El impacto fue un estallido de metal y cristal que me sacudió el cerebro contra el cráneo. Por un segundo, el mundo se quedó en blanco, sumido en un silencio sordo donde solo escuchaba el pitido agudo de mis propios oídos. Cuando logré abrir los ojos, el olor a pólvora de las bolsas de aire y el humo del motor inundaban la cabina. A mi lado, Mateo estaba inclinado sobre el volante, con un hilo de sangre corriéndole por la sien y los ojos cerrados.
—¡Mateo! ¡Mateo, despierta! —grité, aunque mi