Mundo ficciónIniciar sesiónDos novelas en una: 1. La esposa equivocada del CEO: Una noche bastó para cambiarlo todo. Tras un accidente, Lyanna Harrison despierta en un hospital rodeada de desconocidos que la llaman “señora Valerián”, esposa del poderoso y temido Ares Valerián. Ella intenta negarlo, pero nadie la escucha, y un niño que no conoce la abraza como si fuera su madre. Ares, convencido de que su esposa finge amnesia para manipularlo, la lleva de regreso a la mansión. Pero la mujer que volvió no es la misma que lo traicionó. No tiene el mismo brillo en los ojos, ni la misma forma de odiarlo. Y eso lo enloquece. 2. Jaque al rival: Silas Hawk no cree en las coincidencias. Para él, que la mujer que lo humilló públicamente por un taxi aparezca días después trabajando en la mansión de su rival, solo significa una cosa: Espionaje. Convencido de que Eris O'Neil es una trampa mortal enviada para destruirlo, Silas decide adelantarse a la jugada. Su plan es simple: acorralarla, seducirla y obligarla a confesar su traición. Pero Eris no es la espía sofisticada que él imagina. Es un desastre encantador con la mecha corta y una honestidad brutal que desarma cualquier estrategia. Mientras Silas juega al ajedrez corporativo buscando secretos que no existen, Eris juega a volverlo loco. Él quiere desenmascararla. Ella solo quiere que el millonario paranoico la deje en paz o que la bese de una vez para que se calle. En una guerra de egos, el primero que se enamora, pierde. Entre mentiras, heridas y deseo, Lyanna queda atrapada en una vida que no le pertenece… y en los brazos del hombre que podría destruirla si descubre la verdad. Porque ella no es su esposa, pero él empieza a amarla como si lo fuera.
Leer másLyanna Harrison apretó el cuello raído de su chaqueta. La lluvia fina empapaba su ropa y se le metía hasta los huesos. Para ella el mundo era frío, húmedo y gris.
Llevaba tres días sin comer nada decente. Su maleta, vieja y desgastada, pesaba como una losa. Se le había vencido la renta, y el casero no quiso darle oportunidad de pagar después, sobre todo al enterarse de que había quedado desempleada hace unos días. Así que terminó echándola sin compasión. Un claxon estridente la sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza. Las luces de un coche negro la cegaron. Un golpe seco. El sonido de un cristal rompiéndose. Luego, nada. Sensaciones confusas la atravesaron. Voces lejanas. El olor a desinfectante. Una luz blanca y dolorosa. —Señora Valerián —dijo una voz nítida—. ¿Puede oírme? Lyanna parpadeó. Una enfermera de sonrisa profesional le tomaba el pulso. —Hay… un error —logró decir. Su garganta estaba áspera. —El golpe fue leve, pero la conmoción es seria —continuó la enfermera, ignorándola—. Su esposo está en camino. —¿Esposo? Yo no tengo esposo —Lyanna intentó sentarse. Un dolor punzante en la cabeza se lo impidió. No tuvo tiempo de protestar más. La puerta de la suite hospitalaria se abrió de par en par. Y el aire se heló. El hombre que entró no parecía un esposo preocupado. Parecía un verdugo. Alto, con un traje oscuro que gritaba dinero y poder, avanzó con una calma aterradora. Su mirada, de un gris glacial, escaneó la habitación y se clavó en ella como un dardo. Lyanna se sintió desnuda. Expuesta. —Así que este es tu nuevo juego —dijo él. Su voz era baja, plana, y cortaba como cuchillo—. Fingir amnesia. Es original, lo admito. —No… no sé quién es usted —susurró Lyanna, con un hilo de voz. Él soltó una risa breve y seca. Un sonido sin alegría. —Claro que no. Después de desaparecer tres meses sin dar explicaciones, ahora no recuerdas nada. ¡Qué oportuno! Se acercó a la cama. Lyanna instintivamente retrocedió contra las almohadas. Él despedía un aroma a madera cara y algo peligroso. —Escúchame bien, Lena —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó su mejilla—. No me importa qué tramas. Pero Harry te ha llorado cada noche. Si piensas usarlo como moneda de cambio, te arrepentirás. —Harry —repitió Lyanna. El nombre le sonó extraño en la boca, pero despertó algo en su pecho. Una punzada de protección. —Mi hijo —aclaró él, con un deje de amargura—. El niño al que abandonaste por… ¿Qué fue esta vez? ¿Dinero? ¿Libertad? ¿Un hombre nuevo? Lyanna negó con la cabeza, abrumada. Todo era demasiado. El lujo, la acusación, el odio en sus ojos. —No soy Lena —insistió, con más fuerza—. Me llamo Lyanna… —Pero antes de que pudiera terminar, él la calló, mirándola con desprecio puro. —Lyanna —repitió, saboreando el nombre con sarcasmo—. Bonito toque. Suena casi creíble. Pero tus documentos dicen Lena Valerián. Y yo me casé con documentos, no con cuentos de hadas. Se irguió, mirándola desde la altura. —Te dan el alta mañana. Un coche te recogerá. Vendrás a casa, te comportarás como una madre decente frente a Harry y asistirás a la cena benéfica conmigo el viernes. No es una petición. —No puedo ir con usted —protestó ella, sintiendo cómo el pánico crecía en su garganta—. ¡No la conozco! Él ya estaba en la puerta. Se volvió por última vez. —Mañana. A las ocho. No me obligues a enviar a alguien a… persuadirte. No te gustarán mis métodos. La puerta se cerró con un golpe sordo. Lyanna se quedó temblando. Miró sus manos vacías. No tenía cartera. No tenía identificación. No tenía un solo peso. La enfermera entró con un vaso de agua y una pastilla. —Tómeselo. Le ayudará a descansar. —Él se equivoca —dijo Lyanna, desesperada—. ¡No soy su esposa! La enfermera le ofreció una sonrisa compasiva. —Lo sé, cariño. Es muy duro. La amnesia debe ser aterradora. Pero no se preocupe, con el tiempo todo volverá. Lyanna cerró los ojos. La frustración era un nudo en el estómago. Nadie la escuchaba. Nadie la creía. Al día siguiente, un chofer impecable la esperaba. La llevó en silencio hasta un coche tan negro y brillante que parecía un ataúd con ruedas. El viaje fue un borrón de calles elegantes que se transformaban en avenidas arboladas, hasta llegar a una verja de hierro imponente que se abrió sola. La casa no era una casa. Era una fortaleza de mármol y cristal. Un monumento a la riqueza y la frialdad. El chofer abrió su puerta. —Bienvenida a casa, señora Valerián. Cada paso que daba sobre el mármol pulido resonaba como un latigazo en el silencio. Una empleada joven le tomó la maleta con una reverencia nerviosa. —El señor Valerián la espera en el estudio, señora. —¿Dónde queda? —preguntó. La mujer rodó los ojos, pero la guio. El estudio olía a cuero viejo y whisky caro. Ares estaba de espaldas, mirando por la ventana. —Pensé que huirías —dijo sin volverse. —Lo intenté —mintió Lyanna, con la voz más firme que pudo—. El chofer era muy grande. Él se dio la vuelta. Una ceja ligeramente arqueada. —Un atisbo de humor. Interesante evolución. Cruzó la habitación hasta quedar peligrosamente cerca. Su mirada recorrió su rostro, buscando grietas. —Aquí tienes las reglas —dijo su voz, un susurro de hielo—. No hables con la prensa. No cuestiones mis órdenes. Y no le hagas daño a mi hijo. Si tocas un pelo de Harry, lo que viene hará que tu "accidente" parezca un paseo por el parque. —No le haría daño a un niño —replicó ella, con genuina ofensa. —No confío en ti —él sonrió, un gesto frío y torcido—. Pero tu hijo sí te quiere, a pesar de no ser buena madre. Por eso estás aquí. De repente, un ruido. Pequeños pasos corriendo por el pasillo. La puerta del estudio se abrió de golpe. Un niño de unos cinco años, con el pelo oscuro despeinado y unos ojos grandes y brillantes, se quedó paralizado en el umbral. Miró a Lyanna. Su pequeña boca se abrió ligeramente. —¿Mamá? El corazón de Lyanna se detuvo. El niño, Harry, no esperó una respuesta. Corrió hacia ella y se aferró a sus piernas con una fuerza sorprendente. —¡Sabía que volverías! Papá dijo que no, pero yo sabía que volverías por mí. Lyanna miró por encima de la cabeza del niño hacia Ares. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus nudillos, apoyados en la mesa, estaban blancos. Ella bajó la vista. Harry la miraba con una fe tan absoluta, tan vulnerable, que le partió el alma en dos. No lo pensó. Se arrodilló, envolviéndolo en un abrazo. El niño olía a champú para niños y a galletas. Era el olor más honesto que había olido en su vida. —Sí, cariño —susurró, y su voz sonó ronca—. Ya estoy aquí. Por encima del hombro del niño, sus ojos se encontraron con los de Ares. No era una súplica. Era un desafío. Esto es por él, dijo su mirada. No por ti. Ares sostuvo su mirada por un instante eterno. Algo indescifrable cruzó sus ojos grises. No era suavidad. Era… confusión. Una grieta en su armadura de hielo. Luego, asintió, una vez, bruscamente. —Harry, tu madre está cansada —dijo, su voz menos cortante que antes—. Deja que descanse. El niño se aferró a la mano de Lyanna. —¿Vendrás a leerme un cuento más tarde? —preguntó, con los ojos llenos de esperanza. Lyanna sintió una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo, tocando sus labios. —Claro que sí. Ares observó cómo su hijo arrastraba a esa mujer, que decía ser extraña, pero que tenía el rostro de su esposa, fuera del estudio. La puerta se cerró. Quedó solo en el silencio cargado de la habitación. Durante esos meses la ausencia de su esposa lo había atormentado. Y de pronto aparecía tan distinta. ¿Podía ser posible que la falta de memoria le provocaba eso? Todo era un misterio.El sol se había ocultado finalmente tras los rascacielos de Manhattan, dejando paso a un crepúsculo violeta que envolvía el jardín de la mansión Valerián. Pero la oscuridad no era bienvenida esa noche. En cuanto la luz natural se desvaneció, Lyanna dio una señal y cientos de bombillas cálidas, colgadas como luciérnagas entre las ramas de los robles y los sauces, se encendieron a la vez, creando un techo de estrellas artificiales bajo el cual la fiesta cobró vida.No había mesas redondas asignadas con números rígidos. No había centros de mesa que impidieran ver la cara del comensal de enfrente. En su lugar, había mesas altas de cóctel dispersas por el césped, mantas de picnic bohemias extendidas cerca de la fuente para los más relajados y un flujo constante de gente moviéndose libremente entre la barra de bar atendida por barman de etiqueta y el camión de "Tacos El Rey".El contraste era visualmente fascinante y perfectamente "Ellos". En una mano, los invitados sostenían copas de cri
Silas tomó la alianza de Eris. Se enderezó y la miró a los ojos. Había llegado el momento de los votos. Habían acordado escribirlos ellos mismos. Silas sacó un papel doblado de su bolsillo, justo al lado del reloj de su abuelo, pero al final no lo abrió. Sabía lo que quería decir.—Eris —empezó Silas, y su voz resonó clara y firme en el jardín—. Toda mi vida me enseñaron que el éxito era una línea recta. Que la felicidad se medía en números, en activos, en perfección. Viví más de treinta años construyendo una torre de marfil donde nada pudiera tocarme, donde nada pudiera mancharme.Silas le acarició los nudillos con el pulgar. —Y entonces llegaste tú. Primero robándome un taxi, me heriste mi orgullo, me molestaste como nadie lo había logrado, pero luego conocí ese corazón gigante que tienes y con tu actitud, con esa particular forma de ser, llegaste y derribaste mis muros no con fuerza, sino con verdad. Me enseñaste que la vida no es una línea recta; es un garabato. Es pintura verde
El murmullo de los invitados se apagó gradualmente, reemplazado por el sonido del viento moviendo las hojas de los robles y el trino lejano de un gorrión que parecía haber decidido colarse en la ceremonia.Silas estaba de pie bajo el arco de ramas de sauce y rosas silvestres, con las manos entrelazadas a la espalda para disimular que le sudaban las palmas. A su derecha, Ares le dio un leve golpe con el codo, una señal silenciosa de apoyo. A su izquierda, el juez de paz, un viejo amigo de la universidad que había aceptado oficiar a cambio de una donación a su refugio de animales, ajustaba sus gafas.Entonces, la música cambió. No sonaron trompetas. No sonó la Marcha Nupcial de Wagner, pomposa y predecible. El guitarrista, sentado en un taburete bajo la sombra de un arce, empezó a rasguear los acordes de una versión acústica, lenta y conmovedora de “Wild Horses” de los Rolling Stones.Los invitados se pusieron de pie. Silas clavó la vista en el inicio del pasillo de césped, sintiendo
El sol de finales de mayo caía sobre Nueva York con una clemencia inusual, bañando los jardines de la Mansión Valerián en una luz dorada y líquida que parecía filtrada a través de una copa de champán.Afuera, el mundo estaba listo. Lyanna había transformado el jardín trasero en un escenario que desafiaba cualquier definición de boda tradicional. No había columnas de mármol falsas ni arreglos florales que costaran más que un coche pequeño. En su lugar, había filas de sillas de madera blanca dispuestas en semicírculo sobre el césped, guirnaldas de luces de verbena colgadas entre los robles centenarios y un arco nupcial hecho de ramas de sauce, rosas silvestres e hiedra.Pero el detalle que realmente definía el evento y que hacía sonreír a cualquiera que cruzara la puerta era el olor.No olía solo a jazmín y a césped recién cortado.El aire transportaba un aroma glorioso, especiado y ahumado a carne asada, piña y cilantro. El camión de comida "Tacos El Rey", aparcado discretamente junt
Tres días después de la visita de Silas al club de campo, Eris O'Neil se encontraba en el lugar que más odiaba en la tierra: un probador con espejos de 360 grados bajo luces fluorescentes.Estaban en L'Amour Éternel, la boutique nupcial más exclusiva de la Quinta Avenida. Lyanna había insistido. "Solo para probar, Eris. Tienes que vivir la experiencia completa, aunque luego te cases en pijama", había dicho.Ahora, Eris estaba subida a un podio, atrapada dentro de una monstruosidad de tul, seda rígida y pedrería que pesaba más que Harry.La dependienta, una mujer llamada Madame Chantal que miraba a Eris como si fuera una mancha de grasa en su tienda inmaculada, ajustó el corsé con un tirón violento.—¡Voilà! —exclamó Madame Chantal—. El modelo Emperatriz. 100 mil dólares de encaje chantilly y cristales de Swarovski. Es lo que todas las novias de la alta sociedad desean.Eris se miró al espejo.Se sentía como un merengue gigante que había explotado. Parecía un pastel de bodas con cabeza
El Oakwood Country Club era el tipo de lugar donde el tiempo parecía haberse detenido en 1950. Olía a césped recién cortado, a cuero viejo y a puros cubanos ilegales. Era el santuario de los hombres más poderosos de Nueva York que querían esconderse de sus esposas, de sus empleados y del siglo XXI.Silas Hawk aparcó su deportivo en la entrada, ignorando la mirada de sorpresa del aparcacoches, que no solía ver al "Hijo Pródigo" por allí. Silas odiaba este club. Lo odiaba porque representaba todo lo que había intentado dejar atrás: la exclusividad rancia, las conversaciones sobre fideicomisos y la falta total de emociones humanas.Pero hoy no venía como socio. Venía como hijo.Caminó hacia la terraza trasera, donde sabía que encontraría a su padre.Y allí estaba.Alistair Hawk estaba sentado solo en una mesa de hierro forjado con vistas al hoyo 18. Llevaba un jersey de cachemira color crema, pantalones de lino y un sombrero Panamá. Sobre la mesa había una botella de whisky de malta de
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