Velo De Traición
Velo De Traición
Por: Eliana Guedez
CAPITULO 1

​El silencio en la habitación era tan pesado que podía sentirlo aplastándome el pecho. Lo primero que percibí no fue la luz, sino el olor; ese aroma metálico, frío y estéril que solo tienen los hospitales. Intenté mover los dedos de la mano derecha, pero sentí un peso muerto sobre ellos. Mis párpados pesaban como si alguien les hubiera puesto plomo, y cuando finalmente logré abrirlos, la claridad del techo me obligó a soltar un quejido seco, una vibración áspera que me raspó la garganta.

 

​—Despacio amor mío, muy despacio, no fuerces la vista todavía —dijo una voz profunda, aterciopelada, que cargaba una preocupación casi excesiva.

 

​Sentí una mano cálida envolviendo la mía, pero en el momento en que su piel tocó la mía, un calambre eléctrico me recorrió la columna. No fue una descarga de placer, sino una señal de alarma, un grito silencioso de mis nervios ordenándome que me alejara. Traté de retirar la mano por puro instinto, pero él la apretó con más fuerza, aunque con una suavidad engañosa.

 

​Cuando mi visión se aclaró, lo vi. Tenía un rostro que cualquier mujer consideraría una obra de arte: mandíbula marcada, ojos oscuros y una sonrisa que pretendía ser reconfortante. Era Santiago Hidalgo, lo supe porque él lo dijo de inmediato, pero en mi mente no había ni un solo rastro de su nombre, de su cara o de los momentos que supuestamente habíamos compartido.

 

​—¿Dónde estoy? —mi voz sonó como si hubiera estado tragando cristales rotos.

 

​—En el hospital Martina, tuviste un accidente terrible —respondió él, acercándose tanto que pude oler su perfume caro, una mezcla de madera y algo amargo que me revolvió el estómago— Casi te pierdo mi vida, Dios sabe que no habría podido seguir sin ti.

 

​Él se inclinó para besar mi frente, y juro que tuve que apretar las sábanas para no gritar. Mi corazón comenzó a golpear contra mis costillas con una violencia errática. El monitor a mi lado empezó a pitar con más rapidez, delatando mi agitación.

 

​—¿Quién eres? —logré articular, aunque me dolía el alma admitir aquel vacío en mi cabeza.

 

​Santiago se quedó helado por un segundo, y por un breve instante, vi algo cruzar sus ojos. No fue tristeza, fue una chispa de molestia, un destello de control que se le escapaba de las manos, pero desapareció tan rápido que pensé que era una alucinación de mi cerebro dañado.

 

​—Soy Santiago, tu prometido —dijo, volviendo a esa máscara de ternura— Martina Montenegro, somos la pareja más feliz de esta ciudad, o lo éramos hasta que ese maldito coche se salió de la carretera, pero no te preocupes por nada ahora, yo estoy aquí para cuidarte, para ser tu memoria hasta que recuperes la tuya.

 

​Él llevó mi mano a sus labios y me besó los nudillos. Miré el anillo de diamante que brillaba en mi dedo anular. Era hermoso, pesado, pero lo sentía como un grillete. Mientras él me hablaba de nuestra boda próxima y de lo mucho que me amaba, yo solo podía mirar hacia la ventana. Sentía que mi vida era una casa vacía y que este hombre estaba tratando de llenarla con muebles que no me pertenecían.

​Una enfermera entró para revisar mis signos, y aproveché ese segundo de distracción para soltarme de su agarre. Santiago me miró con una intensidad que me hizo encoger los hombros.

 

​—Señor Hidalgo por favor, déjenos un momento para examinar a la paciente —pidió la mujer con amabilidad.

 

​—Es mi mujer, no la voy a dejar sola —respondió él, y el tono de su voz cambió a algo mucho más autoritario, algo que no encajaba con el hombre dulce de hace un momento.

 

​—Solo serán cinco minutos Santiago —dije yo, intentando que mi voz no temblara— Por favor.

 

​Él me miró fijamente, como si estuviera decidiendo si me daba permiso o no. Finalmente, asintió y se levantó, pero antes de salir, se inclinó hacia mi oído y me susurró con un aliento frío.

 

​—No te esfuerces en recordar demasiado rápido Martina, a veces el pasado es mejor dejarlo donde está.

 

​Cuando la puerta se cerró tras él, el pitido de mi corazón se calmó un poco, pero el miedo no se fue. Me miré las manos y las sentí extrañas, como si no fueran mías. ¿Por qué mi cuerpo le temía al hombre que se suponía que más me amaba? La respuesta no estaba en mi cabeza, pero sabía que estaba en algún lugar, escondida bajo el rastro de sangre que había dejado el accidente.

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