Desde aquel beso en la bodega, algo entre María Elena y Leonel había cambiado.
No eran pareja. No habían hecho promesas. No hablaban de lo que sentían.
Pero los silencios se volvieron más suaves. Las miradas, más largas.
Y los roces de manos al pasar cerca eran casi como caricias furtivas… como si sus cuerpos hablaran lo que sus bocas aún no se atrevían a pronunciar.
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Una tarde, mientras María Elena recogía muestras en el invernadero, escuchó pasos apresurados. Luego, la voz exaltada de Toma