El eco del clic de la cerradura todavía vibraba en mis oídos mientras me quedaba de pie, sola, en medio de esa habitación que se sentía más como una celda de lujo que como un hogar. El vestido rojo que Santiago me había dejado sobre la cama parecía una mancha de sangre sobre las sábanas blancas, y cada vez que lo miraba, sentía una náusea creciente. Me acerqué a la puerta y giré el pomo con suavidad, solo para confirmar lo que ya sabía: estaba bajo llave.
No podía quedarme quieta y la adrenalina, o quizás el puro instinto de supervivencia, me empujó a moverme. Si Santiago quería que fuera su muñeca perfecta en la cena, yo iba a usar esa hora de encierro para buscar las piezas de mi propia identidad. Comencé a registrar la habitación, tratando de no dejar huellas. Abrí los cajones del tocador, revolviendo entre sedas y perfumes caros que no me decían nada, hasta que llegué a un pequeño compartimento falso en el fondo de un joyero de terciopelo.
Mis dedos rozaron algo frío y liso, era una fotografía pequeña, doblada por la mitad. Cuando la abrí, el aire se me escapó de los pulmones. Era yo, con un vestido elegante, rodeada de flores y luces, en lo que parecía ser nuestra fiesta de compromiso. Santiago me abrazaba por la cintura, sonriendo a la cámara con una suficiencia aterradora, pero mi rostro en la foto no era el de una mujer enamorada. Tenía las mejillas húmedas, los ojos enrojecidos y una expresión de desolación absoluta. No estaba celebrando, estaba sufriendo.
—¿Por qué lloraba así? —susurré para mí misma, apretando la foto contra mi pecho.
Si esa era la pareja más feliz de la ciudad que Santiago describía, entonces todo lo que salía de su boca era veneno. La Martina de la foto me estaba advirtiendo, incluso desde antes del accidente, que mi vida al lado de ese hombre era una pesadilla. Guardé la foto dentro de mi sostén, sintiendo el papel frío contra mi piel, y decidí que no podía quedarme encerrada esperando a que él volviera.
Caminé hacia el balcón, esperando encontrar una salida. Desde allí, la vista de la hacienda era imponente, pero mi atención se centró en el movimiento que vi abajo, cerca de los establos. Santiago estaba allí, pero no estaba solo. Una mujer de cabello canoso y porte aristocrático, que supuse era su madre, le hablaba con gestos bruscos. Me agaché detrás de la barandilla para que no me vieran y agudicé el oído, aunque la distancia hacía que sus voces fueran solo murmullos tensos.
De pronto, Santiago sacó algo de una carpeta de cuero. Eran papeles, tarjetas de plástico y lo que parecía ser un pasaporte. Vi cómo encendía un encendedor plateado y, con una calma que me heló la sangre, acercó la llama a los documentos. El fuego comenzó a devorar los papeles, y él los soltó dentro de un bote de metal, observando cómo las cenizas volaban con el viento.
Mi pasaporte, mis identificaciones, estaba borrando mi rastro legal, eliminando cualquier prueba de quién era Martina Montenegro fuera de estas paredes. Santiago no me estaba cuidando, me estaba robando mi existencia.
El pánico intentó apoderarse de mí, pero lo frené. Si me derrumbaba ahora, él ganaría. Tenía que bajar a esa cena, tenía que sonreír, tenía que ser la Martina sumisa que él esperaba, mientras planeaba cómo escapar de este nido de víboras. El problema era que el hombre del jardín seguía en mi mente, y algo me decía que él era la única llave que podía abrir la puerta de mi verdadera libertad.
Justo cuando escuché los pasos de Santiago regresando por el pasillo, me puse el vestido rojo a toda prisa. El espejo me devolvió la imagen de una mujer que no conocía, pero que estaba empezando a entender. Cuando la llave giró en la cerradura, me giré con una sonrisa ensayada, aunque por dentro me sentía morir.
—Estás hermosa Martina —dijo él, entrando con esa seguridad que ahora me resultaba repugnante— Sabía que el rojo te sentaría bien, es el color de la pasión, y de los nuevos comienzos.
—Gracias Santiago —respondí, dejando que me tomara del brazo— Solo estoy un poco nerviosa por conocer a tu familia, no quiero decepcionarte.
Él me apretó el brazo con una fuerza que me dejó una marca que el vestido ocultaba.
—Mientras hagas lo que te digo, nunca me decepcionarás —sentenció, y me guio hacia el piso de abajo, donde el verdadero teatro estaba a punto de comenzar.
A medida que bajábamos las escaleras, vi a los invitados esperando en el gran comedor. Las miradas que me lanzaban no eran de alegría, sino de curiosidad morbosa, como si fuera un animal extraño que acababa de escapar de su jaula. Y allí, entre los camareros que servían el vino, volví a ver esos ojos. Mateo Russo estaba allí, disfrazado de sirviente, con la mirada fija en mí, transmitiéndome un mensaje mudo que no necesitaba palabras: No estás sola.
Mi corazón dio un vuelco, esto apenas comenzaba, y aunque Santiago creía tener todas las cartas, yo acababa de encontrar mi primer aliado en la sombra.