86. ¡Suelta a mi mujer!
Gabriel
El reloj del tablero marca las 01:47.
Han pasado casi dos horas desde la llamada.
Dos horas eternas.
Estoy dentro del auto, sentado en el asiento trasero, con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que siento los nudillos arder. El vehículo avanza por una carretera secundaria, escoltado por otras dos unidades sin distintivos. Las luces están apagadas. Todo es discreto. Todo es tenso.
El detective va a mi lado.
—Ya