María Elena había dejado la finca en la madrugada, antes de que el sol pudiera verla con los ojos hinchados y el alma deshecha. Había tomado un viejo camino de tierra hacia la casa de su tía, un lugar olvidado por los Del Monte y por el mundo.
Allí, en el silencio, se sentó junto a la ventana a ver cómo el cielo se abría sobre el campo.
No lloró.
Las lágrimas se le habían quedado secas desde el día que Leonel no dijo nada frente a Claudia.
Lo que dolía no era la mujer del vestido blanco.
Era su