CAPITULO 6

El frasco de vidrio brillaba sobre la mesita de noche como una amenaza silenciosa, me quedé mirándolo durante lo que parecieron horas, sintiendo cómo el frío de la habitación se me metía en los huesos. Santiago quería que durmiera, pero no era un sueño reparador lo que buscaba para mí, sino un vacío, una oscuridad donde mis recuerdos no pudieran florecer. Si me tomaba ese líquido, mañana sería otra vez la mujer dócil y confundida que él necesitaba y si no lo hacía, tenía que estar lista para fingir mejor que cualquier actriz de teatro.

​Me levanté de la cama y caminé hacia el baño con pasos sigilosos, cuidando que mis pies no hicieran crujir la madera del suelo, vertí el contenido del frasco en el lavabo, observando cómo el líquido transparente desaparecía por el desagüe. Luego, llené el frasquito con agua del grifo, solo para que no sospechara si decidía revisarlo, el corazón me latía con una fuerza salvaje, un golpeteo que retumbaba en mis oídos y me recordaba que cada segundo en esta casa era una partida de ajedrez donde el más mínimo error me costaría la vida.

 

​Escuché pasos en el pasillo y rápidamente regresé a la cama, me metí bajo las sábanas y cerré los ojos, tratando de controlar mi respiración. La puerta se abrió con ese gemido metálico que ya había aprendido a odiar, sentí la presencia de Santiago antes de escucharlo. Su perfume, ese olor a madera y ambición, inundó el espacio.

 

​—Sé que estás despierta Martina —susurró él, acercándose a la cama.

 

​Mantuve los ojos cerrados, rogando a mi cuerpo que no temblara, sentí el peso de su cuerpo hundiéndose en el colchón a mi lado. Una de sus manos, fría y pesada, empezó a acariciar mi mejilla, bajando lentamente por mi cuello hasta detenerse justo donde mi pulso se aceleraba.

 

​—Eres tan hermosa cuando dejas de pelear —continuó, con una voz que pretendía ser dulce pero que escondía un filo de acero— Si tan solo supieras lo mucho que me costó traerte de vuelta, no estarías buscándole tres pies al gato, te di una vida Martina, te di mi nombre, no dejes que las sombras te confundan.

 

​Me obligué a abrir los ojos lentamente, fingiendo una somnolencia pesada, una mirada nublada por el supuesto sedante.

 

​—Santiago... —balbuceé, dejando que mi voz sonara arrastrada— Me siento tan cansada.

 

​—Es el descanso que necesitas, amor mío —respondió él, sonriendo de esa manera que no llegaba a sus ojos— Mañana será un día importante, mis primos de la capital vienen para discutir los detalles finales del traspaso de las tierras Montenegro. Necesito que estés presente, que sonrías y que firmes unos documentos de rutina, solo es un trámite para que yo pueda proteger tu herencia ahora que tu padre ya no está.

 

​¿Mi padre había muerto? Esa información me golpeó como un balde de agua helada, pero no dejé que mi rostro cambiara. Mateo no me había mencionado eso, o quizás no había tenido tiempo. La rabia empezó a hervir en mi pecho, Santiago estaba usando la muerte de mi familia para despojarme de todo mientras yo descansaba.

 

​—Lo que tú digas Santiago... confío en ti —dije, cerrando los ojos de nuevo para ocultar el odio que seguramente brillaba en mis pupilas.

 

​Él me dio un beso corto en la frente y se levantó, escuché cómo guardaba el frasco vacío en su bolsillo y salía de la habitación, cerrando la puerta con llave otra vez. En cuanto el silencio volvió a reinar, me incorporé de golpe, las piezas del rompecabezas estaban encajando de una forma aterradora, no podía esperar a mañana, tenía que moverme ahora. Caminé hacia el armario y busqué entre la ropa de diseñador que él había comprado para mí, necesitaba algo oscuro, algo que me permitiera mezclarme con las sombras. Encontré un abrigo largo de lana negra y unos zapatos bajos que no hacían ruido, pero ¿cómo iba a salir de una habitación cerrada por fuera?

 

​Miré hacia el balcón, la caída era de unos cuatro metros, pero había una enredadera de hiedra gruesa que trepaba por las columnas de mármol, mi cuerpo recordó la sensación de trepar, un recuerdo físico de una infancia que Santiago no había podido borrar. No era una mujer frágil; era una Montenegro, y nosotros estábamos hechos de tierra y resistencia. Salí al balcón, sintiendo el aire helado de la noche en mi rostro, con el corazón en la garganta, me colgué de la barandilla y empecé a bajar. Mis manos se aferraron a las ramas fuertes de la hiedra, el olor a tierra húmeda y hojas machacadas llenando mis sentidos, cuando mis pies tocaron el suelo, no me detuve a celebrar, corrí hacia los límites de la hacienda, esquivando las luces de seguridad que patrullaban el jardín principal.

 

​Llegué al viejo pozo jadeando, las sombras de los pinos se mecían con el viento, creando figuras fantasmales que me hacían mirar por encima del hombro cada pocos segundos.

 

​—¡Mateo! —llamé en un susurro desesperado— Mateo por favor, dime que estás aquí.

 

​Un brazo fuerte me rodeó la cintura y una mano me cubrió la boca con suavidad. Me tensé por un segundo, pero el calor de su cuerpo y ese aroma a lluvia y tabaco me dijeron que era él, me soltó y me giró para que lo mirara.

 

​—Estás loca Martina, te van a matar si te encuentran aquí afuera —dijo Mateo, pero sus ojos brillaban con una admiración que no podía ocultar.

 

​—Santiago dice que mi padre murió —solté, agarrándolo de la camisa— Dice que mañana tengo que firmar el traspaso de mis tierras. Mateo ayúdame, dime que no es verdad.

 

​Mateo suspiró, tomándome las manos entre las suyas, sus palmas estaban callosas, reales, lo opuesto a las manos de seda de Santiago.

 

​—Tu padre murió en el mismo accidente en el que tú perdiste la memoria Martina —confesó él, y sentí cómo se me partía el alma— Santiago lo planeó todo, él quería eliminar al viejo Montenegro y dejarte a ti como una cáscara vacía para heredar legalmente todo lo que tu familia construyó por generaciones. Yo no pude salvar a tu padre, pero juro por mi vida que no voy a dejar que te destruya a ti.

 

​—Tengo que escapar ahora mismo —dije, mirando hacia la mansión que se alzaba como un mausoleo a lo lejos.

 

​—Todavía no —Mateo negó con la cabeza— Si te vas ahora, él usará sus influencias para decir que estás loca, que secuestré a una mujer con amnesia, te encontrarían en menos de una hora y te encerrarían en un psiquiátrico donde nunca volverías a ver la luz del sol.

 

​—¿Entonces qué hago? ¿Firmo mis tierras a ese asesino?

​Mateo metió la mano en su chaqueta y sacó un sobre pequeño.

 

​—Mañana, cuando te pongan esos papeles delante, vas a usar esta pluma —me entregó un bolígrafo elegante, pesado— Tiene una tinta que desaparece en menos de seis horas. Firma lo que sea, dale la seguridad de que ganó, eso le hará bajar la guardia. Mientras tanto, yo voy a entrar en su despacho y recuperar las pruebas que él cree que quemó.

 

​—¿Y qué pruebas son esas? —pregunté, sintiendo que el aire se volvía más denso.

 

​—La grabación de la llamada que hiciste minutos antes del accidente, llamaste a la policía Martina, dijiste que Santiago te tenía drogada y que temías por tu vida, esa grabación está en una caja fuerte en su estudio. Si la conseguimos, Santiago Hidalgo no irá a un traspaso de tierras, irá directo al infierno.

 

​Un ruido de ramas quebrándose nos hizo congelar. Mateo me empujó detrás de un árbol grueso y se puso frente a mí, protegiéndome con su cuerpo. A lo lejos, vi la luz de una linterna acercándose.

 

​—Es el perro de presa de Santiago, el jefe de seguridad —susurró Mateo— Tienes que volver ahora.

 

​—No sé si podré seguir fingiendo, Mateo —dije, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta.

 

​Él se giró y me tomó el rostro con ambas manos, se inclinó y me dio un beso en la frente, un contacto que se sintió como una promesa sagrada.

 

​—Eres una Montenegro Martina, tienes la sangre de la gente que domó estas tierras, Santiago es solo un parásito que cree que puede dominar a una leona. Mañana, después de la firma, búscame en los establos, no me voy a ir sin ti.

 

​Corrí de regreso a la mansión, sintiendo que los pulmones me estallaban, subir por la hiedra fue mucho más difícil con el miedo pisándome los talones, pero logré entrar al balcón justo cuando la linterna iluminaba la pared de abajo. Me quité el abrigo, lo escondí en el fondo del armario y me metí en la cama, tiritando de frío y de rabia. Apenas unos minutos después, escuché que quitaban el seguro de la puerta, me quedé inmóvil. Santiago entró, caminó hasta el pie de la cama y se quedó allí, simplemente observándome en silencio durante lo que pareció una eternidad, podía sentir su mirada recorriendo mi cuerpo, como un depredador que se asegura de que su presa sigue en la trampa.

 

​—Duerme bien mi pequeña —murmuró finalmente antes de salir.

 

​Me quedé mirando la oscuridad, apretando la pluma que Mateo me había dado y aunque yo todavía no recordaba cada detalle de mi pasado, sabía una cosa con total certeza: Martina Montenegro no iba a morir en esa cama. ​El amanecer estaba cerca, y con él mi libertad.

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