CAPITULO 2

Pasaron tres días antes de que me dieran el alta. Santiago no se separó de mi lado ni un solo segundo, controlando quién entraba y quién salía, filtrando mis llamadas y diciéndome que mi familia, los Montenegro, estaban demasiado lejos o demasiado ocupados para venir de inmediato. Todo lo que él decía sonaba lógico, pero cada palabra me producía una picazón en la nuca, esa sensación de que me estaban contando una historia que él mismo había escrito esa mañana.

 

​El viaje hacia la mansión fue un tormento de silencios incómodos. Santiago conducía con una mano en el volante y la otra buscando constantemente la mía. Yo miraba por la ventana, tratando de reconocer las calles de la ciudad, pero todo me resultaba ajeno, como si estuviera viendo una película en un idioma que no entendía. Cuando el coche se detuvo frente a una propiedad inmensa, protegida por muros altos y portones de hierro forjado, sentí una opresión en el pecho.

 

​—Bienvenida a casa Martina —dijo él con un orgullo que me pareció casi posesivo.

 

​La casa era espectacular, llena de mármol, cuadros costosos y una servidumbre que bajaba la cabeza cuando Santiago pasaba. Me llevó de la mano por el gran salón, mostrándome fotos nuestras que decoraban las paredes. En las fotos, yo sonreía, pero cuando miraba de cerca, me daba cuenta de que mis ojos en las imágenes no brillaban igual que los suyos.

 

​—Esta es nuestra habitación —dijo abriendo una puerta doble de madera tallada— Aquí es donde pasaremos el resto de nuestras vidas una vez que nos casemos el próximo mes.

 

​Me senté en la cama, que era tan grande que me hacía sentir minúscula. Santiago se sentó a mi lado y comenzó a acariciar mi cabello.

 

​—Sé que estás confundida mi amor, pero tienes que confiar en mí más que en nadie. Hay gente ahí fuera que no quiere vernos felices, gente que envidia lo que tenemos. Por eso tienes que quedarte aquí, protegida, hasta que estés fuerte de nuevo.

 

​—¿Gente como quién Santiago? —pregunté, tratando de sostenerle la mirada.

 

​—Gente sin escrúpulos —respondió él, y su mandíbula se tensó— Por ahora, no quiero que hables con extraños, ni que salgas de la propiedad. Los médicos dicen que el estrés podría dañarte permanentemente.

 

​Él se levantó para buscar algo en el armario y yo aproveché para mirar a mi alrededor. En la mesita de noche había una pequeña caja de madera. La abrí con cuidado mientras él estaba de espaldas. Dentro no había joyas ni recuerdos dulces, sino un trozo de papel arrugado con una caligrafía que se sentía extrañamente familiar.

 

​“No firmes nada, no te quedes sola con él y corre.”

 

​El corazón me dio un vuelco, escondí el papel en el bolsillo de mi bata justo antes de que Santiago se diera la vuelta. Él traía un vestido de seda roja, hermoso pero que me pareció demasiado llamativo para alguien que acababa de salir del hospital.

 

​—Ponte esto para la cena Martina, quiero que te veas como la reina que eres, mi madre y mis primos vendrán a verte.

 

​—Estoy cansada Santiago, preferiría dormir —susurré, sintiendo cómo el papel en mi bolsillo me quemaba la piel.

 

​Él caminó hacia mí y me tomó de los hombros con una fuerza que me dolió,  sus ojos ya no tenían rastro de ternura.

 

​—Es una cena en tu honor Martina —dijo con una voz baja y peligrosa— No me vas a dejar mal frente a mi familia, haz un esfuerzo por ser la mujer que siempre has sido, sumisa y encantadora.

 

​Me quedé helada, esa palabra sumisa, resonó en mi cabeza como una campana de alarma, Santiago se dio cuenta de su error y suavizó la expresión de inmediato, dándome un beso rápido en la mejilla antes de salir de la habitación.

 

​—Te espero abajo en una hora, no tardes —dijo antes de cerrar la puerta con llave desde fuera.

 

​Escuché el clic metálico de la cerradura y me quedé paralizada en medio de la habitación, estaba encerrada, miré hacia el gran ventanal que daba a los jardines traseros. A lo lejos, cerca de la valla que dividía la propiedad, vi la silueta de un hombre, no llevaba el uniforme de la casa, y su postura era de alguien que estaba vigilando.

 

​Él levantó la vista y por un segundo nuestras miradas se cruzaron, incluso a la distancia. Sentí una punzada de reconocimiento en el pecho, algo que no había sentido con Santiago. El hombre no se movió, solo me miró con una mezcla de dolor y esperanza antes de desaparecer entre los árboles.

​Saqué el papel de mi bolsillo y lo leí de nuevo. Mis manos temblaban, pero mi mente, esa mente que Santiago decía que estaba rota, empezó a trabajar con una claridad que me sorprendió. Si estaba encerrada, era porque tenía algo que él quería, o porque sabía algo que él necesitaba que olvidara.

 

​No iba a ser su muñeca, si Santiago Hidalgo quería una guerra, la tendría, pero primero tenía que descubrir quién era el hombre de los jardines y por qué mi propia letra me decía que huyera del hombre con el que me iba a casar.

 

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