Mundo de ficçãoIniciar sessãoCinco años atrás, María Elena huyó del único lugar que conocía, dejando atrás su inocencia… y a Leonel del Monte, el hombre que marcó su alma con una pasión prohibida. Él era el hijo rebelde de sus patrones; ella, la humilde trabajadora que jamás debió enamorarse. Sus mundos eran distintos. Sus caminos, imposibles. Ahora, con el corazón endurecido y una nueva determinación, regresa al pueblo dispuesta a enfrentar su pasado. Pero nada es como antes: Leonel ya no es solo el chico indomable que rompía reglas, sino el heredero oficial de la poderosa familia Del Monte. Aun así, sigue siendo tan arrogante, provocador y peligrosamente encantador como lo recuerda… quizá más. Cuando sus miradas se encuentran de nuevo, el deseo renace con una intensidad que ni los años ni el orgullo han logrado apagar. Pero las heridas del pasado no han sanado, y los secretos que ambos guardan podrían ser más destructivos que cualquier pasión. ¿Puede un amor marcado por el dolor y la diferencia sobrevivir a las cicatrices del tiempo… o terminará consumiéndolos de nuevo?
Ler maisEl murmullo dentro del autobús se fue desvaneciendo, hasta convertirse en un silencio incómodo. La mayoría de los pasajeros giraron los rostros con disimulo hacia las ventanas, mientras otros se limitaban a fingir que no escuchaban, que no veían, que no sentían el peso de aquella escena. Pero era imposible no notarlo. El joven parado en el pasillo, con los ojos encendidos de dolor, y la mujer sentada junto a la ventanilla, con las manos entrelazadas y la respiración contenida.Leonel la miraba como si acabara de encontrarla después de años. Como si ella fuera el centro de algo que había olvidado cuidar. Como si no hubiera dormido, como si hubiera corrido por kilómetros solo para alcanzarla. Y quizás lo había hecho.—No te vayas… por favor —dijo por fin, su voz más temblorosa de lo que quiso.María Elena alzó la vista, y cuando sus ojos se cruzaron, todo el aire pareció desaparecer del vehículo. El tiempo se detuvo. El corazón le palpitaba en la garganta, en las sienes, en los dedos. P
La finca estaba más silenciosa de lo habitual.Las risas falsas, las copas que tintineaban, los comentarios venenosos aún flotaban como un eco sordo en los pasillos, pero María Elena ya no estaba. Y su ausencia, aunque breve, dolía. Dolía más de lo que Leonel estaba dispuesto a aceptar.Había recorrido su habitación y todo lo que había quedado era el perfume suave de su presencia en las sábanas, el leve crujido de la silla donde a veces se sentaba a leer. No se había despedido de nadie, ni siquiera de su tía. Solo se había marchado… otra vez.Él apoyó ambas manos sobre el lavabo del baño, mirándose al espejo con una rabia contenida. La rabia no era por ella. Era por sí mismo. Por no haberla protegido de la tormenta que su madre había alimentado. Por no haber sido lo suficientemente rápido para detener a Isadora cuando tejía sus redes de veneno. Por no haber hablado antes.—¿Qué hiciste, mamá? —susurró con los dientes apretados, saliendo a paso firme del cuarto.Buscó a su madre en el
La finca se vestía de gala. Esa noche habría una cena formal organizada por doña Cecilia en honor a unos socios de Leonel. Los nombres importantes siempre eran una excusa para alardear, pero también una oportunidad perfecta para que la familia mostrara su "unidad" al mundo. Todo tenía que verse perfecto. Impecable.María Elena nunca se sintió más fuera de lugar.Su vestido azul oscuro, sencillo pero elegante, contrastaba con los brillos exagerados de las otras mujeres. Caminaba entre conversaciones forzadas, risas fingidas y miradas inquisitivas. Algunas personas la saludaban por cortesía, otros simplemente la ignoraban. Pero nadie era más evidente que Isadora, quien desfilaba como si fuera la dueña del lugar.Leonel la había buscado apenas llegó, intentando estar cerca de ella en todo momento. Se notaba nervioso, incómodo, como si temiera que todo estallara.—Si en algún momento te sientes mal, me avisas —le susurró al oído, con una preocupación real—. No tienes que aguantar nada.Ma
Isadora sabía perfectamente cómo moverse en la finca, y peor aún: sabía cómo golpear donde más dolía.Aquella mañana, mientras el sol aún no se atrevía a calentar los rincones fríos de la casa principal, María Elena se encontró con que uno de los caballos que cuidaba con esmero había sido soltado y dejado a la intemperie durante la tormenta de la noche anterior. Estaba herido. No gravemente, pero sí lo suficiente como para hacerla enfurecer. Era imposible que eso hubiera sido un descuido. Y aunque no tenía pruebas, sabía quién estaba detrás.Isadora apareció minutos después, casual, impecable, como si hubiese pasado la noche durmiendo entre nubes.—¿Todo bien con tu caballo? —preguntó con fingida preocupación—. Qué pena… tal vez fue por no asegurar bien el portón, ¿no crees?María Elena la miró en silencio, conteniendo todo lo que hervía por explotar en su interior.—Quizás fue alguien que no sabe lo que significa cuidar algo con amor —respondió sin levantar la voz.La tensión se palp










Último capítulo