La luz de la mañana entró por los ventanales con una crueldad que me obligó a esconderme bajo las sábanas. No quería despertar, porque despertar significaba aceptar que mi vida era un escenario de cartón piedra y que el hombre que dormía en la habitación de al lado, o quizás vigilando tras la puerta, era mi carcelero. Me dolía el cuerpo, una fatiga sorda que no venía del cansancio físico, sino del esfuerzo mental de mantener mi máscara de porcelana intacta. Me levanté y caminé hacia el espejo, me miré las manos, buscando alguna señal, algún rastro de la Martina que Mateo Russo decía conocer. Él me había dicho que yo no era sumisa, que yo era una mujer que luchaba. Toqué el cristal, siguiendo el contorno de mi rostro, y por primera vez en días, no vi a una víctima, vi a una extraña que estaba empezando a despertar. El sonido de la llave girando me hizo dar un salto. Me senté rápidamente en el borde de la cama, tratando de parecer somnolienta y confundida. Santiago entró con una bandeja de plata, luciendo una sonrisa que no me llegó a engañar.
—Buenos días, mi vida —dijo, dejando el desayuno sobre mis piernas— Hoy te ves mucho mejor, el color ha vuelto a tus mejillas.
—He dormido bien Santiago —mentí, sintiendo cómo se me revolvía el estómago ante el olor del café, preguntándome si esta vez también habría algo mezclado en la bebida— ¿Puedo salir hoy? Me gustaría caminar por el jardín, el aire de la noche me sentó bien.
Santiago se detuvo mientras servía el jugo, sus movimientos se volvieron lentos, casi calculados. Se sentó a mi lado y me puso una mano en la rodilla, un gesto que pretendía ser cariñoso pero que se sentía como una advertencia.
—Me alegra que quieras salir, pero los médicos insisten en que el sol directo no es bueno para tu recuperación cerebral Martina —suspiró, con ese tono de falsa preocupación que me daba ganas de gritar— Además, hay trabajadores nuevos en la hacienda, gente de fuera, y no me siento cómodo sabiendo que estás sola con desconocidos merodeando.
—Solo será un momento, no me alejaré de la vista de los guardias —insistí, tratando de no sonar desesperada.
Él me miró fijamente, escrutando mi rostro en busca de alguna grieta en mi historia.
—Está bien, pero irás con Rosa, la ama de llaves, ella te acompañará para asegurarse de que no tropieces, no quiero más accidentes en esta familia,
Martina, ya hemos sufrido suficiente.
Asentí, aceptando la vigilancia, sabía que Rosa era los ojos y oídos de Santiago, pero también sabía que nadie podía estar alerta cada segundo del día. Desayuné bajo su mirada vigilante, obligándome a tragar cada bocado como si fuera una medicina amarga.
Alrededor de las once de la mañana, salí al jardín, Rosa caminaba dos pasos detrás de mí, en un silencio sepulcral que solo se rompía por el crujir de sus zapatos sobre la grava. La hacienda Hidalgo era inmensa, un laberinto de setos podados con una precisión quirúrgica que me hacía sentir asfixiada, caminamos cerca de los rosales, pero mis ojos buscaban otra cosa: el viejo pozo que Mateo había mencionado.
—Rosa ¿hacia dónde queda la parte vieja de la propiedad? —pregunté, señalando un sendero que parecía menos cuidado.
—Allá no hay nada que ver señora, solo maleza y estructuras viejas que el patrón quiere demoler —respondió ella con una voz seca, sin emoción— Es peligroso, podría haber serpientes.
—Solo quiero ver algo que no sea tan... perfecto —dije, tratando de sonar caprichosa— Me aburro de ver siempre lo mismo.
Logré que avanzáramos unos metros más hacia el lindero del bosque, el terreno empezó a volverse irregular, y las flores cultivadas dieron paso a pinos altos y sombras largas. A lo lejos, entre la maleza, vi una estructura de piedra circular, cubierta de hiedra. Era el pozo, mi corazón dio un vuelco, pero mantuve la calma.
—Me cansé Rosa, ¿podrías ir por un poco de agua fría? Siento que el calor me está bajando la presión —me senté en un banco de piedra, fingiendo un ligero desmayo. La mujer dudó, miró hacia la casa y luego hacia mí, su lealtad a Santiago luchaba con su deber de cuidarme.
—No tardaré señora, quédese justo aquí, no se mueva.
En cuanto su figura desapareció tras los arbustos altos, me levanté y corrí. No me importó que las ramas me rasguñaran los brazos o que el vestido se enganchara en las espinas. Llegué al pozo jadeando, con los pulmones ardiéndome.
—¿Mateo? —susurré, mirando a mi alrededor.
El bosque parecía vacío, solo el sonido de las cigarras rompía el silencio, sentí una punzada de decepción ¿Y si todo había sido una alucinación? ¿Y si Santiago tenía razón y yo estaba perdiendo la cabeza? Me apoyé en el borde del pozo, sintiendo la piedra fría contra mis palmas, y cerré los ojos intentando recordar.
—Viniste —la voz de Mateo surgió de mi derecha, estaba apoyado contra el tronco de un pino, observándome con una mezcla de admiración y alivio.
—Tengo poco tiempo, Rosa volverá en cualquier momento —dije, acercándome a él— Dime la verdad, Mateo, ¿quién eres tú para mí? ¿Por qué Santiago te tiene tanto miedo?
Mateo se acercó, y esta vez no se detuvo hasta estar a pocos centímetros de mí. Pude ver las cicatrices pequeñas en sus manos y la profundidad de su mirada, una mirada que me hacía sentir segura, algo que nunca sentía con Santiago.
—No me tiene miedo a mí Martina, le tiene miedo a lo que tú representas cuando estás conmigo —él tomó aire, como si lo que fuera a decir le pesara— Yo no soy un camarero, ni un extraño, soy la persona que te estaba ayudando a esconder los documentos que probaban que Santiago ha estado desviando fondos de la herencia de tu familia, los Montenegro.
—¿Mi familia tiene dinero? —pregunté, confundida. Santiago me había dicho que yo no tenía a nadie, que él me mantenía por puro amor.
—Tu familia es dueña de las tierras que Santiago tanto desea —respondió Mateo con firmeza— Martina escúchame bien, el accidente no fue un error del conductor. Tú descubriste que él te estaba envenenando lentamente para que firmaras unos poderes legales, y cuando intentaste huir con las pruebas, él te sacó de la carretera.
Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo una presión insoportable. Las imágenes empezaron a parpadear en mi mente: luces de coches, un grito, el olor a gasolina y la cara de Santiago, fría como el mármol, mirándome a través del parabrisas roto antes de que todo se volviera negro.
—Él intentó matarme —susurré, y las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas— Él me empujó.
—Sí —dijo Mateo, y por primera vez puso su mano sobre la mía, dándome un calor que me devolvió a la realidad— Y ahora te tiene aquí encerrada para terminar lo que empezó, esperando a que recuperes la memoria lo suficiente para firmar esos papeles antes de deshacerse de ti para siempre.
—¿Por qué me ayudas Mateo? ¿Qué ganas tú con todo esto? —lo miré a los ojos, buscando una mentira, pero solo encontré una honestidad brutal. Mateo guardó silencio por un segundo, y su expresión se suavizó tanto que me dolió.
—Porque te amo Martina —confesó con una voz rota— Porque antes de que todo esto pasara, tú y yo habíamos prometido que saldríamos de esta juntos, yo no soy solo un aliado, yo era el hombre al que ibas a elegir.
Un trueno lejano resonó en el cielo, y el viento empezó a agitar los pinos. La revelación me golpeó más fuerte que cualquier golpe físico. Mi cuerpo no reaccionaba con pánico ante Mateo porque él era mi hogar, el recuerdo que Santiago no había podido borrar de mi sangre.
—¡Señora Martina! —el grito de Rosa desde la distancia me hizo volver a la realidad.
—Tienes que irte —dijo Mateo, soltando mi mano con renuencia— No dejes que sospeche, sigue fingiendo Martina, mañana intentaré hacerte llegar algo, una prueba que no podrá negar, confía en tu instinto, no en sus palabras.
Él desapareció entre las sombras justo cuando Rosa apareció por el sendero, con la cara roja por el esfuerzo y un vaso de agua temblando en su mano.
—¡Señora! Me dio un susto de muerte, le dije que no se moviera —me regañó, acercándose para inspeccionarme.
—Lo siento Rosa, vi una mariposa hermosa y me distraje —dije, limpiándome las lágrimas rápidamente y poniendo mi mejor cara de confusión— Vamos a la casa, me duele un poco la cabeza.
Caminamos de regreso, pero cada paso que daba me alejaba de la Martina sumisa. Al entrar a la mansión, Santiago nos esperaba en el vestíbulo, con los brazos cruzados y una expresión que me heló la sangre. Miró mis zapatos sucios de barro y luego me miró a los ojos.
—Parece que te divertiste mucho en el sector viejo Martina —dijo con una voz suave, demasiado suave— Rosa dice que te perdiste por unos minutos.
—Solo fue un momento Santiago, el pozo me pareció curioso —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
Él se acercó y me tomó del mentón, obligándome a mirarlo, qus ojos buscaban cualquier señal de traición.
—Ese pozo es profundo Martina, y muy oscuro, no querría que volvieras a caerte en un lugar donde nadie pueda oír tus gritos —me soltó con brusquedad— Ve a tu habitación, he decidido que a partir de mañana, no saldrás más al jardín, es por tu seguridad.
Subí las escaleras sintiendo su mirada clavada en mi espalda, ya no tenía dudas, estaba en una guerra por mi vida, y aunque estaba sola en esa habitación cerrada, ahora sabía que fuera de esos muros, alguien me amaba de verdad. Me acosté en la cama, mirando el techo, esperando que la noche me trajera más fragmentos de mi pasado, pero lo que no esperaba era que, al mover la almohada, encontraría algo que no estaba allí antes: un pequeño frasco de vidrio con un líquido transparente y una nota con la caligrafía de Santiago.
“Para que duermas profundamente, mi pequeña Martina, para que no vuelvas a soñar con cosas que no existen.”
El miedo volvió, pero esta vez fue diferente, ya no era un miedo que me paralizaba, era un miedo que me daba fuerza. Santiago Hidalgo creía que me tenía bajo su control, pero no sabía que Martina Montenegro acababa de recordar cómo defenderse.