El ambiente en la finca estaba enrarecido. Bastaba con cruzar el comedor o uno de los pasillos largos de madera pulida para sentir que algo importante se avecinaba.
Y todos lo sabían.
Esa mañana, Doña Hortensia organizó una pequeña reunión social. Un desayuno “de cortesía”, como ella lo llamó. Invitó a miembros importantes del pueblo, empresarios, y por supuesto, Claudia, vestida de tonos pastel y con una sonrisa afilada como cuchillo.
Leonel estaba allí, en traje informal pero elegante, con lo