El sol entró por la ventana con una violencia que me hizo doler las sienes, recordándome que el día del juicio había llegado. No era un juicio legal, sino algo mucho más primitivo y peligroso, me quedé quieta bajo las sábanas, sintiendo el peso de la pluma que Mateo me había dado, la cual había escondido dentro de la funda de mi almohada durante la noche, ese pequeño objeto era mi única arma contra el imperio de mentiras que Santiago había construido a mi alrededor. La puerta se abrió sin previo aviso, y esta vez no fue Santiago quien entró, sino doña Beatriz. Venía acompañada de dos empleadas que traían un vestido de lino blanco, impecable, casi como si fuera un atuendo de sacrificio.
—Levántate Martina, no podemos permitir que los abogados te vean en este estado —dijo mi suegra, con esa voz que siempre sonaba como si estuviera masticando cristales— Hoy es un día de mucha importancia para los Hidalgo, y espero que te comportes a la altura de las circunstancias.
—Me duele un poco la cabeza, doña Beatriz —murmuré, tratando de mantener mi papel de mujer convaleciente mientras me sentaba en la cama.
—El dolor es algo psicológico, niña, una vez que firmes esos papeles y te liberes de la carga de administrar tierras que no entiendes, verás cómo te sientes mejor —se acercó a mí y, con una brusquedad que me sorprendió, me tomó de la barbilla para examinarme el rostro— Tienes ojeras, Rosa dice que estuviste deambulando por el jardín ayer, espero que no estés recuperando hábitos que no te convienen.
—Solo quería aire fresco —respondí, retirando mi rostro de su contacto con la mayor delicadeza posible.
—El aire fresco es para la gente que tiene la conciencia tranquila —sentenció ella antes de dar media vuelta y ordenar a las criadas que me arreglaran.
Me bañaron y me vistieron como si fuera una muñeca de porcelana, cada vez que una de ellas pasaba el peine por mi cabello, sentía un tirón que me recordaba que yo no era dueña ni de mis propios movimientos. Antes de salir de la habitación, logré ocultar la pluma de Mateo en el pliegue de mi manga, sentir su peso contra mi piel me daba una extraña calma, una conexión con el mundo real, con el hombre que me amaba y que, en ese momento, debía estar arriesgando su vida en el despacho de Santiago. Al bajar las escaleras, el ambiente en la casa era eléctrico, en el gran salón comedor habían dispuesto una mesa larga llena de carpetas, sellos y botellas de agua mineral. Santiago estaba allí vestido con un traje gris que lo hacía ver como el empresario perfecto, el protector ideal, charlaba con dos hombres de aspecto severo que supuse eran los abogados.
—Ah, aquí está la dueña de mis ojos —dijo Santiago al verme, caminando hacia mí para tomarme de la mano y llevarme hasta la cabecera de la mesa— ¿Cómo te sientes Martina? ¿Estás lista para asegurar nuestro futuro?
—Solo quiero terminar con esto Santiago —dije, tratando de que mi voz sonara cansada pero firme.
—Eso es lo que todos queremos querida —intervino uno de los abogados, extendiendo un documento grueso frente a mí— Este es el traspaso total de los derechos de explotación y propiedad de las tierras Montenegro a favor de la sociedad Hidalgo & Asociados. Con su firma, señora Martina, usted le otorga al señor Santiago el control absoluto para que él pueda salvar las fincas de la supuesta deuda que dejó su difunto padre.
Miré el papel, las palabras cesión irrevocable y dominio absoluto parecían saltar de la página. Si firmaba esto con una pluma normal, mi familia perdería todo lo que había construido en un siglo. Miré a Santiago, que me observaba con una intensidad rapaz, una urgencia que apenas lograba disimular bajo su máscara de amabilidad.
—¿Dónde firmo? —pregunté, metiendo la mano en mi manga.
—Aquí tienes un bolígrafo amor —dijo Santiago, ofreciéndome uno de oro.
—Prefiero el mío, me da suerte —respondí con una sonrisa tímida, sacando la pluma que Mateo me había entregado— Me la regaló mi padre hace años, o eso creo recordar.
Santiago tensó la mandíbula por un segundo, pero Beatriz le hizo una seña para que no interrumpiera, no querían arriesgarse a que yo tuviera una crisis nerviosa justo antes de poner la rúbrica.
Con la mano temblorosa, no por miedo sino por la adrenalina, firmé mi nombre en cada una de las páginas, Martina Montenegro, la tinta fluía negra y clara, pero yo sabía que en unas horas ese papel estaría en blanco de nuevo, dejando a Santiago con un montón de hojas inútiles. Al terminar, Santiago soltó un suspiro de alivio que pareció más bien un rugido de victoria.
—Perfecto —dijo el abogado, recogiendo los documentos con prisa— Todo está en orden.
Santiago se inclinó y me dio un beso en la mejilla que me hizo querer lavarme la piel con lejía.
—Ahora eres libre Martina, ya no tienes que preocuparte por nada —susurró cerca de mi oído— ¿Por qué no vas al establo a ver a los caballos? Sé que te gustan y Rosa te acompañará para que no te pase nada.
—Me gustaría ir sola Santiago, necesito procesar todo esto —pedí, rogando que su arrogancia lo hiciera ceder.
Él miró a los abogados, luego a su madre, y finalmente a mí, creía que ya lo tenía todo, que yo era suya y que sus tierras estaban aseguradas, su ego fue su ruina.
—Está bien ve —dijo, dándome una palmada condescendiente en la espalda— Pero no te acerques a los límites de la propiedad, los guardias tienen órdenes de ser estrictos hoy.
Salí de la casa con el corazón martilleando en mi garganta, caminé hacia los establos, tratando de mantener un paso tranquilo, aunque por dentro quería salir corriendo. Al entrar en el área de las caballerizas, el olor a paja húmeda y cuero me recibió, al fondo, cerca del último cubículo, vi una sombra moviéndose.
—¿Mateo? —llamé en voz baja.
Él salió de entre las sombras, pero su rostro no tenía la calma de ayer, tenía un corte en el labio y su camisa estaba manchada de polvo.
—La tengo Martina —dijo, mostrándome una pequeña grabadora digital y un fajo de papeles originales que Santiago había intentado ocultar— Pero nos descubrieron, tenemos menos de cinco minutos antes de que Santiago se dé cuenta de que su caja fuerte ha sido forzada.
—¿Cómo salimos de aquí? —pregunté, sintiendo que el pánico regresaba.
—A caballo —Mateo señaló a un semental negro que ya estaba ensillado— Es la única forma de atravesar el bosque sin que los coches de seguridad nos alcancen ¿Confías en mí?
Miré hacia la mansión, vi a Santiago salir a la terraza, hablando por teléfono con gestos violentos, se acababa de dar cuenta, se giró hacia los establos y nuestros ojos se encontraron a la distancia, su rostro se transformó en una máscara de odio puro.
—¡Martina! —rugió, y vi cómo los guardias empezaban a correr hacia nosotros.
—Confío en ti con mi vida —le dije a Mateo, subiendo al caballo con una agilidad que mi cuerpo recordó de repente.
Mateo saltó detrás de mí, tomó las riendas y espoleó al animal, salimos disparados de las caballerizas justo cuando el primer disparo resonó en el aire, impactando contra la madera de la puerta. El viento me golpeó la cara y, por primera vez desde que desperté en ese hospital, sentí que el velo de traición empezaba a rasgarse. No sabía a dónde íbamos, pero sabía que, por primera vez, no estaba huyendo sola.