Mundo ficciónIniciar sesiónLes dieron el mismo cargo, el mismo sueldo y el mismo plazo: un mes para demostrar quién merece quedarse arriba. Quien falle será secretario del otro… y luego los roles se invertirán. Entre reuniones, órdenes y miradas que no deberían existir, descubren que el verdadero riesgo no es perder el puesto… sino perder el corazón.
Leer más—¿Una… propuesta? —Elizabeth alzó una ceja. Seguía molesta, pero la curiosidad se le coló igual, traicionera.—Es un contrato —dijo Alejandro—. Ahí dejo por escrito que tengo prohibido acercarme a vos para sacarte información. Nada de tus clientes, nada de tu trabajo, nada de lo que hagas. También están adjuntas las pruebas de lo que hice antes… de cómo te traicioné.Elizabeth lo miró sin tocar el documento.—Las cláusulas dicen que, si incumplo cualquiera de esos puntos, vos decidís qué pasa conmigo —continuó, bajando apenas la voz—. El castigo que quieras. Y si volvés a sospechar de mí, tenés derecho a usar esas pruebas, a exponer todo y a hacer que me echen de la empresa sin que yo pueda defenderme.Se hizo un silencio espeso. Básicamente, si aceptaba, él quedaba en sus manos. Elizabeth leyó el contrato por encima y entendió algo que la descolocó más que cualquier mentira: Alejandro no estaba ofreciendo garantías, estaba entregándose.Sintió bronca. Pero también una lucidez fría, f
Elizabeth llegó con unos shorts de tela liviana y un canguro negro. Nada más. Sin esfuerzo. Lucía fresca, relajada, y Alejandro se quedó mirándola un segundo de más.Sin pedir permiso, le vino a la cabeza otra época: cinco años atrás, las meriendas largas, las charlas sobre la empresa, los planes dichos en voz baja. Ella siempre vestida así. Simple. Real. Tan distinta de las mujeres de su entorno, esas que no salían de casa sin estar impecables.—Bueno… heme aquí —dijo ella, con una sonrisa apenas nerviosa—. ¿Entramos?Elizabeth sabía que no iba vestida para un bar, pero no le importaba. No estaba ahí para impresionar a nadie.—Ehm… en realidad estaba pensando en ir a otro lado —dijo Alejandro—. Si no te molesta. Si me seguís hasta el auto, te explico.Ella lo miró, desconcertada. Dudó apenas un segundo y lo siguió, más por curiosidad que por confianza.En el estacionamiento, Alejandro abrió el baúl. Sacó dos reposeras, una mesita plegable y el equipo de mate.—¿Vamos? —dijo, ahora sí
Elizabeth abrió los ojos como si la estuviera llamando alguien desde el mas allá. —¿Cómo conseguiste mi número? —preguntó, cansada, sin molestarse en disimularlo.Daniela la miró con intriga y le hizo señas desesperadas para que pusiera el altavoz.—Me lo pasó Iván —respondió él—. Necesitaba decirte gracias.Elizabeth apretó la mandíbula.—Bueno, de nada —dijo, seca—. Ya está. ¿Algo más?Del otro lado, él suspiró. Se hizo una larga pausa donde ninguno de los tres emitió sonido.—¿Podemos vernos? —preguntó Alejandro al fin.—No creo que sea buena idea —respondió Elizabeth, rápida, casi automática.Elizabeth miró a su amiga, que observaba la escena como si estuviera viendo el mejor episodio de una serie. El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes. Daniela saltaba por los sillones, haciéndole señas de que dijera que sí, mientras Elizabeth la miraba con enojo y respondía que no con la cabeza. De repente, Daniela se abalanzó sobre el celular y se pusieron a forcejear.En el for
Después de una larga y necesaria ducha, Elizabeth se puso el pijama y se dirigió hacia su cama, solo para encontrarse a Alejandro durmiendo en ella. Había rastros de cosas chocadas por el camino, lo que dejaba en claro que se había tambaleado hasta allí desde el comedor.—Ah no, eso sí que no —murmuró. Con la poca energía que le quedaba, le dio una patada firme que lo hizo rodar al piso. Alejandro gruñó apenas, más por el golpe que por la caída, y siguió durmiendo como si nada.—Vaya borrachera… —pensó ella. Desconectó el celular, miró la hora —las seis de la mañana— y se dejó caer en la cama. Luchar contra el cansancio ya no tenía sentido y, en ese estado, Alejandro no representaba ningún peligro. El sueño la atrapó casi de inmediato.A las nueve, la puerta del departamento se abrió con cuidado. Daniela entró primero, seguida de Iván. Al no ver a nadie en el comedor, se dirigieron hacia la habitación.—¿Vos estás viendo lo mismo que yo? —preguntó Daniela, sin saber si estar encantada
Tan pronto como tuvo el celular de Alejandro en las manos, Elizabeth marcó el número de Iván. Un tono, dos tonos…—¿¡ELI!? ¿ELI, SOS VOS?—¿¡DANIELA!? ¡TE VOY A MATAR, NENA! ¿SE PUEDE SABER DÓNDE ESTÁS? ¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCA! ¿POR QUÉ TE FUISTE SIN AVISAR?Elizabeth no se dio cuenta, pero estaba gritando. Y mucho. Ulises se reía, completamente fascinado de verla tan alterada, porque sabía que en el fondo ella no estaba enojada, sino asustada.—Eli, vas a despertar a todo el edificio —susurró en su oído.Ese acercamiento inesperado la sacó del trance del enojo. Elizabeth se sonrojó y se dio cuenta de que tenía que calmarse.—¿ELI, ME ESCUCHÁS BIEN? Perdón, no sé por qué grito. Acá todos me están mirando como si estuviera loca —dijo, entre risas nerviosas.Elizabeth escuchaba a Daniela reírse y no podía creer que no se diera cuenta de la gravedad de la situación.—Dani, ¿se puede saber dónde estás?—¿El barman no te lo dijo? Uf, ese idiota. Le dije que te avisara que nos íbamos con I
No es que Elizabeth estuviera tan borracha como para no manejar, pero estaba agotada. Vacía. La pelea con Alejandro —dos discusiones en un mismo día—, el reencuentro, la cachetada, la adrenalina de conocer a Ulises y la desaparición de Dani la habían dejado sin resto. Para su suerte —y, en ese punto, también para la de Alejandro—, Ulises solo había tomado un par de tragos antes de acercarse a ella. Prácticamente no había bebido en toda la noche.Cuando llegaron al departamento, Elizabeth dormía profundamente. Ulises apagó el motor y se quedó un segundo mirándola, dudando. No quería asustarla. No quería que despertara y se encontrara con un desconocido en su auto.—Eli… —dijo en voz baja—. Eli, ya llegamos.Le apartó con cuidado unos mechones de pelo que le caían sobre la cara. Dormida parecía más frágil. Le pareció linda de una manera real. Entonces se dio cuenta de que quería conocerla así: despierta, sobria, sin ruido alrededor. No quería que fuera algo de una sola noche.Elizabeth
Último capítulo