El eco de mis propios pasos en el pasillo de mármol de la Corte Internacional se sentía como el tictac de una bomba a punto de estallar, el aire estaba tan filtrado y aséptico que me quemaba los pulmones, recordándome que ya no estaba en la selva ni en los muelles incendiados, sino en el corazón de la justicia mundial. A mi lado, Mateo caminaba con una rigidez que no era solo por sus heridas, sus ojos no paraban de escanear cada esquina, cada guardia de las Naciones Unidas, cada cámara de segur