Las semanas se habían acumulado como capas de sedimento, cada una depositando su propia mezcla de esperanza temerosa y resignación aprendida. El ritual del cuaderno azul se había vuelto tan fundamental para mi equilibrio como respirar. Era el ancla que me mantenía cuerda, el cordón que me ataba a ti, a la posibilidad de un mañana que a veces sentía tan distante como las estrellas muertas cuya luz aún vemos.
Hoy, sin embargo, el aire de tu habitación olía diferente. No era el olor metálico de la