El olor a caucho quemado y pólvora mojada se había convertido en nuestra nueva atmósfera, una bruma espesa que se pegaba a la ropa y nos recordaba que el país que conocíamos ya no existía más, el todoterreno saltaba sobre los baches de la carretera secundaria mientras los destellos de las explosiones en el horizonte iluminaban el rostro de Julián, quien permanecía en silencio, con la mirada perdida en un paisaje que para él era tan extraño como otro planeta. A mi lado, Mateo apretaba el volante