83. La culpa
Doblo la última camiseta de Samuel con cuidado y la dejo dentro de la maleta pequeña. No quiero hacer ruido, como si el silencio pudiera protegernos. El apartamento está en calma, una calma extraña, artificial, que no termina de tranquilizarme.
Samuel está sentado en el suelo, rodeado de sus juguetes, observándome con el ceño fruncido. No juega. Me mira.
—Nani… —dice al fin, con esa vocecita que siempre logra romperme por dentro—. ¿Pa’ dónde vamos?
Me agacho frente a él y le acomodo un mechón re