Mundo ficciónIniciar sesiónLa historia de Anabel Corleone se teje en un tapiz de luces y sombras, donde el amor y la traición son dos caras de la misma moneda. Desde su infancia en una mansión opulenta, rodeada de lujo y secretos, hasta su caída en un mundo de crimen y violencia, su vida ha estado marcada por la lucha constante entre el deber y el deseo. Anabel creció con la sombra de su madre, una mujer cuya vida fue truncada por un conflicto que la envolvía en un oscuro legado. La ausencia de su madre pesaba sobre ella como una nube oscura, alimentando su curiosidad y su necesidad de entender el mundo del que provenía. Su padre, Stefano, un hombre carismático y protector, siempre había sido su héroe, pero también un enigma. Las verdades que escondía se convertían en un muro entre ellos, un silencio que solo alimentaba las preguntas sin respuesta. La vida familiar que había conocido se desmoronó cuando su padre murió, dejándola al mando de un imperio criminal que nunca deseó heredar. Atrapada entre la lealtad a su familia y el deseo de escapar de un mundo peligroso, Anabel se vio obligada a tomar decisiones que cambiarían su vida para siempre. El amor también se presentó en su vida, en la forma de dos hombres que representaban caminos opuestos. Leonardo, el seductor y peligroso, la atraía hacia un abismo de pasión y traición. Giovani, su amigo de la infancia, le ofrecía la seguridad y el refugio que tanto anhelaba. En medio de un triángulo amoroso, Anabel se enfrentaba a un dilema que podría costarle no solo el poder, sino también su vida. Mientras las sombras de la mafia se cernían sobre ella.
Leer másLa luz del sol se filtraba a través de los grandes ventanales de la mansión, iluminando el elegante vestíbulo donde Anabel se encontraba. La opulencia del lugar siempre le había parecido un refugio, un mundo de ensueño alejado de las sombras que acechaban fuera de sus muros. Pero, en lo más profundo de su ser, había una inquietud que no podía ignorar. La ausencia de su madre, que había fallecido cuando Anabel era solo una niña, pesaba sobre ella como una nube oscura.
"Anabel, querida, ¿puedes ayudarme con esto?" La voz de su padre, Stefano, resonó desde la biblioteca, interrumpiendo sus pensamientos. "Claro, papá," respondió Anabel, mientras se dirigía hacia él. Su padre siempre había sido su héroe, un hombre carismático y amable, que parecía tener una respuesta para todo. Sin embargo, había algo en su mirada, un destello que a veces la hacía sentir incómoda, como si ocultara algo importante. Al entrar en la biblioteca, encontró a Stefano revisando unos documentos. "¿Qué estás leyendo?" preguntó, tratando de asomarse a la mesa llena de papeles. El olor a cuero y papel viejo la envolvía, y por un momento, se sintió segura en ese espacio. "Solo unos asuntos de negocios," dijo él, sonriendo con esa confianza que tanto la tranquilizaba. "Nada que debas preocuparte." Anabel frunció el ceño. "Siempre dices eso, pero me gustaría saber más sobre lo que haces. A veces siento que estoy en un mundo del que no sé nada." Stefano la miró con ternura. "Eres demasiado joven para entenderlo todo. Un día, cuando estés lista, te contaré." "¿Lista para qué? ¿Para llevar la carga de un legado que ni siquiera comprendo?" La frustración comenzó a asomarse en su voz. "No quiero ser parte de algo que no entiendo." Stefano se acercó, posando una mano en su hombro. "Anabel, lo que hacemos es para protegerte. Este mundo puede ser peligroso, y hay cosas que no debes conocer. Solo confía en mí." Anabel sintió un nudo en el estómago. "Pero, ¿qué pasa si algún día me necesitas? ¿Qué pasará si no estoy lista?" "Nunca estarás sola. Siempre estaré aquí para guiarte," aseguró él, pero su tono era evasivo. Anabel no podía evitar preguntarse qué secretos ocultaba su padre detrás de esa fachada segura. Al salir de la biblioteca, su mente seguía llena de preguntas. "¿Qué tipo de negocios, papá?" murmuró para sí misma, mientras se dirigía a la cocina. "Anabel, ¿quieres un poco de café?" preguntó su padre, su madre era una figura que solo existía en sus recuerdos, una sombra de lo que había sido. Anabel cerró los ojos por un momento, recordando la calidez de su abrazo y la forma en que su risa iluminaba la casa. "Sí, por favor," respondió, intentando distraerse de sus pensamientos oscuros. La ausencia de su madre siempre la dejaba con un vacío que no sabía cómo llenar. Mientras su padre preparaba el café, Anabel se sentó en la mesa. "Papá, ¿crees que mamá estaría orgullosa de nosotros?" inquirió, sintiendo que el tema siempre traía consigo un aire de tristeza. Stefano se detuvo un momento, como si las palabras la hubieran golpeado. "Siempre estaría orgullosa de ti, Anabel. Eres una joven increíble." "Pero me gustaría conocerla. A veces siento que hay tanto que no sé," dijo ella, sintiéndose vulnerable. "¿Era como yo?" "Si hija era hermosa al igual que tu”. Se que es difícil, pero tienes que recordar que ella siempre está contigo, en tu corazón," respondió su padre, con una mirada que mezclaba melancolía y amor. "¿Y si no puedo ser tan buena como ella?" Anabel sintió lágrimas asomarse a sus ojos. "A veces me siento sola, como si no tuviera a nadie con quien compartir esto." Stefano se acercó y la abrazó. "Nunca estarás sola. Me tienes a mí. Y aunque no puedo llenar el vacío que dejó tu madre, siempre haré lo posible por ser un buen padre." Anabel se separó un poco, mirando a su padre. "¿Por qué nunca hablas de ella? ¿Por qué hay tanto silencio sobre su vida?" "Porque es doloroso. Perderla fue un golpe muy duro para mí. Y sé que para ti también lo es. Pero hablar de ella siempre me trae recuerdos difíciles," respondió Stefano, su voz temblando ligeramente. "¿Y si quiero recordar? ¿Y si quiero saber más sobre ella?" Anabel insistió, sintiendo que su curiosidad la empujaba a buscar respuestas. "Un día, Anabel. Prometo que un día te contaré todo," dijo él, pero su tono era evasivo, como si hubiera una barrera invisible entre ellos. Esa noche, mientras se preparaba para dormir, las palabras de su padre resonaron en su mente. "Siempre estaré aquí para guiarte." Pero, ¿realmente estaba lista para descubrir la verdad sobre su familia y el legado que llevaba a cuestas? El peso de su historia familiar comenzaba a presionar sobre sus hombros. Anabel cerró los ojos, sintiendo que el legado de su madre no era solo un recuerdo; era una sombra que la seguía, un secreto oscuro que, tarde o temprano, tendría que enfrentar. A medida que los días pasaban, Anabel se sumergía en sus estudios y pasatiempos, tratando de olvidar la inquietud que la atormentaba. Sin embargo, cada vez que veía a su padre, esa sensación de que había algo más, algo oculto, se hacía más fuerte. Un día, mientras paseaba por el jardín, vio a su padre hablando con un hombre en la entrada. La conversación parecía tensa, aunque Stefano mantenía su sonrisa habitual. Anabel se acercó un poco más, sin querer ser vista, y escuchó fragmentos de sus palabras. "No podemos permitir que esto se salga de control," decía Stefano, su voz baja pero firme. "No quiero que Anabel se involucre en esto." Anabel se sintió atrapada entre la curiosidad y el miedo. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué era "esto"? Esa noche, mientras intentaba dormir, las imágenes de su madre y las palabras de su padre se entrelazaban en su mente, creando un torbellino de emociones. "¿Por qué no puedo ser parte de tu mundo, papá?" susurró al vacío, sintiendo que la soledad la envolvía. Las sombras de su pasado comenzaban a cobrar vida, y Anabel sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a la verdad. El legado que llevaba a cuestas no solo era un recuerdo de su madre, sino un oscuro secreto que la unía a un mundo del que apenas comenzaba a vislumbrar la realidad.La guerra entre hombres comenzaba, por fin, a agotarse.Las sirenas invadieron el hospital como un eco de realidad. Luces azules y rojas atravesaron los ventanales rotos. Botas corriendo. Voces firmes. Órdenes claras.—¡Suelten las armas!—¡Al suelo!Vincenzo no opuso resistencia.Cuando los policías lo levantaron del piso, esposándolo con brusquedad, no luchó. No gritó. No miró a Francesco.Solo buscó el techo una vez más.Vacío.Al pasar junto a la puerta de la habitación, sus ojos se cruzaron brevemente con los de Francesco.No había amenaza.No había desafío.Solo el final de algo que había consumido demasiadas vidas.Las puertas del ascensor se cerraron.Y con ellas… la guerra.Francesco permaneció unos segundos inmóvil en el pasillo devastado. La sangre seca en su rostro. Los nudillos abiertos. El pecho subiendo y bajando con dificultad.Seguía vivo.Y ella también.Entró a la habitación.Anabel lo esperaba con lágrimas silenciosas.—¿Terminó? —preguntó con un hilo de voz.Franc
El pasillo estaba cubierto de humo.El olor a pólvora se mezclaba con el del desinfectante, creando una atmósfera irrespirable. Los disparos comenzaron a espaciarse. No porque hubiera terminado la batalla… sino porque ya casi no quedaban hombres en pie.Francesco salió de la habitación de Anabel con el arma firme, el pulso tenso.Al doblar la esquina lo vio.Vincenzo.De pie entre cuerpos caídos. Sangre en la camisa. El rostro desencajado, pero los ojos… fríos. Determinados.Se miraron en silencio.Todo el ruido alrededor desapareció.Vincenzo levantó su arma.Francesco hizo lo mismo.Dos segundos.Dos hombres.Un pasado.Demasiada muerte entre ellos.—Bájala —dijo Vincenzo primero—. Esto no es entre tus hombres y los míos.Francesco sostuvo su mirada.—Nunca lo fue.Casi al mismo tiempo, como si un acuerdo invisible se hubiera sellado, dejaron caer las armas al suelo.El metal resonó en las baldosas blancas.Un paso.Otro.Y luego el primer golpe.Vincenzo lanzó el puño directo al ro
La mansión estaba vacía.Vincenzo avanzó por los pasillos a oscuras con el arma en alto, el eco de sus pasos devolviéndole una burla cruel. Salones impecables. Cuadros intactos. Ningún cuerpo. Ninguna voz. Ningún rastro de vida.—¡Revisado todo! —ordenó, conteniendo la furia—. ¡No quiero un solo rincón sin ver!Sus hombres se dispersaron. Subieron escaleras. Abrieron puertas. Encendieron luces que revelaron solo ausencia.Nada.La rabia le subió a la garganta como veneno.—Nos dejaron solos… —murmuró—. Otra vez.Un teléfono vibró.—Jefe —dijo la voz al otro lado—. Confirmado. Están en el hospital central. Cesárea de emergencia. El niño está en neonatología.El mundo se alineó en un punto.—Cierren todo —ordenó Vincenzo—. Nadie entra. Nadie vende. Vamos ahora.Y la noche obedeció.El hospital olía a desinfectante y miedo.Anabel se despertó lentamente, como si emergiera de un lago oscuro. La cabeza le pesaba. El cuerpo le dolía. Buscó con la mano… y lo encontró.Francesco.Estaba senta
Las luces del hospital cortaron la noche como cuchillas.El coche se detuvo de golpe frente a urgencias y Francesco bajó antes de que terminara de frenar. Gritó nombres, órdenes, palabras que apenas recordaría después. Todo ocurrió demasiado rápido y, al mismo tiempo, con una lentitud cruel.—¡Siete meses de embarazo! ¡Dolores intensos! —anunció el médico al verla—. Prepárenla ya.Anabel apenas era consciente. El dolor la había dejado exhausta, con los ojos vidriosos, aferrada a la mano de Francesco como si fuera lo último real que le quedaba.—No me sueltes… —murmuró.—No lo haré —respondió él, inclinándose para besarle la frente—. Estoy aquí. Siempre.Las puertas del quirófano se cerraron frente a él con un golpe seco.Y ahí, por primera vez en semanas, Francesco se quedó solo.El reloj comenzó a avanzar con una crueldad insoportable. Cada segundo pesaba como una condena. Caminaba de un lado a otro, las manos temblándole, la camisa manchada de sangre seca que no sabía si esa sangre
La casa estaba en silencio.No un silencio pacífico, sino ese que queda después de una tragedia, cuando nadie se atreve a moverse por miedo a romper lo poco que aún se sostiene. Francesco había convertido aquel lugar en una fortaleza discreta: hombres vigilando desde lejos, armas ocultas, puertas reforzadas. Todo para protegerla.Todo para no perderla otra vez.Anabel descansaba en la habitación principal, recostada de lado, una mano sobre el vientre. Había logrado dormir apenas un par de horas. El cansancio era más fuerte que el miedo... hasta que el dolor llegó.No fue inmediato. Fue una punzada baja, profunda, distinta.Anabel abrió los ojos de golpe.—No… —susurró, llevándose la mano al abdomen.El bebé se movió con fuerza, casi desesperado. Un segundo después, otra contracción, más intensa, le arrancó un gemido ahogado. Su respiración se desordenó.Demasiado pronto.Demasiado pronto.—Francesco… —intentó llamar, pero la voz se le quebró.El dolor volvió, como una ola que no pedí
La noche cayó como una sentencia.Vincenzo permanecía solo en la sala principal, iluminado apenas por una lámpara baja que proyectaba sombras torcidas sobre las paredes. Todo estaba en silencio, pero dentro de él el ruido era ensordecedor. No había llanto. No había alivio. El dolor ya había mutado.Ahora era otra cosa.Rabia concentrada. Odio metódico. Venganza pensada con calma quirúrgica.Sobre la mesa, los expedientes del clan Corneole estaban abiertos como cuerpos en una autopsia. Fotos. Rutas. Nombres. Jerarquías. Lugares seguros. Familias. Negocios. Debilidades.Francesco. Anabel. El niño que aún no nacía.Vincenzo apoyó ambas manos sobre la mesa y bajó la cabeza. Durante un segundo —solo uno— permitió que el recuerdo de Valeria lo atravesara sin filtros.Su voz firme. Su lealtad silenciosa. La forma en que lo miró la última vez, dudando… pero quedándose.Te fallé —murmuró—. Y el mundo va a pagarlo.Alzó la cabeza.La tristeza se evaporó.Tráiganlos —ordenó, sin levantar l





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