La luz del sol se filtraba a través de los grandes ventanales de la mansión, iluminando el elegante vestíbulo donde Anabel se encontraba. La opulencia del lugar siempre le había parecido un refugio, un mundo de ensueño alejado de las sombras que acechaban fuera de sus muros. Pero, en lo más profundo de su ser, había una inquietud que no podía ignorar. La ausencia de su madre, que había fallecido cuando Anabel era solo una niña, pesaba sobre ella como una nube oscura. "Anabel, querida, ¿puedes ayudarme con esto?" La voz de su padre, Stefano, resonó desde la biblioteca, interrumpiendo sus pensamientos. "Claro, papá," respondió Anabel, mientras se dirigía hacia él. Su padre siempre había sido su héroe, un hombre carismático y amable, que parecía tener una respuesta para todo. Sin embargo, había algo en su mirada, un destello que a veces la hacía sentir incómoda, como si ocultara algo importante. Al entrar en la biblioteca, encontró a Stefano revisando unos documentos. "¿Qué estás leye
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