El impacto fue un estallido de metal y cristal que me sacudió el cerebro contra el cráneo. Por un segundo, el mundo se quedó en blanco, sumido en un silencio sordo donde solo escuchaba el pitido agudo de mis propios oídos. Cuando logré abrir los ojos, el olor a pólvora de las bolsas de aire y el humo del motor inundaban la cabina. A mi lado, Mateo estaba inclinado sobre el volante, con un hilo de sangre corriéndole por la sien y los ojos cerrados.—¡Mateo! ¡Mateo, despierta! —grité, aunque mi voz sonó como un susurro lejano.Lo sacudí con desesperación, ignorando el dolor punzante en mi propio hombro. Fuera del coche, el caos empezaba a tomar forma, el sedán de Julián Hidalgo había quedado destrozado de un costado, y vi a sus hombres bajando de los otros vehículos, recuperándose del choque. Sabía que no teníamos tiempo, si nos atrapaban allí, no habría más huidas, ni más túneles, ni más segundas oportunidades.Mateo soltó un quejido ronco y abrió los ojos, parpadeando con dificulta
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