CAPITULO 4

El comedor de la mansión Hidalgo parecía una puesta en escena perfecta, pero para mí, cada candelabro de plata y cada arreglo de flores se sentía como parte de un funeral. Santiago me llevaba del brazo, apretándome con una posesividad que ya empezaba a dejarme marcas invisibles, mientras su familia nos observaba desde la mesa larga de roble.

 

​—Hijo, finalmente traes a Martina a la mesa, pensamos que la tendrías escondida para siempre —dijo la mujer de cabello canoso, su madre, doña Beatriz. Sus ojos eran dos rendijas frías que me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello como si buscara un defecto en la joya que su hijo acababa de recuperar.

 

​—Solo quería que descansara madre, el accidente fue muy fuerte, pero Martina es una mujer resistente, ¿verdad, amor? —Santiago me miró, esperando mi aprobación.

 

​—Hago lo que puedo Santiago —respondí con la voz más baja que pude, tratando de evitar el contacto visual con los primos de Santiago, que murmuraban entre ellos mientras bebían vino.

 

​La cena fue un desfile de hipocresía,  me hablaban como si yo fuera una niña pequeña que no entendía nada, recordándome anécdotas de mi pasado que sonaban falsas, demasiado perfectas para ser reales. Decían que yo era una mujer callada, que adoraba estar en casa y que mi única ambición era casarme con Santiago. Sin embargo, mientras me llevaban el tenedor a la boca, mi mente gritaba que eso no era cierto. Yo sentía una urgencia de correr, de debatir, de usar mi voz, pero cada vez que intentaba decir algo más complejo, Santiago me interrumpía con una caricia en el hombro que me silenciaba de inmediato.

 

​Fue entonces cuando lo vi de nuevo. Mateo estaba en un rincón, sosteniendo una bandeja de plata, moviéndose con una agilidad que no encajaba con la de un simple camarero, sus ojos no se despegaron de mí ni un segundo. Cuando se acercó a nuestra posición para servir el vino, nuestras miradas se cruzaron, no fue un encuentro casual; fue un choque eléctrico. En sus ojos no había la lástima que veía en los demás, sino una rabia contenida y un reconocimiento profundo. Al servir el vino en mi copa, Mateo se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.

 

​—No bebas de la copa de Santiago —susurró, tan rápido que creí haberlo imaginado.

 

​Me quedé helada, con la mano suspendida en el aire, miré la copa que Santiago acababa de intercambiar conmigo por caballerosidad, sentí un escalofrío. ¿Me estaba drogando? ¿Era así como me mantenía confundida y dócil? Dejé la copa intacta y fingí un dolor de cabeza repentino.

 

​—Me siento un poco mareada Santiago, creo que el aire del comedor me está afectando —dije, tratando de sonar lo más frágil posible.

 

​—Es normal querida, la recuperación es lenta —respondió Beatriz con una sonrisa que no le llegaba a los ojos— Santiago llévala al jardín un momento para que tome aire, pero no te alejes de la casa, ya sabes que el médico prohibió los esfuerzos.

 

​Santiago me guio hacia los jardines traseros. La noche estaba fresca, y el aroma del jazmín debería haber sido relajante, pero para mí era el olor de mi encierro. Caminamos por los senderos de piedra, y yo sentía su mano como una cadena en mi cintura.

 

​—Quédate aquí un momento Martina, voy a buscarte un chal, no quiero que pesques un resfriado —dijo él, soltándome por fin.

 

​En cuanto se alejó hacia la casa, me adentré un poco más en la oscuridad, lejos de la luz de los ventanales. Mis pies me llevaron casi por instinto hacia el límite de la propiedad, donde la cerca de madera se perdía entre los arbustos de rosas. Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.

 

​—Martina —la voz salió de las sombras, baja y urgente.

 

​Me giré bruscamente y allí estaba él, Mateo Russo se había despojado de la chaqueta de camarero y me miraba desde el otro lado de la cerca con una intensidad que me cortaba la respiración.

 

​—¿Quién eres? —le pregunté, acercándome a la madera vieja— ¿Por qué me sigues? ¿Por qué me miras como si me conocieras?

 

​Mateo estiró la mano, pero no intentó tocarme, como si respetara el espacio que yo necesitaba.

 

​—Te conozco mejor de lo que tú misma te conoces ahora Martina —dijo con una amargura que me dolió en el pecho— Lo que te están diciendo en esa casa es una mentira detrás de otra, no eres la mujer sumisa que Santiago quiere que creas.

 

​—Él dice que soy su prometida, que tuvimos un accidente... —las palabras salían con dificultad de mi boca. Mateo soltó una risa seca, carente de humor.

 

​—Tuviste un accidente porque estabas escapando de él, ese día ibas a dejarlo Martina, ibas a buscarme porque habías descubierto lo que Santiago Hidalgo es capaz de hacer. Tú no eres quien él dice, tú eres una mujer que no se deja pisotear, una mujer que estaba a punto de recuperar su libertad.

 

​—¿Cómo puedo creerte? —susurré, sintiendo que el mundo se tambaleaba bajo mis pies.

 

​—Porque él está quemando tus documentos, porque te encierra bajo llave y porque te mira como si fueras un objeto que le pertenece —Mateo dio un paso más cerca, sus ojos brillando bajo la luz de la luna— Escúchame bien, no falta mucho para que te des cuenta por ti misma, pero hasta entonces, tienes que fingir, no dejes que sepa que estás dudando.

 

​—¡Martina! —la voz de Santiago resonó desde la terraza, cargada de una autoridad que me hizo saltar.

 

​—Tengo que irme —dije, mirando hacia atrás con terror.

 

​—Mañana a la misma hora, cerca del viejo pozo —susurró Mateo antes de fundirse con la oscuridad del bosque como si nunca hubiera estado allí.

 

​Caminé de regreso hacia la luz, tratando de recomponer mi rostro, Santiago me esperaba con un chal de seda negra en las manos. Su expresión era ilegible, pero cuando me puso el chal sobre los hombros, sus dedos rozaron mi cuello y sentí que una serpiente se deslizaba sobre mi piel.

 

​—¿Con quién hablabas Martina? —preguntó, sus ojos buscaban algo en la oscuridad detrás de mí.

 

​—Con nadie Santiago, solo estaba tratando de recordar el nombre de estas flores —mentí, y me sorprendió lo natural que me salió la voz.

 

​Él me miró fijamente por unos segundos que se sintieron como horas. Luego sonrió, pero era una sonrisa que no tenía calidez, solo control.

 

​—Qué bueno que te gusten las flores, porque voy a llenar toda la iglesia con ellas para nuestra boda —me tomó de la mano y me obligó a caminar de regreso a la mansión— Entremos, hace frío y no quiero que tu cabecita se llene de ideas extrañas.

 

​Esa noche, mientras me quedaba sola en la habitación escuchando de nuevo el clic de la cerradura, no lloré. Me senté en el borde de la cama y saqué el pequeño papel que había encontrado antes, lo apreté con fuerza. Ahora sabía que tenía una misión, Santiago Hidalgo creía que me había roto, pero Mateo Russo me había recordado que yo era una mujer que sabía luchar. El hombre del jardín decía la verdad, podía sentirlo en la forma en que mi sangre reaccionaba a su presencia. Santiago era mi captor, y Mateo era mi único puente hacia la verdad, pero ¿quién era Mateo Russo realmente y por qué estaba arriesgando su vida entrando en la boca del lobo solo para hablarme?

 

​Dormí con un ojo abierto, esperando el momento en que las sombras de la habitación me dijeran quién era yo realmente, mientras el fantasma de la Martina de la foto seguía gritándome que huyera antes de que fuera demasiado tarde.

 

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