El eco de las detonaciones en Ginebra se sentía como algo perteneciente a otra vida, a pesar de que solo habían pasado unos meses desde que el imperio financiero de Thorne se desmoronó bajo el peso de sus propios secretos, mientras caminaba por los senderos de la hacienda Los Olivos, el aire ya no olía a pólvora ni a traición, sino al aroma dulce de la tierra húmeda y al jazmín que empezaba a trepar por las columnas reconstruidas del porche. La capital había recuperado su ritmo, las minas de co