El eco de aquel golpe seco todavía retumbaba en las paredes de madera de la cabaña mientras yo mantenía los ojos apretados, esperando una muerte que no llegó, cuando finalmente me atreví a abrirlos, el aire frío de la noche me golpeó la cara, mezclado con el olor a pólvora y tierra húmeda. Santiago estaba en el suelo, retorciéndose de dolor, mientras Mateo, haciendo un esfuerzo sobrehumano a pesar de su herida, lo mantenía sometido con la rodilla sobre su espalda. La escopeta había volado lejos