Mundo ficciónIniciar sesiónLes dieron el mismo cargo, el mismo sueldo y el mismo plazo: un mes para demostrar quién merece quedarse arriba. Quien falle será secretario del otro… y luego los roles se invertirán. Entre reuniones, órdenes y miradas que no deberían existir, descubren que el verdadero riesgo no es perder el puesto… sino perder el corazón.
Leer másElizabeth se despertó diez minutos antes de que sonara la alarma.
Abrió los ojos y esbozo una sonrisa que no pudo evitar. Hoy anunciarían los ascensos. Cinco años de esfuerzo, noches en vela frente a la notebook y presentaciones impecables daban fe de que si alguien debía obtener ese puesto era ella. —Hoy es mi día —murmuró, estirándose en la cama Pero primero, debía arreglarse. Apretó play en su celular y “Bussiness Woman” sonó en el reproductor. Tenía la suerte de haber pasado por la peluquería la semana anterior. Su sueldo era módico, nada extravagante, pero todos los meses se aseguraba dos lujos innegociables: su turno en la peluquería y el spa de uñas. El teléfono sonó y la pantalla se iluminó con un nombre que siempre le traía calma: Daniela. Sonrió antes incluso de leer el mensaje; su mejor amiga jamás fallaba en aparecer en los momentos importantes. -“Vení tranquila. Si no te dan el ascenso, siempre está la opción de prender fuego la oficina.” Elizabeth soltó una risa. -“No hace falta. Yo sé que el puesto es mío. Y cuando lo anuncien, ¡vamos a festejar al 7mo Piso!, respondió. Se puso su blazer favorito y salió. La oficina estaba extrañamente silenciosa cuando llegó, lo que le resultaba inquietante, más para una persona de nervios fáciles. — ¡Eli! —la llamó Daniela desde su asiento, moviendo la mano con energía para que la viera entre la multitud—. ¡Acá! Elizabeth la vio y caminó hacia ella, sintiendo cómo la ansiedad se mezclaba con la emoción del momento. Apenas se miraron, entendieron que algo estaba pasando. —Esto no es solo por los ascensos —susurró Daniela—. Mirá las caras de los de Recursos Humanos. Parece velorio. —No me asustes —respondió Eli en voz baja, apretando la carpeta contra el pecho—. Hoy deberían estar anunciando cosas buenas. En ese momento, el supervisor de Elizabeth la divisó entre la gente. Se acercó con paso rápido, serio, y a Elizabeth esta vista le revolvió el estómago. - Cabrera, necesito que te prepares y le avises al personal del departamento que se dirijan hacia el lobby principal, nos dirigimos a Sede Central. — ¿Sede central? —repitió Elizabeth. —Sí, Srta. Cabrera —respondió su supervisor con gesto serio——. No sé el motivo pero a quienes pregunten, solo infórmeles que es una decisión de la directiva y que no se sabe nada más. Sede central. No era cualquier cosa. No se movía a todo el personal por un simple anuncio. Eso implicaba algo grande… muy grande. Elizabeth tragó saliva. Para cuando volvió con Daniela, parecía más haber visto un fantasma que recibido un ascenso. —Eli, me estás asustando… estás blanca como un cadáver —susurró Daniela, mirándola con preocupación. —Por Dios, Dani, no me pongas más nerviosa de lo que ya estoy, por favor —respondió Elizabeth, intentando forzar una sonrisa mientras sentía las manos frías. Daniela le apretó el brazo con suavidad, en un gesto de apoyo. —Bueno bueno che —dijo—. Lo que sea que haya pasado, lo vamos a resolver las dos juntas. Ahora contame que me estoy muriendo de la intriga ¿Qué te dijo el Sr. Ramirez?—¿Una… propuesta? —Elizabeth alzó una ceja. Seguía molesta, pero la curiosidad se le coló igual, traicionera.—Es un contrato —dijo Alejandro—. Ahí dejo por escrito que tengo prohibido acercarme a vos para sacarte información. Nada de tus clientes, nada de tu trabajo, nada de lo que hagas. También están adjuntas las pruebas de lo que hice antes… de cómo te traicioné.Elizabeth lo miró sin tocar el documento.—Las cláusulas dicen que, si incumplo cualquiera de esos puntos, vos decidís qué pasa conmigo —continuó, bajando apenas la voz—. El castigo que quieras. Y si volvés a sospechar de mí, tenés derecho a usar esas pruebas, a exponer todo y a hacer que me echen de la empresa sin que yo pueda defenderme.Se hizo un silencio espeso. Básicamente, si aceptaba, él quedaba en sus manos. Elizabeth leyó el contrato por encima y entendió algo que la descolocó más que cualquier mentira: Alejandro no estaba ofreciendo garantías, estaba entregándose.Sintió bronca. Pero también una lucidez fría, f
Elizabeth llegó con unos shorts de tela liviana y un canguro negro. Nada más. Sin esfuerzo. Lucía fresca, relajada, y Alejandro se quedó mirándola un segundo de más.Sin pedir permiso, le vino a la cabeza otra época: cinco años atrás, las meriendas largas, las charlas sobre la empresa, los planes dichos en voz baja. Ella siempre vestida así. Simple. Real. Tan distinta de las mujeres de su entorno, esas que no salían de casa sin estar impecables.—Bueno… heme aquí —dijo ella, con una sonrisa apenas nerviosa—. ¿Entramos?Elizabeth sabía que no iba vestida para un bar, pero no le importaba. No estaba ahí para impresionar a nadie.—Ehm… en realidad estaba pensando en ir a otro lado —dijo Alejandro—. Si no te molesta. Si me seguís hasta el auto, te explico.Ella lo miró, desconcertada. Dudó apenas un segundo y lo siguió, más por curiosidad que por confianza.En el estacionamiento, Alejandro abrió el baúl. Sacó dos reposeras, una mesita plegable y el equipo de mate.—¿Vamos? —dijo, ahora sí
Elizabeth abrió los ojos como si la estuviera llamando alguien desde el mas allá. —¿Cómo conseguiste mi número? —preguntó, cansada, sin molestarse en disimularlo.Daniela la miró con intriga y le hizo señas desesperadas para que pusiera el altavoz.—Me lo pasó Iván —respondió él—. Necesitaba decirte gracias.Elizabeth apretó la mandíbula.—Bueno, de nada —dijo, seca—. Ya está. ¿Algo más?Del otro lado, él suspiró. Se hizo una larga pausa donde ninguno de los tres emitió sonido.—¿Podemos vernos? —preguntó Alejandro al fin.—No creo que sea buena idea —respondió Elizabeth, rápida, casi automática.Elizabeth miró a su amiga, que observaba la escena como si estuviera viendo el mejor episodio de una serie. El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes. Daniela saltaba por los sillones, haciéndole señas de que dijera que sí, mientras Elizabeth la miraba con enojo y respondía que no con la cabeza. De repente, Daniela se abalanzó sobre el celular y se pusieron a forcejear.En el for
Después de una larga y necesaria ducha, Elizabeth se puso el pijama y se dirigió hacia su cama, solo para encontrarse a Alejandro durmiendo en ella. Había rastros de cosas chocadas por el camino, lo que dejaba en claro que se había tambaleado hasta allí desde el comedor.—Ah no, eso sí que no —murmuró. Con la poca energía que le quedaba, le dio una patada firme que lo hizo rodar al piso. Alejandro gruñó apenas, más por el golpe que por la caída, y siguió durmiendo como si nada.—Vaya borrachera… —pensó ella. Desconectó el celular, miró la hora —las seis de la mañana— y se dejó caer en la cama. Luchar contra el cansancio ya no tenía sentido y, en ese estado, Alejandro no representaba ningún peligro. El sueño la atrapó casi de inmediato.A las nueve, la puerta del departamento se abrió con cuidado. Daniela entró primero, seguida de Iván. Al no ver a nadie en el comedor, se dirigieron hacia la habitación.—¿Vos estás viendo lo mismo que yo? —preguntó Daniela, sin saber si estar encantada





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