destartalada, pero en ese momento parecía un palacio. Gael forzó la cerradura con movimientos mecánicos, como si hubiera hecho esto mil veces antes. Probablemente así era.





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