Mundo ficciónIniciar sesión¿Qué harías si despertaras en una vida perfecta... al lado de un extraño que jura ser el amor de tu vida? Martina Montenegro lo tiene todo: belleza, linaje y a Santiago Hidalgo, el prometido que no se ha apartado de su cama desde el "trágico accidente" que borró sus recuerdos, pero tras los muros de la lujosa hacienda Hidalgo, la perfección es una jaula de oro. Martina no recuerda quién es, pero su cuerpo sí: su piel se eriza ante el roce de Santiago y su instinto le grita que huya. Entre sombras y secretos familiares, aparece Mateo Russo, un hombre de mirada intensa que parece conocer los fragmentos perdidos de su alma. Mientras Santiago lucha por mantenerla en la oscuridad, Mateo se convierte en el peligroso espejo de una verdad que alguien intentó enterrar bajo tierra. En un mundo de cizaña, traiciones y pasiones prohibidas, Martina deberá descubrir si el hombre que duerme a su lado es su salvador... o el monstruo que intentó matarla. Hay verdades que es mejor no recordar. Hay amores por los que vale la pena morir.
Leer másEl eco de las detonaciones en Ginebra se sentía como algo perteneciente a otra vida, a pesar de que solo habían pasado unos meses desde que el imperio financiero de Thorne se desmoronó bajo el peso de sus propios secretos, mientras caminaba por los senderos de la hacienda Los Olivos, el aire ya no olía a pólvora ni a traición, sino al aroma dulce de la tierra húmeda y al jazmín que empezaba a trepar por las columnas reconstruidas del porche. La capital había recuperado su ritmo, las minas de cobalto habían sido selladas para siempre por decreto nacional y el nombre de los Montenegro ya no se pronunciaba entre susurros de miedo, sino con el respeto que se le debe a quienes devolvieron la luz a un país en tinieblas.Bastián había asumido el liderazgo de la transición con una integridad que pocos esperaban, pero para nosotros, la política era ahora un ruido lejano, una marea que ya no podía arrastrarnos. Julián, mi hermano, había encontrado su lugar en la universidad, estudiando arquite
El aire de Ginebra era tan limpio que se sentía artificial, casi insultante, comparado con el polvo azulado de las minas y el humo de las barricadas que habíamos dejado atrás, mientras caminaba por el vestíbulo del hotel Intercontinental, enfundada en un vestido de seda que costaba más de lo que mi padre ganaba en un año, sentía que el peso de la joya en mi cuello era una cadena que me recordaba nuestra misión. Mateo iba a unos metros de mí, luciendo un esmoquin que ocultaba perfectamente la funda de su arma y las cicatrices que la guerra civil le había tatuado en la piel, moviéndose con esa elegancia peligrosa de quien sabe que está rodeado de lobos disfrazados de ovejas. Estábamos allí, bajo identidades falsas proporcionadas por los contactos internacionales de Aranda, para asistir a la Cumbre Económica Global, el lugar donde los hilos del destino de mi país se tejían entre copas de champán y sonrisas de plástico.—No te toques el auricular, Martina, pareces nerviosa —me susurró Ma
El hedor de la ciudad sitiada no era el mismo que el de la superficie, aquí abajo, en las entrañas de concreto y olvido, el olor a humedad rancia se mezclaba con el gas metano y un rastro químico que me hacía arder los ojos, cada vez que dábamos un paso, el agua estancada nos llegaba a las rodillas, ocultando los escombros que la guerra civil había arrojado por las alcantarillas. Mateo iba a la vanguardia, con una linterna táctica cuyo haz de luz cortaba la negrura como un bisturí, mientras Julián caminaba justo detrás de mí, agarrando la correa de mi mochila con una fuerza que delataba su nerviosismo. Para él, volver a estar bajo tierra era una tortura psicológica que apenas lograba disimular, pero su determinación por ver la cara de Santiago era lo único que lo mantenía en pie.—Mantén la calma, Julián, estamos cerca del punto de salida debajo del Palacio de Justicia —susurré, sintiendo cómo el eco de mis palabras se perdía en los túneles infinitos— el aire aquí arriba está viciado
El olor a caucho quemado y pólvora mojada se había convertido en nuestra nueva atmósfera, una bruma espesa que se pegaba a la ropa y nos recordaba que el país que conocíamos ya no existía más, el todoterreno saltaba sobre los baches de la carretera secundaria mientras los destellos de las explosiones en el horizonte iluminaban el rostro de Julián, quien permanecía en silencio, con la mirada perdida en un paisaje que para él era tan extraño como otro planeta. A mi lado, Mateo apretaba el volante con una fuerza que hacía palidecer sus nudillos, manteniendo los ojos fijos en la ruta que Bastián nos había marcado a través de un mensaje cifrado, una ruta que nos obligaba a atravesar el corazón de la zona roja donde los leales al viejo régimen y las milicias populares se estaban despedazando por cada metro de tierra.—Tenemos que apagar las luces, Martina, estamos entrando en el valle de los lamentos —susurró Mateo, y sentí cómo el vehículo se sumergía en una oscuridad total, guiado solo p
El aire del sur no era como el de la costa, aquí el oxígeno se sentía espeso, cargado de un polvillo metálico que se te pegaba a la garganta y te dejaba un sabor a óxido en la lengua. Estábamos a bordo de un camión de carga destartalado, ocultos entre lonas de yute y cajas vacías de suministros, mientras avanzábamos por una carretera que apenas era una cicatriz de tierra roja en mitad de la selva. A lo lejos, el cielo no era azul, sino de un naranja tóxico provocado por los incendios de las refinerías y el humo de las barricadas que habían brotado como hongos tras la confesión de la tía Elena.El país se estaba cayendo a pedazos, literalmente, en la radio de onda corta que Mateo sostenía contra su oído, las noticias eran un goteo constante de caos: el gobierno central había declarado la ley marcial, las facciones del ejército se estaban disparando entre sí en las plazas de la capital y el pueblo, enfurecido por el robo del oro nacional, había tomado las calles con una sed de justicia
El eco de mis propios pasos en el pasillo de mármol de la Corte Internacional se sentía como el tictac de una bomba a punto de estallar, el aire estaba tan filtrado y aséptico que me quemaba los pulmones, recordándome que ya no estaba en la selva ni en los muelles incendiados, sino en el corazón de la justicia mundial. A mi lado, Mateo caminaba con una rigidez que no era solo por sus heridas, sus ojos no paraban de escanear cada esquina, cada guardia de las Naciones Unidas, cada cámara de seguridad que colgaba del techo como un ojo indiferente.—Martina, tienes que concentrarte —susurró él, rompiendo el silencio que nos envolvía mientras nos acercábamos a las puertas dobles de la sala de vistas— Elena va a intentar desestabilizarte, va a usar los fragmentos de tu memoria que todavía duelen para que parezcas una testigo poco fiable, no dejes que entre en tu cabeza.—Mi cabeza ya no es suya, Mateo —le respondí, apretando el pequeño dije que colgaba de mi cuello, el único recuerdo físi
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