La finca estaba tranquila esa mañana, envuelta por una brisa suave que mecía los árboles como si no llevaran en sus ramas el peso de tantas tensiones. Pero dentro de la casa, la atmósfera era otra. María Elena apenas había bajado a desayunar, y cuando lo hizo, fue solo para saludar con una educación cortante antes de salir a caminar sola por los campos. Isadora la observó desde la ventana, con esa sonrisa suya que no terminaba de ser sincera.
—Qué chica tan… reservada —murmuró, girándose hacia