El murmullo dentro del autobús se fue desvaneciendo, hasta convertirse en un silencio incómodo. La mayoría de los pasajeros giraron los rostros con disimulo hacia las ventanas, mientras otros se limitaban a fingir que no escuchaban, que no veían, que no sentían el peso de aquella escena. Pero era imposible no notarlo. El joven parado en el pasillo, con los ojos encendidos de dolor, y la mujer sentada junto a la ventanilla, con las manos entrelazadas y la respiración contenida.
Leonel la miraba