La mañana del lunes se estira como un párpado que no quiere abrir. El pasillo central se llena de una luz gris, ordenada, que hace brillar los bordes del acero y las baldosas recién fregadas. Antes de colgar la chaqueta ya tengo entre las manos lo que vine a buscar: el registro impreso del 419.
No debería estar aquí tan temprano, pero el insomnio decidió por mí. Manejar a primera hora me limpia la vista; el volante me ordena los pensamientos. Wilson me miró salir desde el suelo, mitad bufido, m