La finca estaba más silenciosa de lo habitual.
Las risas falsas, las copas que tintineaban, los comentarios venenosos aún flotaban como un eco sordo en los pasillos, pero María Elena ya no estaba. Y su ausencia, aunque breve, dolía. Dolía más de lo que Leonel estaba dispuesto a aceptar.
Había recorrido su habitación y todo lo que había quedado era el perfume suave de su presencia en las sábanas, el leve crujido de la silla donde a veces se sentaba a leer. No se había despedido de nadie, ni siqu