Mundo ficciónIniciar sesiónCyrus Leroux lo tiene todo: dinero, poder, un atractivo sin igual y un encanto descarado con el que ha seducido a cada secretaria que ha pasado por su oficina. Arrogante, cínico y mujeriego empedernido, se ha convertido en la pesadilla de su padre, Louis Leroux, dueño del imperio familiar, quien ya no soporta ver cómo los escándalos de su hijo ensucian el apellido y la reputación de la empresa. Decidido a ponerle un alto, Louis contrata a la secretaria menos seductora del planeta: Stella Davison. Nada en ella encaja con el perfil de mujeres que Cyrus suele devorar con la mirada: gafas enormes, ropa holgada y anticuada, peinados desastrosos y una apariencia que parece sacada de otra época. Cyrus la considera un chiste… hasta que descubre que Stella no es la clase de mujer que puede controlar con una sonrisa o una frase trillada. Sarcasmo por sarcasmo, ingenio contra arrogancia, Stella se convierte en la primera mujer capaz de desafiarlo y de verlo tal como es: un hombre vacío que se esconde tras su propio ego. Pero lo que Cyrus desconoce es que, bajo aquella fachada descuidada, Stella guarda un secreto oscuro que la llevó a huir de la belleza y a ocultarse del mundo. Entre enfrentamientos divertidos, momentos de tensión y verdades dolorosas, Cyrus aprenderá que la verdadera belleza no está en un rostro perfecto… y que quizás, por primera vez, ha encontrado a la única mujer que no puede comprar, ni conquistar, ni olvidar.
Leer másLouis apagó el motor del coche y se quedó un momento en silencio, con las manos apoyadas sobre el volante. El cementerio estaba tranquilo, envuelto en una calma solemne que solo se rompía por el murmullo lejano del viento entre los árboles. Siempre era así a esa hora de la mañana. Siempre le gustó venir temprano, cuando aún no había demasiada gente y podía permitirse hablar libremente, sin sentirse observado. Tomó el ramo de margaritas del asiento del copiloto y, al bajar del coche, respiró hondo. Margaritas blancas, frescas, sencillas. Las favoritas de Sophia; una mujer que adoraba las cosas tan sencillas que la vida tenía para ofrecerle. Mientras caminaba por el sendero de grava, pensó —como tantas otras veces— en todas aquellas personas que a lo largo de los años le habían hecho la misma pregunta, con distintos tonos y distintas intenciones. «¿Por qué nunca volviste a casarte, Louis?» «¿Por qué no rehíces tu vida?» «Eres joven todavía, podrías volver a enamorarte». Una leve
Cyrus estaba de pie en medio de la sala, con una mano sosteniendo a Rousey —envuelta en una mantita rosa pálido— y la otra extendida en el aire, como si intentara detener una catástrofe natural. —Isaac… —dijo con una calma que no sentía—. Amor. Campeón. Eso no se toca. Isaac lo miró con esa expresión inocente que solo los niños muy pequeños podían usar como arma. Tenía un marcador azul en la mano y la pared blanca frente a él parecía una invitación imposible de rechazar. —¡Ño! —dijo Isaac, feliz, y trazó una línea larga. Gruesa. Orgullosa. Sobre la antes inmaculada pared. Cyrus cerró los ojos un segundo. —Respira —se dijo, inhalando profunda y ruidosamente por la nariz—. Respira. Eres un CEO. Has cerrado acuerdos millonarios. Puedes con esto. Rousey emitió un pequeño sonido, como si opinara al respecto. Cyrus bajó la mirada hacia ella de inmediato y su expresión cambió por completo. La tensión desapareció, sustituida por una ternura profunda, casi reverente. —Tú no —susu
Un año después... El departamento estaba lleno de luz aquella tarde. Globos blancos y azul suave flotaban cerca del techo, una guirnalda sencilla con letras doradas decía «Isaac – 1 año», y sobre la mesa del comedor descansaba un pastel pequeño, decorado con delicadeza, coronado por una sola vela. Stella caminaba descalza por la sala, sosteniendo a Isaac en brazos. Él llevaba un conjunto claro y cómodo, y su cabello, rubio como el de su padre, se levantaba en mechones rebeldes. Observaba todo con esos grandes ojos marrones parecidos a los de su madre, llenos de curiosidad, como si el mundo fuera todavía una promesa interminable de cosas por descubrir. —Míralo —dijo Stella en voz baja, con una sonrisa que le nacía desde lo más profundo—. No puedo creer que ya tenga un año. Cyrus, que acomodaba algunos platos en la mesa, levantó la vista y se apoyó en el respaldo de una silla para observarlos. —Se pasó volando —respondió—. Ya tenemos todo un muchachito. Pronto lo llevaré a la
Las semanas posteriores al nacimiento del bebé pasaron envueltas en una luz distinta, como si el mundo hubiera bajado el ritmo solo para permitirles aprender a respirar de nuevo. El departamento de Cyrus ya no era solo un hogar elegante y silencioso, sino un lugar vivo: con horarios desordenados, biberones en la encimera, mantas dobladas a medias y un llanto suave que, lejos de resultar molesto, se había convertido en el sonido más importante de sus vidas.Stella se movía por la casa con el bebé en brazos como si siempre hubiera sabido hacerlo. A veces, al mirarse reflejada en el espejo del pasillo, le costaba reconocerse: no por el cansancio ni por los cambios físicos, sino por la serenidad que ahora habitaba en ella. Esa paz que durante años creyó imposible.Cyrus la observaba con ojos de amor desde la puerta del salón, sin interrumpirla. Verla mecer al pequeño, hablándole en voz baja, sonriéndole con un amor tan natural, le apretaba el pecho de una forma dulce y profunda. Nunca se





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