Mundo ficciónIniciar sesiónAyling lleva años escondiendo un amor imposible: el chico que parece inalcanzable, el que la mira como si pudiera leerle el alma. Cuando por fin empieza a acercarse a él, con la oportunidad de estar en esa relación que siempre quiso, su mundo se detiene con una confesión inesperada: su mejor amiga también está enamorada del mismo muchacho, y por si no fuera poco, le pide ayuda para conquistarlo. Entre la lealtad y el deseo, Ayling elige callar sus sentimientos, convencida de que sacrificar su corazón es la única forma de no perder a quien considera una hermana. Pero mientras intenta ignorar lo que siente, descubre que nada es tan sencillo cuando el destino está en medio de las elecciones diarias y que no todos tienen la voluntad de perder para conservar el sentimiento de otros, como ella.
Leer másRyan se detuvo a poca distancia; llevaba las cejas unidas en señal de confusión. Muy probablemente había oído la discusión. Las miradas de ambos pesaron sobre mí. Mi vista empezó a nublarse por las lágrimas de pura vergüenza que amenazaban con salir.Apreté el bulto contra mi pecho, como una armadura.—Sí —logré articular después de una eternidad. Mi voz sonó como un hilo de seda que estaba a punto de romperse.—¿Segura que estás bien? —Ryan insistió—. ¿De qué estaban hablando ustedes dos? Pareces haber visto un fantasma.Su burla, aunque debía aligerar la tensión, lo único que hizo fue aumentar mi vergüenza. Arrebaté con furia una lágrima que descendió por mi mejilla mientras retrocedía a pasos cortos en dirección contraria.Eiden soltó una risa nasal. Mi cuerpo entero se erizó, y me vi obligada a cerrar los ojos con fuerza, esperando el impacto de lo que diría. Me iba a delatar. Lo sabía. Él tenía el poder de destruirme en una sola palabra, o no; lo podía hacer solo con revelar las
Pusimos manos a la obra después de que trajo el agua. También trajo bebidas y aperitivos y los dejó encima de la mesa donde ambos estábamos apoyados desde el piso.—¿Qué tanto has avanzado? —pregunté, separando los muslos y juntando ambas piernas—. Por como me quitaste el libro, espero que tengas resuelta tu parte.Anotó algo en su cuaderno, esbozando una sonrisa apenas perceptible; luego alzó la mirada a la mía.—Entonces te tendré bien satisfecha —contestó por fin—. Leí dos veces el libro; mi conclusión fue la misma: no había leído en mi vida un libro como ese. Quedé fascinado. Aunque debo admitir que leer no es lo mismo que escribir, porque me está costando concluir.—Vaya, no sabía que te gustaba leer.—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Ayling.—No es como si me estuviera perdiendo de algo importante por no saber… —chasqueé la lengua—. Volviendo al tema, a mí también me costó un poco escribir mi parte.Arrugó la nariz y regresó la mirada al cuaderno.—¿Por qué?—No lo sé. Supon
Esperé en silencio mientras mi madre servía la comida. Mis ojos contemplaban la oscuridad que se mezclaba ligeramente con la claridad que cada vez se veía menos. El aroma de la comida pareció querer hacer lo mismo conmigo; sin embargo, el nudo persistente en mi estómago se hacía notar más en lugar de desaparecer.Comí sin mucha hambre. Mamá hablaba de algunas trivialidades a las que apenas prestaba atención: que si el vecino, el precio de las verduras o de esa telenovela que de vez en cuando le aparecía en redes sociales.—Gracias, Mah.—Cariño, ¿pasa algo? —el tenedor emitió un leve sonido al caerle al plato, de forma intencional, y se levantó—. Estás… ausente. ¿Alguna cosa que quieras compartir con tu madre, cariño?Sonreí mirándola.—Es solo cansancio, nada de qué preocuparse.No quería otro comentario, por lo que me apresuré a ir al lavaplatos para fregar mi plato. Ella recogió los cubiertos y siguió comiendo, lanzándome furtivas miradas que hablaban por sí solas; no me creía, per
Saqué del bulto el pequeño corrector. Era ridículamente caro, el tipo de lujo que una estudiante como yo no se permitía, no porque no podía encontrar ochenta y ocho dólares, sino que no era una cantidad que invertiría en algo tan pequeño. Lo que más me chocaba de esto no era el precio, era el hecho de que se hubiera tomado la molestia de comprar con exactitud lo necesario para ocultar su ¡propio rastro! en mi piel. Me revolvía el estómago.Tomé mi teléfono para llamarlo y gritarle por haberse aparecido en mi espacio de clases, para exigirle y decirle que ya estaba harta de él y que ya era hora de que me dejara en paz, pero mis dedos quedaron al aire cuando recordé que no tenía su número. De pura suerte tenía el de Ryan porque, aunque por mí nunca intenté pedírselo, por el bien de mi amiga, ya que me había empujado a hacerlo para pasárselo de vuelta, lo tenía. Pero por supuesto no podía pedirle a Ryan el número de Eiden. Jamás.—Cómo te odio, idiota.Apreté los labios luego de maldecir
Me dejé caer de espaldas a la cama, con la vista fija en el techo. La sonrisa que me provocó Ryan fue reemplazada por una mueca de ansiedad. El comportamiento de Eiden era tan extraño que, de solo imaginarlo en un espacio conmigo en donde estuviese Ryan, era asfixiante.Pasé la noche dando vueltas entre las sábanas. Cada vez que cerraba los ojos, el sueño de la mañana regresaba, mezclándose con la realidad de su agarre en mi muñeca y el olor de su chaqueta.El día siguiente llegó justo al conciliar el sueño. Desperté con los ojos hondos y las ojeras resaltadas como un mapache esquizofrénico. Hice que Udri saliera del cuarto para que mamá se encargara de bañarla y vestirla para ir a clases; yo tenía que hacer lo mismo para ir a la universidad, así que no tenía tiempo de encargarme también de ella.El agua fría del grifo sacó suspiros que no sabía que guardaba. Por un momento, la rigidez en mi cuerpo desapareció y me sentí como la Ayling que fui hace dos semanas atrás. Pero después de v
—Eres un idiota, Eiden. Y yo soy una imbécil.Sentí un nudo en la garganta. Estaba asqueada por haber invocado a la única persona que amaba de verdad en los brazos de su mejor amigo. Sí, fue un accidente. Pero, a pesar de eso, me hacía sentir como una traidora.Recogí el cambio del mostrador y deposité el dinero en la caja registradora con un golpe seco.Ordené las últimas cosas que faltaban, y por fin decidí cerrar la farmacia de una vez por todas. Apagué las luces principales, dejando solo la de seguridad, y con el cambio de letrero, salí dejando la puerta bajo llave.Disfruté el brillo de la noche, reduciendo mis pasos cada vez que el viento soplaba. La pesadez de mis hombros jugó a las escondidas, yéndose y apareciendo cuando menos se esperaba. Mi mente no quiso hacer lo mismo; disfrutó más bien activar en bucles los pensamientos que me perseguían desde en la mañana.Todo era culpa de Eiden. Los dos acordamos enterrar esa maldita noche hasta el día de nuestros entierros; de lo úni
Último capítulo