Mundo ficciónIniciar sesiónÉl le ofreció pasión en la sombra. Ella le entregó el corazón… y un hijo que decidió criar sola. Cuatro años después, Catalina vuelve con una fortuna bajo el brazo, comprometida con el hermano del que ahora es su enemigo y un niño con los mismos ojos que el hombre que la traicionó. Gabriel San Román jamás imaginó que aquella joven humilde a la que despreció volvería convertida en la salvación de su empresa. Ahora, ella tiene el poder, el control… y la mirada altiva de quien no piensa olvidar. ¿Estará él preparado para enfrentar su mayor error… y su mayor verdad?
Leer másCatalina
El sonido de la lluvia golpeando las ventanas del majestuoso edificio que conforma “Industrias San Román” se confunde con el de mi propio corazón que late desaforado dentro de mi pecho.
Son demasiadas emociones contenidas en un solo día y sinceramente no sé cómo manejarlas, siento un nudo formándose en mi garganta y no puedo evitar recordar cómo era mi vida antes de llegar aquí hace ya dos años y medio, sola, asustada y con nada de experiencia, pero las cosas cambiaron.
Una risa entre nerviosa y amarga sale de mis labios al recordar como siempre quise tener una historia de amor como las de los libros que leía a escondidas entre clases. Una intensa, imposible, de esas que sacuden la vida y lo cambian todo.
Nunca pensé que iba a terminar escondida en el baño de una oficina, con una prueba de embarazo en la mano, temblando porque no sé si llorar o sonreír.
Quién lo diría: Catalina Reyes. Secretaria ejecutiva. Amante oculta del CEO más deseado del país.
Así empieza y así termina mi resumen.
Llevo casi dos años con Gabriel San Román. Nadie lo sabe. Nadie debe saberlo. Él es el jefe, el dueño de esta empresa y, aparentemente, de la mitad del país. Yo… soy solo la asistente que todos dan por invisible.
Claro que eso no impide que a veces se aparezca en mi apartamento a las tres de la mañana con una botella de vino, o que se quede conmigo fines de semanas completos, o que me quite la ropa sin decir una sola palabra.
Y no, no me obligó. Yo también lo deseo. De hecho…Lo amo.
¿Tonta? Tal vez. Pero aunque piensen lo contrario, no soy ciega.
Sé cosas de él que nadie más conoce.
Le gusta el café negro, sin azúcar y hecho con granos panameños. Detesta que le impriman documentos y odia que le sirvan el filete poco hecho. Su carro favorito es el Panamera negro que guarda en el sótano de su casa, aunque todos crean que prefiere el Maserati.
Y yo… se que le gusto yo y le gusta cubrirme los ojos con su corbata antes de desvestirme.
También sé que no le gusta hablar después del sexo. Ni que le pidan promesas.
A veces creo que me ama. Por la forma en que me mira, por los detalles que se le escapan aunque intenta ocultarlos.
Otras veces, simplemente, no quiero pensar en eso.
Hasta que escuché lo que mis compañeros de la empresa estaban comentando. Es posible que tenga que aceptar la esposa que su familia le haya arreglado. Tuvimos una gran pelea por esto y él se fue de viaje de negocios a otra ciudad, así que no lo he visto en una semana.
Lo que sí sé, es que estoy temblando mientras miro el reloj. El resultado de la prueba debería salir en cualquier momento. No sé cómo pasó. Bueno… sí sé. Una sola vez sin protección. Y fue suficiente.
Contra toda lógica, quiero que sea positivo.
Lo deseo con una fuerza que me asusta. Tal vez, solo tal vez, este bebé lo haga dejar de esconderme. Tal vez esto lo haga aceptarnos.
Para que podamos ser una familia.
—Por favor que sea positivo por favor…
El corazón me late como loco porque sé que esto es algo grande, algo que lo cambiaría todo.
Miro mi reloj y me doy cuenta que aún falta un minuto para el tiempo que pide la prueba, pero entonces la puerta del baño se abre y alguien toca con fuerza el cubículo en el que estoy.
—¿Catalina?
Es Marta, otra de las secretarías, la de vicepresidencia para ser más exactos.
—Si, aquí estoy, ya voy a salir dame un..
—No, no, tienes que salir YA, el señor San Román convocó una reunión de emergencia. La junta está reunida, y hay un ambiente muy tenso.
Sintiendo el corazón acelerado al pensar que pudo haberse enterado de mi retraso, me pongo en pie y guardo la prueba en el bolsillo del blazer para verla después, antes de salir del cubículo.
—¿Saber por qué está molesto?
La mujer se ve pálida mientras niega con la cabeza.
—No sé, pero es serio. Algo muy grave. Todos están esperando, Catalina.
Camino con pasos vacilantes hasta la sala de juntas, sin saber lo que me espera. Al llegar, veo a Gabriel de pie, al frente. Sus padres están sentados, así como varios directivos.
Mis ojos solo pueden verlo a él, a su postura dominante, a lo tenso de sus musculos, a la forma en que sus manos aprietan la madera de la mesa con fuerza.
Y sé que lo que sea que esté pasando es peor que cualquier cosa que imaginara, porque lo conozco a él.
Pero lo peor es cuándo nuestros ojos se encuentran, porque … Hay… odio en su mirada. Frunzo el ceño porque no entiendo nada y me aclaro la garganta antes de preguntar:
—Catalina Reyes, tome asiento —ordena Gabriel con voz glacial.
Siento que las piernas me tiemblan y mis ojos se pasean por la sala y noto como todos me ven con… asco.
Me siento, con el corazón latiendo enloquecido.
—¿Puedo saber qué sucede, señor?—pregunto y trato de ver en él al hombre que conozco, trato de entender si está actuando así solo por que hay más personas aquí.
Pero él solo aprieta la quijada, su mirada se enciende y no de deseo como estoy acostumbrada, es pura rabia.
—Esta mañana, hemos recibido evidencia de una violación grave a la confidencialidad de esta empresa —continúa él, mientras enciende el proyector.
En la pantalla aparece un video de vigilancia. En él se ve a una mujer llevando un vestido floreado…—yo— copiando documentos en una oficina. Mi rostro no es del todo claro, pero la figura es inconfundible.
Sin embargo eso nunca pasó, lo sé muy bien porque yo nunca saco copias en la sala común, lo hago en la propia oficina de Gabriel, él mismo hizo poner ahí una copiadora para mí.—Eso no es real… No se cómo lo han hecho, pero no es real—susurro, pero nadie me escucha.
Luego reproducen un audio distorsionado. Una voz alterada declara haber visto a Catalina reunida con ejecutivos de la competencia, filtrando fórmulas.
Me paralizo. No puede ser que él crea que esto es verdad.
No entiendo nada. Me giro hacia Gabriel. Él me mira como si no me conociera.
—¿Qué es esto? ¡Yo no he hecho nada! Eso no es cierto, alguien me está inculpando.
La risa llena de odio que sale de él me pone los nervios de punta y me rompe el corazón, desechando cualquier pensamiento de que esto sea actuado.—¿Ah, no? —pregunta con sarcasmo—. Entonces explícame lo que acabamos de ver. ¿También vas a decir que es una coincidencia?
—Gabriel, por favor, espera… yo… hay algo importante que necesito decirte, estoy…—
—¡YA BASTA! —brama él antes de que pueda terminar.
Se pone de pie con violencia.
—¡Todo lo que dices me enferma! ¡Me das asco! Creíste que te saldrías con la tuya, pero no eres nadie y nunca lo serás.
Mi voz muere en mi garganta. Mi cuerpo tiemblo y puedo escuchar perfectamente como mi corazón, mi alma misma se rompe.
—A partir de este momento, queda usted despedida. Y amenos que quieras que los abogados te hundan por el resto de la vida, te vas a largar sin exigir nada.
—Seguridad —dice con tono neutro—, acompáñenla fuera del edificio.
Dos hombres se acercan. Me paralizo. ¿Es en serio?
Antes de que me saquen, Gabriel se inclina apenas y toma mi brazo con fuerza antes de decir en voz baja, solo para mí:
—Haré que alguien recoja tus cosas en el apartamento y las tire. No dejes que te vuelva a ver o desearás no haberme conocido nunca.
Lo miro. Lo miro y trato de que vea en mis ojos la verdad, pero cuándo se pone la mascara es tan difícil llegar a él… simplemente limpio mis lágrimas mientras salgo de la sala de juntas sobando el brazo que me ha apretado.
Puedo sentir los ojos de todos fijos en mí, los cuchicheos de los empleados que me señalan y no lo soporto.
No recojo nada del escritorio, simplemente tomo mi bolso y me voy de ahí lo más rápido que puedo sintiendo mi vista nublarse por las lágrimas.
Pero es solo cuándo llego a mi apartamento, ese que no es mío… es de él, que me derrumbo por completo.
Lloro como una tonta y me siento enfrente de la puerta a esperarlo, porque seguramente él va a venir a arreglar todo, va a llegar y me va a pedir disculpas. Me explicará porque tuvo que actuar así.
Sin embargo, las horas pasan y Gabriel no aparece, es casi a las nueve de la noche cuándo la puerta se abre y yo me pongo de pie de un salto, para recibirlo, pero al que veo es a Fabian, el chofer.
—Fabian, ¿Dón-Dónde está Gabriel? Yo… Yo tengo que hablar con él, tengo que…
—Lo lamento, señorita. El señor me ha envíado para asegurarse que usted se haya ido, quiere que desaloje el apartamento—él debe notar el dolor en mi rostro o tal vez, haya escuchado como mi corazón se rompía, porque suspirando dice:—Le daré hasta mañana al medio día, no puedo hacer más.
Y con eso da media vuelta y me deja ahí.
Sola.
Con el corazón hecho trizas, porque… él no me creyó. No cree en mí y… probablemente nunca lo hizo. Nunca me quiso.
Me arrastro hasta llegar al suelo y mi cuerpo se convulsiona al tiempo que los sollozos salen de mi.
Entonces siento algo incomodarme en el costado y cuando meto la mano en el bolsillo del blazer encuentro la prueba de embarazo… y ahí están, las dos líneas rojas burlándose de mí, haciéndome saber que estoy embarazada de un hombre que me odia.
CatalinaEl ruido es lo primero que desaparece.No sé en qué momento exacto deja de haber gritos, órdenes, sirenas, pasos apresurados y armas levantadas, pero cuando logro volver a respirar con normalidad, el mundo parece haberse reducido a una sola imagen.Julián está en el suelo.El tiempo se detiene.Está tendido de lado, con la camisa empapada de rojo, los ojos abiertos mirando a ningún lugar en específico. Hay gente alrededor, policías, paramédicos, pero yo apenas los registro. Mi mente retrocede sin permiso a otros recuerdos: su risa falsa, su obsesión, su forma de mirarme como si yo fuera una posesión… y aun así, cuatro años de mi vida.Cuatro años que no puedo borrar como si nunca hubieran existido.Samuel llora contra mi pecho. Lo tengo apretado con tanta fuerza que temo estar haciéndole daño, pero no puedo soltarlo. Mis manos tiemblan. Todo mi cuerpo tiembla.Doy un paso hacia Julián sin darme cuenta.No porque lo ame.No porque lo perdone.Sino porque, en el instante más os
El tiempo se rompe en pedazos.No hay estrategia, no hay órdenes, no hay policías ni protocolos cuando escucho ese sonido seco, brutal, que no debería existir dentro de una casa: un disparo.Todo se vuelve ruido blanco.—¡Muévanse, muévanse! —grita alguien a mi espalda.Pero ya no escucho.Mis piernas se mueven solas.La puerta cede con un golpe y entro.El aire huele a pólvora, a humedad, a miedo viejo. La escena frente a mí es un infierno detenido en el tiempo: Catalina está siendo arrastrada del cabello, sus manos aferradas a Samuel, que grita con un llanto desgarrado; Julián lo sostiene por el brazo, nervioso, fuera de control; y Elena… Elena tiene el arma en la mano y los ojos completamente vacíos.—¡SUELTA A MI MUJER AHORA MISMO! —mi voz sale rota, salvaje.Catalina levanta la mirada y me ve.El mundo se reduce a un solo punto cuando veo el cañón del arma levantarse.Samuel.Todo ocurre en un segundo, pero mi mente lo estira como si el tiempo se negara a avanzar. El grito de Cat
GabrielEl reloj del tablero marca las 01:47.Han pasado casi dos horas desde la llamada.Dos horas eternas.Estoy dentro del auto, sentado en el asiento trasero, con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que siento los nudillos arder. El vehículo avanza por una carretera secundaria, escoltado por otras dos unidades sin distintivos. Las luces están apagadas. Todo es discreto. Todo es tenso.El detective va a mi lado.—Ya sabes lo que tienes que hacer —dice, sin mirarme.Gruño, pasándome una mano por el rostro.—Joder, ya lo sé. Ya lo sé —respondo, con la voz rota—. Pero no es nada fácil.Me mira entonces. Sus ojos son firmes, cansados.—Nunca lo es —contesta—. Pero tienes que hacerlo si quieres recuperar a tu familia.Aprieto los dientes.Todo esto es una actuación. Una mentira necesaria. Un maldito juego psicológico.La llamada anterior nos dio lo que necesitábamos. El rastreo fue limpio. La ubicación coincid
CatalinaEl silencio pesa más que el miedo.Es un silencio espeso, incómodo, como si las paredes respiraran con nosotras. Samuel está sentado a mi lado, con las rodillas recogidas contra el pecho y los ojitos enrojecidos de tanto llorar. Lo tengo abrazado, balanceándolo despacio, como hacía cuando era un bebé y el mundo todavía no se había vuelto este lugar oscuro y cruel.—Shhh… —le susurro—. Tranquilo, mi amor. Respira conmigo.Lo hace, aunque a trompicones. Su pequeño cuerpo tiembla cada vez que un ruido llega desde afuera. Cada crujido de la madera, cada paso, cada puerta que se abre o se cierra.Nadie nos va a encontrar aquí, vuelve a repetirse en mi cabeza, y tengo que morderme el labio para no gritar.La puerta se abre de golpe.Levanto la mirada de inmediato, protegiendo a Samuel con todo mi cuerpo.Es ella.Elena entra como si fuera dueña del mundo, con el rostro desencajado, los ojos brillantes de una furia que ya no intenta ocultar. Camina de un lado a otro de la habitación
GabrielEl papel sigue ahí, sobre la mesa de la cocina, como si se burlara de mí.Empieza el juego.Dos palabras escritas con una letra que reconozco demasiado bien. Dos palabras que me parten el pecho en dos. Siento que el aire no me alcanza, que cada respiración raspa, quema, duele.Catalina no está.Samuel no está.Y yo… yo no estaba.Me paso las manos por el rostro con violencia, caminando de un lado a otro del apartamento como un animal enjaulado. El lugar está lleno de gente, pero me siento completamente solo. Policías, agentes de seguridad, un detective que habla por teléfono en voz baja, Nathalie sentada en el sofá con los ojos hinchados de tanto llorar. Iván camina de un lado a otro, revisando su celular sin parar.Mi padre está aquí también. Salió del hospital en contra de toda recomendación médica. Está sentado, encorvado, con las manos entrelazadas frente a la boca, la mirada perdida en el suelo.Todo esto es mi culpa.La idea no me suelta. Me taladra la cabeza.No debí ir
Doblo la última camiseta de Samuel con cuidado y la dejo dentro de la maleta pequeña. No quiero hacer ruido, como si el silencio pudiera protegernos. El apartamento está en calma, una calma extraña, artificial, que no termina de tranquilizarme.Samuel está sentado en el suelo, rodeado de sus juguetes, observándome con el ceño fruncido. No juega. Me mira.—Nani… —dice al fin, con esa vocecita que siempre logra romperme por dentro—. ¿Pa’ dónde vamos?Me agacho frente a él y le acomodo un mechón rebelde del cabello.—Vamos a salir unos días, mi amor. Unas vacaciones pequeñitas.Sus ojitos se iluminan de inmediato.—¿Vacaciones? ¿Con piscina?Sonrío, aunque el pecho me aprieta.—Tal vez. Y helado. Mucho helado.Él ríe, pero luego su expresión cambia. Se pone serio. Demasiado serio para alguien de su edad.—¿Y el príncipe? —pregunta—. ¿Papi Briel va a ir?Trago saliva.—Sí —le respondo con suavidad—. El príncipe va a estar con nosotros. Siempre.—¿Entonces por qué no se viene ya? —insiste,
Último capítulo