Mundo ficciónIniciar sesiónAlma Balmaceda jamás pensó que una guardia de rutina terminaría convirtiéndose en su propia zona prohibida. A las 04:00 h, un paciente joven muere sin explicación y el informe clínico late con firmas que cambian de nombre y silencios más fríos que la mesa de autopsias. Persiguiendo esas grietas, la implacable médica auditora se topa con Tomás Varela, el enfermero cuyos ojos exhaustos esconden algo más que determinación; bajo la luz mortecina del hospital, su presencia se siente como un pulso que amenaza con desordenar la vida meticulosamente controlada de Alma.
Leer másLos sueños siempre se acaban, son esas burbujas en medio de la realidad tan frágil que se rompen con facilidad.
Dafne en ese momento veía a su burbuja perfecta hacer explosión delante de sus ojos.
—Estás embarazada, tienes dos meses de embarazo.
Esas palabras golpearon su rostro con fuerza y al doctor le comentó:
—No puedo estar embarazada, tengo una carrera… Seré modelo, acabo de ganar un concurso de belleza…—vio el desconcierto del doctor—es que…
El doctor le dijo pacientemente:
—Eres joven y la vida te dio una responsabilidad, tus sueños pueden continuar a pesar de todo.
Mentira, los sueños murieron en ese momento, caminó de vuelta al auto y pensó en Casandra Gables, la promotora que la había descubierto en ese concurso de belleza, sus palabras flotaban en su mente:
—Querida, tienes todo lo necesario para triunfar en el modelaje.
Para ella una recién reina de belleza salida de un pueblo del que no era necesario mencionar. Su mayor logro era conseguir esa banda y la corona que resplandecía sobre sus cabellos negros, algunos la compararon con una Barbie, pues su cuerpo era perfecto y su cabello negro largo y sedoso.
Ahora no tenía nada, llegó al departamento que Gables pagaba como una inversión a su futuro de modelaje y se sentó a meditar ahora en su futuro, vio las volantes del producto Virginal, la marca de cosmético de la que ella sería su imagen y… solo rompió a llorar.
Casandra llegó con buenas noticias:
—Querida, qué bueno que te encuentro, tengo una noticia buena…—la vio llorosa—¿qué te pasó?
No deseaba engañarla y le confesó:
—Estoy embarazada.
—¿De mi hijo?—preguntó horrorizada.
—No es de Jud…
La mujer sintió un alivio, entonces le dijo:
—¿De quién entonces?
Ni ella podía definirlo, es que todo era tan raro, solo conoció a alguien y cuando menos lo pensaba estaba con él en una habitación teniendo sexo y…
—No lo sé.
Casandra se pasó una mano por la cabeza:
—Eso cambia todo, es decir, los cosméticos Virginal desean en su imagen chicas que evoquen una imagen de pureza… No chicas embarazadas.
—Es que no sé qué hacer…
Entonces ella dijo fríamente:
—Puedes abortarlo, nadie sabrá nada.
Eso fue como un golpe helado contra su rostro.
—Es que me da miedo…
—Bueno es eso o dejar la carrera para siempre, nadie contrata madres solteras en sus campañas, no se ve bien…—tomó su bolso—también puedes darlo en adopción, tengo contactos que te ayudarán con eso del mantenimiento y ubicarán a la cosa en algún hogar.
Eso sonaba bien, al menos en esos momentos y ella le comentó:
—¿Entonces puedo dar a mi bebe en adopción?
—Claro, ni más faltaba, todo tiene solución.
Sintió que esa era la solución y firmó con una empresa que se llamaba Baby D****e, le daban todo: chequeos, departamento y se suponía que una familia iba a recibir al bebe con amor.
Estaba en su séptimo mes y se sentía rara, Jud se había alejado espantado, el bebe se movía dentro de ella, entonces fue a ese chequeo y el doctor le dijo:
—Es un varón, un hermoso y perfecto varón—tomó su móvil y tecleó algo, entonces se disculpó—voy al baño.
Sintió curiosidad, siempre que iba a un chequeo el doctor tomaba su móvil y escribía algo, entonces alargó la mano y tomó el móvil y leyó:
“Tenemos un varón, sano, para vender”.
¿Vender? ¿Iban a vender a su bebe? Dejó el móvil en su lugar y se sintió tensa, el doctor salió y le dijo:
—Pronto coronamos y este bebe irá a un bello y hermoso hogar.
—¿Hogar?
—Sí, en Baby D****e nos preocupamos por cumplir a las parejas sus sueños.
Todo era muy raro, intentó parecer normal, simplemente cordial, pero apenas salió de allí y ver a otras jóvenes en su misma situación no lo pensó dos veces: huiría de todo eso.
Esa noche empacó sus cosas necesarias, algo que había comprado para el bebe, entonces se dispuso a irse, dejó su móvil en el departamento y salió con una maleta.
Tomó un taxi y fue a la terminal en donde compró boleto para Ciudad Capital, en donde en ese momento nevaba.
“Dios mío, qué voy a hacer ahora” fue su reflexionar, entonces recordó al hombre que había conocido en el bar en donde celebraba su reinado de Miss Tropical, su banda relucía y su corona brillaba en su cabeza.
—Una reina, siempre deseé conocer una—le había dicho.
Aunque intentaba ver su rostro solo veía un velo sobre él, pero su voz era varonil y cautivante, su perfume olía a bueno, a vida, a sexi. Debía ser por los cocteles que había tomado durante un buen tiempo, sonrió cautivada… Es la impresión que tenía ahora.
De repente estaba cerca de la puerta de una habitación, era besada con pasión.
—Espera… Es que…
—Eres la reina que siempre soñé.
Nunca le habían dicho cosas especiales, así que cuando entró con él todo fue muy ardiente, para una chica de 18 años, podía ser la aventura de su vida y lo fue.
Fue amada con pasión, sintió ese desborde en su vientre que detonó en un orgasmo intenso y espectacular.
¿Y después? Ni recordaba, excepto haber encontrado una rosa roja fragante cerca de ella y cuando vio al piso encontró una cadena de un sol de oro con una M, nada más, solo tenía eso de un sujeto y de una aventura de la que tenía ahora un hijo… Y un futuro incierto.
Empresas Montessori
Lauren Montessori revisaba unas facturas de la remodelación de uno de los restaurantes Montessori: Ícaro.
—Esto va muy bien, quiero que las luces jueguen un papel importante en el lugar.
El hombre asentía ante las indicaciones y recibió una llamada de su hermano:
—Lauren, me caso, acabo de pedírselo a Nicole.
Esa era toda una noticia, él le respondió:
—Cielos, te atreviste.
—Ahora solo faltas tú, todos deseamos que te cases.
Él hizo un sonido de fastidio.
—¡Vamos! No es tan malo, solo es un gran paso.
—No nací para casarme…—recordó su última aventura con esa reina de belleza—nací para amar a todas.
Escuchó la risa de su hermano:
—Sienta cabeza, papá desea que estés casado para fin de año.
—Claro y yo deseo un árbol de dinero, nunca me voy a casar.
Ahora venía el chantaje:
—Papá quiere darte tus propios restaurantes como herencia, pero desea hacerlo a un hombre comprometido.
—Nunca—miró la foto de su novia oficial a la que nunca le era fiel—no me siento listo.
—Bien, lo intenté…
Él sonrió, tenía una reunión en Denver, tenía que tomar un vuelo hacia allá e iba en su deportivo rumbo al aeropuerto, cuando un camión cargado de troncos le explotó una llanta y se fue de lado, los troncos se soltaron y comenzaron a rodar por la carretera, uno de ellos rebotó y lo vio ir hacia él, solo sintió el impacto y que algo se rompía en su interior.
Cuando despertó su hermano Giacomo estaba junto a él, apenas si podía articular palabra alguna.
—Calma, hermano, estás vivo, solo eso importa.
No entendió esa referencia: ¿Solo eso importa? Lo vio ir a la puerta y llamar a los doctores que lo revisaron, le hablaban como a un estúpido con tonos altos y preguntas tontas:
—¿Cómo se siente?
—No sé…
—¿Cuántos dedos ve?
Ponía cuatro dedos:
—No sea estúpido, tiene cuatro dedos y quiero levantarme de esta puta cama.
El doctor le anunció:
—Ya volvió, tiene suerte, después de tres meses en coma usted está reaccionando de maravilla.
¡Qué m****a! ¡Tres meses! Su hermano sonreía aliviado.
Estaba vivo, eso decían que era bueno, lo demás se estaba recuperando, por suerte no estaba inválido o con un miembro menos, hasta que…
—Sus estudios son alentadores, una parte del tronco hizo que parte de la carrocería se incrustara en sus partes íntimas… No tiene un testículo, puede que eso le ocasione problema con su fertilidad, intentamos reconstruir sus conductos…
—¿Cómo dice?
—Hay una posibilidad de que… No pueda tener hijos, es una gran posibilidad.
Eso nunca se lo esperó, de hecho nunca vio el matrimonio como algo viable, ni tener hijos; sin embargo, ahora que sabía que podía ser imposible, sentía un hueco dentro de él, como si se rompiera un sueño muy dentro, un sueño que estaba vedado, porque no lo sentía capaz de hacer florecer, desde que perdió la cadena que su abuelo le dejara, sentía que todo iba de mal en peor en su vida.
Su hermano lo llamó:
—¿Cómo fue todo?
—Bien…
—¡Qué bueno! Nicole está embarazada.
Eso era muy raro de escuchar en esos momentos, su hermano alegremente le dijo:
—Vas a ser tío.
Ahora solo sería tío y nunca padre, entonces todo adquirió un matiz ceniciento.
Dafne tenía a su pequeño bebe en brazos, no podía creer lo bello y grande que era.
—Ahora ya tengo porque vivir, tal vez no pueda ser una modelo o reina de belleza, pero si puedo ser tu mamá.
El bebe se movía y decidió llamarlo: Bruno, su pequeño, dormía en sus brazos, mientras pensaba en cómo lo mantendría ella sola en una ciudad tan grande, pero era eso o volver con esa gente que vendería a su hijo al mejor postor. ¿Y el padre? Solo Dios sabía quién era el padre de ese bebe que ahora dormía entre sus brazos.
Las semanas se habían acumulado como capas de sedimento, cada una depositando su propia mezcla de esperanza temerosa y resignación aprendida. El ritual del cuaderno azul se había vuelto tan fundamental para mi equilibrio como respirar. Era el ancla que me mantenía cuerda, el cordón que me ataba a ti, a la posibilidad de un mañana que a veces sentía tan distante como las estrellas muertas cuya luz aún vemos.Hoy, sin embargo, el aire de tu habitación olía diferente. No era el olor metálico de la medicina o el aroma agresivo del desinfectante. Era el olor del cambio. La Dra. Valenzuela me lo había advertido. "Hoy comenzamos a reducir lentamente el pentobarbital, Alma," me dijo esta mañana, sus ojos cansados pero serios. "Es un proceso delicado. No esperes milagros. El cerebro se ha estado reparando en la oscuridad y el silencio. Ahora tenemos que ver qué queda de la casa después del incendio. Y, sobre todo, paciencia. Puede que no responda de inmediato. O puede que no lo haga nunca de l
El cambio no fue una decisión consciente, sino una evolución natural, como el cauce de un río que encuentra una grieta en la roca y decide fluir por ella. Hoy, sentada en mi incómoda pero familiar silla de vinilo junto a tu cama, abrí la boca para nuestro monólogo de siempre y las palabras se amontonaron en mi garganta. Un enjambre desordenado de confesiones, observaciones banales y recuerdos afilados que se negaban a salir. Hablar de pronto me pareció insuficiente, casi frívolo. Mis palabras, al ser pronunciadas, se disolvían en el aire estéril, absorbidas por el zumbido de los ventiladores. Necesitaba algo tangible, algo que tuviera peso, que permaneciera. Necesitaba un artefacto.Al día siguiente, llegué con un cuaderno de tapa dura, de un azul nocturno y profundo, y mi vieja pluma fuente, esa que Claudia me regaló hace años y cuyo peso equilibrado siempre me ha producido una sensación de solemnidad. Esto no era la tableta fría del Servicio con sus informes cifrados. Esto era un te
El departamento seguro comenzaba a parecerse, lentamente, a un hogar. No por los muebles funcionales ni las paredes anónimas, sino por los rastros de vida que dejaban sus visitantes. Un suéter olvidado de Claudia sobre el sillón, la marca de un labial de Andrea en el borde de una taza, el informe oficial que Roxana dejaba abierto sobre la mesa del comedor como un gesto de confianza deliberada. Eran marcas de normalidad, de una red que se tejía a su alrededor, sosteniéndola en la quietud aterradora que seguía a sus visitas al hospital.Claudia era la primera línea, la amiga que no necesitaba de palabras. Llegaba los martes y jueves con ollas de comida que olían a ajo, cebolla y comino, los aromas de su infancia compartida. No hablaban de trauma o de tribunales. Hablaban de pacientes, de lo absurdo de la burocracia hospitalaria, de la última serie de televisión que Claudia insistía en que Alma debía ver.“Te traje lentejas,” anunciaba, colgando su abrigo y tomando posesión de la pequeña
La luz de la tarde se filtraba por la ventana de la habitación de hospital, bañando la figura inmóvil de Tomás en un tono dorado y triste. Alma tomó su mano, ya sin vendas pero aún pálida y flácida, y comenzó su ritual diario de confesiones.“Hoy quiero contarte cosas que no estaban en tus informes, Tomás. Cosas que solo yo sé.”Su voz era diferente ahora. Ya no tenía el filo cortante de las primeras semanas, sino la textura áspera de quien está reconstruyendo su verdad piedra por piedra.“Empezaré por el principio. Por el primer día en la clínica. Recuerdo el silencio más que cualquier otra cosa. Un silencio almohadillado, de paredes acolchadas y moqueta gruesa. Y ese olor... a limpio, a estéril, pero con una dulzura debajo que resultaba obscena. Como si quisieran perfumar el miedo.”Sus dedos acariciaron suavemente el dorso de su mano.“Lo peor no fue darme cuenta de que estaba atrapada; fue darme cuenta de que mi celda era hermosa. Que cada lujo—las sábanas de algodón egipcio, la v
El departamento seguro era una cápsula de silencio suspendida en un edificio anónimo. No había barrotes en las ventanas, ni guardias en la puerta, ni el zumbido omnipresente del sistema de climatización de la suite. El silencio, tan anhelado durante meses, resultó ser un amplificador brutal de los ecos que resonaban en su cabeza. Alma pasaba las noches acurrucada en el sofá, con el calor de Wilson presionándole las piernas, escuchando el latido de su propio corazón y el runrún de la nevera, que en sus peores momentos se transformaba en el sonido del respirador de Tomás.Su cuerpo se recuperaba con la obstinada resiliencia de la juventud. Las magulladuras se desvanecían, el peso perdido comenzaba a regresar gracias a la comida reconfortante que Claudia le llevaba y que ella a menudo apenas probaba. Pero su mente era un campo de batalla minado. El más mínimo estímulo podía detonar una explosión de pánico que la dejaba temblando, sin aliento, con el pecho oprimido por una banda de acero.
El silencio de la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos era una entidad viva. No era la ausencia de sonido, sino una presencia pesada, compuesta de suspiros de máquinas lejanas, del roce de unas zapatillas contra el linóleo brillante y del latido acelerado de Alma, que resonaba en sus propios oídos como un tambor de guerra. Llevaba horas allí, encogida en una silla de plástico duro, con la misma ropa holgada y anónima que le había dado Roxana. La sangre de Tomás, una mancha oscura y cruenta en el tejido gris de la manga, se había secado hacía rato. No había permitido que se la quitaran. Era un recordatorio, un estigma, la última parte de él que la tocaba.El enfrentamiento en la suite era un caleidoscopio de recuerdos fracturados en su mente. El destello cegador. El cuerpo de Tomás, interponiéndose entre ella y la bala destinada a su corazón. No había sido un movimiento heroico y elegante, sino una caída torpe y desesperada, un último acto de un instinto que había superad
Último capítulo