El departamento seguro comenzaba a parecerse, lentamente, a un hogar. No por los muebles funcionales ni las paredes anónimas, sino por los rastros de vida que dejaban sus visitantes. Un suéter olvidado de Claudia sobre el sillón, la marca de un labial de Andrea en el borde de una taza, el informe oficial que Roxana dejaba abierto sobre la mesa del comedor como un gesto de confianza deliberada. Eran marcas de normalidad, de una red que se tejía a su alrededor, sosteniéndola en la quietud aterrad