CAPITULO 54

El aire de Ginebra era tan limpio que se sentía artificial, casi insultante, comparado con el polvo azulado de las minas y el humo de las barricadas que habíamos dejado atrás, mientras caminaba por el vestíbulo del hotel Intercontinental, enfundada en un vestido de seda que costaba más de lo que mi padre ganaba en un año, sentía que el peso de la joya en mi cuello era una cadena que me recordaba nuestra misión. Mateo iba a unos metros de mí, luciendo un esmoquin que ocultaba perfectamente la fu
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