CAPITULO 8

El estruendo del disparo todavía rebotaba en las paredes de mi cráneo mientras el semental negro devoraba el camino, me aferré a las crines del animal, sintiendo el galope errático y potente bajo mis muslos, un ritmo que me recordaba que la muerte nos pisaba los talones. Detrás de nosotros, los gritos de Santiago se perdían entre el ruido de los motores de las camionetas que empezaban a rugir desde la casa principal, el viento me azotaba la cara, trayendo consigo el olor a pólvora y a tierra mojada, pero extrañamente, no sentía el mismo pánico paralizante que sentía en mi habitación, esto era real, el peligro tenía rostro, y no se escondía tras caricias fingidas. 

 

Mateo manejaba las riendas con una destreza que me dejaba sin aliento, guiando al caballo por senderos que apenas eran visibles entre la maleza cerrada. Su cuerpo, pegado al mío, era un muro de calor y firmeza que me impedía caer al vacío.

​—¡No mires atrás, Martina! —gritó él sobre el silbido del viento— agáchate, mantente pegada a mi espalda.

 

​Obedecí sin dudar, cerrando los ojos mientras las ramas de los pinos nos azotaban al pasar. Escuché otro motor, más cerca esta vez, las camionetas de Santiago no podían entrar de lleno en el bosque espeso, pero conocían los caminos perimetrales. Sabía que nos estaban rodeando, intentando cortarnos el paso antes de que llegáramos a la carretera vieja.

 

​—¡Van a disparar de nuevo! —chillé, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.

 

​—No se atreverán a matarte, no antes de recuperar esos papeles —respondió Mateo, virando bruscamente hacia un barranco que parecía el final de todo— ¡Sujétate fuerte!

 

​El caballo saltó un arroyo seco y aterrizamos con un impacto que me sacudió hasta los dientes, nos adentramos en una zona donde los árboles eran tan densos que la luz del sol apenas lograba filtrarse. Mateo detuvo al animal cerca de una formación rocosa, un hueco natural escondido tras una cortina de helechos gigantes. Bajó del caballo de un salto y me ayudó a descender, tomándome por la cintura. Sus manos temblaban un poco, pero sus ojos estaban encendidos con una determinación que me dio escalofríos.

 

​—Aquí estaremos a salvo unos minutos, los motores no pueden subir por esta ladera —dijo, jadeando, mientras amarraba al caballo a un tronco firme— Martina mírame.

 

​Me tomó el rostro con suavidad, tenía una mancha de sangre seca en la mejilla y el labio partido, pero nunca lo había visto tan presente, tan real.

 

​—¿Quién eres Mateo? —pregunté, sintiendo que las lágrimas finalmente brotaban— Un camarero no sabe montar así, ni forzar cajas fuertes, ni tiene ese aspecto de haber sobrevivido a mil guerras, me dijiste que nos amábamos, pero hay algo más ¿verdad?

 

​Mateo bajó la mirada por un segundo, apretando la mandíbula, se pasó la mano por el cabello revuelto y soltó un suspiro pesado que pareció cargar con años de secretos.

 

​—Mi nombre real es Mateo Russo, eso es cierto, pero no soy el hombre humilde que Santiago cree que soy —confesó, acercándose un paso más— Mi familia fue destruida por los Hidalgo hace años, Santiago cree que soy un aparecido, pero he pasado gran parte de mi vida infiltrado en círculos que él ni siquiera imagina. Mi identidad oculta es la de un hombre que se dedica a desmantelar imperios como el de él,  pero lo que te dije ayer es la única verdad que importa: me enamoré de ti antes de saber quién eras, y cuando me di cuenta de que eras una Montenegro, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

 

​—¿Estabas conmigo por venganza? —el corazón me dio un vuelco doloroso.

 

​—Al principio, tal vez —admitió con una honestidad que me desarmó— pero tú cambiaste todo, tú no eras como ellos.

 

Estabas dispuesta a denunciar a tu propia familia política con tal de hacer lo correcto, por eso Santiago intentó matarte Martina, no fue solo por el dinero, fue porque tú tenías el poder de enviarlo a la cárcel y no dudaste en usarlo. Un ruido de ramas quebrándose nos hizo guardar silencio de inmediato, a lo lejos, el sonido de los ladridos de perros empezó a filtrarse por el bosque. Perros de caza, Santiago no solo estaba usando hombres, estaba usando animales para rastrearnos.

 

​—Maldita sea Beatriz sacó a los perros —masculló Mateo, buscando algo en su mochila— Martina tienes que ser fuerte, lo que viene ahora va a ser difícil.

 

​—¿Qué vamos a hacer? No podemos quedarnos aquí —dije sintiendo que el frío del bosque empezaba a calarme los huesos a pesar del vestido de seda.

 

​—Vamos a usar el pozo de nuevo, pero no el que conoces —Mateo me tomó de la mano y me obligó a moverme— Hay una red de túneles viejos que conectan estas tierras desde la época de la revolución. Si logramos llegar a la entrada de la mina vieja, saldremos al otro lado de la montaña, donde tengo un coche esperando.

 

​Caminamos por el terreno irregular, tratando de no dejar rastro, pero el vestido blanco que Beatriz me había obligado a usar era como un faro en medio del bosque. Me arranqué jirones de la tela para poder moverme mejor, mis piernas se llenaron de arañazos y el lodo ensució mi calzado, pero me sentía viva. Cada paso era una victoria sobre la amnesia, cada esfuerzo físico me devolvía un trozo de la Martina que solía ser.

 

​Llegamos a una zona donde el aire olía a moho y a humedad antigua. Mateo apartó unas piedras grandes y reveló una abertura estrecha en la ladera.

 

​—Entra tú primero, yo cubriré la entrada —ordenó.

 

​Me deslicé por el hueco, sintiendo la oscuridad envolviéndome. El silencio dentro de la cueva era absoluto, roto solo por el goteo de agua a lo lejos, Mateo entró detrás de mí y encendió una pequeña linterna que proyectó sombras alargadas y fantasmales sobre las paredes de piedra.

 

​—Camina pegada a la pared, el suelo puede ser inestable —me advirtió.

 

​A medida que avanzábamos, el túnel se ensanchaba. De repente, Mateo se detuvo y me hizo una señal para que guardara silencio, escuchamos voces arriba de nosotros, voces que resonaban a través de las grietas del techo de la cueva.

 

​—¡Busquen en el arroyo! ¡Esa estúpida no pudo llegar lejos con el vestido que lleva! —era la voz de Santiago, distorsionada por el eco, pero cargada de una furia asesina.

 

​Me tapé la boca con las manos para no soltar un sollozo, estaba justo encima de nosotros, podía imaginarlo con su cara de ángel caído, apretando su arma, buscando el trofeo que creía poseer.

 

​—No nos encontrará aquí abajo —susurró Mateo al oído, su aliento cálido dándome un poco de paz— Sigamos, la salida está a unos doscientos metros.

 

​Caminamos en la penumbra, sorteando charcos y piedras sueltas, mi mente empezó a trabajar a mil por hora. Si lográbamos escapar, ¿qué pasaría después? Santiago tenía poder, tenía dinero y tenía a la policía local en su bolsillo. Mi palabra contra la suya no valdría nada, incluso con los papeles que Mateo había robado, necesitaba algo más, necesitaba recuperar mis recuerdos por completo, necesitaba la prueba definitiva del asesinato de mi padre.

 

​—Mateo, ¿dónde está el coche del accidente? —pregunté de repente, deteniéndome en seco.

 

​—Santiago lo mandó a un desguace privado en la ciudad vecina, pero sé que no lo han destruido todavía —respondió él, mirándome con curiosidad— ¿Por qué?

 

​—Porque el día que chocamos, yo llevaba una grabadora en el bolso, siempre la llevaba para mis entrevistas de trabajo. Si esa grabadora sigue ahí, tengo su voz confesando que cortó los frenos —dije, sintiendo que una pieza clave del pasado encajaba en mi cabeza.

 

​Mateo sonrió, y por primera vez, vi una chispa de esperanza real en su rostro.

 

​—Esa es mi Martina, la mujer inteligente y valiente de la que me enamoré.

 

​Llegamos al final del túnel, la luz de la tarde nos golpeó los ojos al salir a un camino de tierra descuidado. Allí, oculto bajo una lona, había un todoterreno viejo pero robusto, Mateo me ayudó a subir y arrancó el motor, el rugido del vehículo se sintió como un grito de guerra.

 

​Pero justo cuando íbamos a arrancar, un coche negro bloqueó el camino unos metros más adelante, no era una de las camionetas de Santiago, era un sedán elegante, y de él bajó un hombre que no había visto antes, pero que se parecía extrañamente a Santiago.

 

​—¿Quién es él? —pregunté, sintiendo que el nudo en mi garganta volvía a cerrarse.

 

​—Es el hermano mayor de Santiago, Julián Hidalgo —masculló Mateo, apretando el volante— El que realmente maneja los hilos, Santiago es solo el perro rabioso; Julián es el que pone la correa.

 

​El hombre se quedó allí, parado en mitad del camino, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tranquila, como si estuviera esperando a unos viejos amigos para tomar el té. Levantó una mano, haciendo una señal para que nos detuviéramos, mientras otros dos coches aparecían por detrás de nosotros. Estábamos rodeados de nuevo, pero esta vez no había túneles ni bosques donde esconderse.

 

​—Baja del coche, Mateo —dijo Julián con una voz suave que llegaba hasta nosotros a pesar de la distancia— y entrega a la señora Montenegro, podemos hacer esto de la manera fácil, o podemos dejar que Santiago se encargue de ustedes y créeme, mi hermano no tiene mucha paciencia hoy.

 

​Miré a Mateo, su rostro era una máscara de piedra, me tomó la mano con fuerza y me susurró algo que me heló la sangre.

 

​—Si las cosas se ponen feas, corre hacia el bosque y no mires atrás, yo los distraeré.

 

​—No te voy a dejar —dije, sintiendo que la Martina sumisa moría definitivamente en ese momento— Si caemos, caemos los dos, pero no les vamos a dar el gusto de vernos rendidos.

 

​Mateo me miró, sorprendido por mi firmeza, y asintió, metió la primera marcha y aceleró el motor, pero no para huir, sino para embestir.

 

​—Sujétate Martina, esto va a doler.

 

​El coche salió disparado hacia el bloqueo de Julián, y justo antes del impacto, vi la cara de sorpresa del hermano mayor de Santiago.

 

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP