Isadora sabía perfectamente cómo moverse en la finca, y peor aún: sabía cómo golpear donde más dolía.
Aquella mañana, mientras el sol aún no se atrevía a calentar los rincones fríos de la casa principal, María Elena se encontró con que uno de los caballos que cuidaba con esmero había sido soltado y dejado a la intemperie durante la tormenta de la noche anterior. Estaba herido. No gravemente, pero sí lo suficiente como para hacerla enfurecer. Era imposible que eso hubiera sido un descuido. Y aun